Nuestra herencia arrebatada

Semáforo.
Semáforo
Semáforo (Mónica González)

Ciudad de México

Este país es experto en desperdicio. Lo hace con ligereza y empeño. Pero el más escandaloso desperdicio reciente no es tan sencillo de ver. La situación está caliente y estamos dispuestos a seguir haciendo presencia y sentido, de modo estentóreo, ante la necedad apoderada de las instituciones.

Mientras las marchas se organizaban con masas militantes (al servicio de quienes disputan poder), los ciudadanos pedíamos a gritos que se restringieran, que nos dejaran trabajar y movernos. Nada: a la clase política le importó un pepino; al fin, aquellos contingentes eran parte de su juego. Pero cuando se trata de ciudadanos, la clase política reacciona como si se le estuviera arrebatando su privilegio: la cosa pública pertenece al Estado, y los ciudadanos no son el Estado. Cuando se meten, hay que sacarlos, como sucedió con el IFE: lo convirtieron en cueva de partidos.

En días recientes hemos visto un modo distinto de existir políticamente; ya lo habíamos atisbado. Hubo marchas ciudadanas contra la violencia desde los años ochentas. Muchas, y recordamos todavía con claridad aquella marcha de gente vestida de blanco, que algún primitivo motejó de “pirrurris”. No lo entendimos en su momento, pero el cambio se dio en la marcha de Javier Sicilia al Zócalo. Recuerdo haber pasado junto a un contingente de electricistas y escuchar sus quejas: “Esta bola de pendejos no sabe marchar, ya rebasaron a la cabeza y se están regresando”. Fue un desastre logístico genial: quienes acompañamos a Sicilia no formábamos ninguna masa. Cada uno fue por sí mismo, como individuo, como ciudadano y, más: como persona. No era una muestra de “músculo” y no eran “contingentes”; no fuimos a negociar nada, no acudimos “para” sino “porque”: porque no se puede borrar la dignidad humana, porque el dolor no nos es ajeno y porque el Estado no puede usurpar el lugar del deudo ni de la víctima —fuimos (dígalo Octavio Paz): “por defender nuestra porción eterna.../ tocar nuestra raíz y recobrarnos,/ recobrar nuestra herencia arrebatada/ por ladrones de vida hace mil siglos”.

Las marchas recientes han exhibido en toda su estupidez al Estado y sus tripulantes. No importa si los “violentos” son agresores populares o agentes del mismo gobierno para generar la aclamación contra las movilizaciones. Basta asomarse a las escenas de las redes sociales (las de la tele están sesgadas) para ver un fenómeno nuevo: las personas se hacen a un lado, se alejan de los encapuchados y queda claro que son seis babosos con teas y palos frente a un cuerpo policial de decenas. Las marchas formadas por masas habrían defendido su posición, sus formaciones. Las personas, no. Se van: por eso la policía tiene que perseguirlas, no contenerlas.

Pero los tripulantes del Estado no se han dado cuenta de que frente a ellos ha marchado la única forma política que tiene sentido: ciudadanos libres que hacen valer la pregunta por la justicia. Con eso se hace una nación, una política, un orden jurídico y una civilización. Ni siquiera entienden que no han entendido. Se aterran de la ciudadanía sin haberse dado cuenta de que se trata del único recurso viable de la vida política. Ni las masas ni las instituciones se sostienen. Se volvieron cárteles.