Los abuelos del 68 y sus nietos de 2014

Como desde hace algún tiempo en esta fecha, fueron evidentes bastones, canas, arrugas y algunas sillas de ruedas.
La manifestación se realiza año con año desde 1969.
La manifestación se realiza año con año desde 1969. (Javier Ríos)

México

A sus 67 años de edad, Alicia Mercado llegó a Tlatelolco en silla de ruedas y un letrero que decía: "Soy un fantasma del 68. No perdono ni olvido". Completamente encanecido y un poco encorvado, Félix Hernández Gamundi se veía más cansado que otras veces y Guillermo Vázquez, líder de la Voca 4, de plano hasta llevó a su nieto. Es un jovencito que tiene casi la misma edad que su abuelo tenía cuando fue reprimido por el Ejército aquel distante 2 de octubre.

"Le va a tocar a jóvenes como éste seguir la lucha cuando nosotros no estemos", dijo Vázquez, en la apertura de una marcha más en recuerdo de la masacre de hace 46 años. Palmeó en la espalda a su nieto, un chico con audífonos y tenis que cursa secundaria y que ayer fue a ver qué hace su abuelo todos los años por estas fechas. Cuando no estemos: la perspectiva de la vejez comienza a asomarse en el movimiento del 68, aún combativo y clamando justicia, pero con muchos de sus miembros ya establecidos firmemente en la tercera edad.

Este 2 de octubre y como desde hace algún tiempo, fueron evidentes los bastones, cabellos blancos, arrugas y hasta algunas sillas de ruedas. A esas señales ahora se sumaron símbolos como moños negros, ofrendas y veladoras, ante las primeras muertes naturales de la histórica generación estudiantil, que todavía desprende energía, pero en la que también hay quienes comienzan a rozar el ocaso de su vida.

Que el tiempo ha pasado es innegable en el movimiento del 68, compuesto por hombres y mujeres que rondan una franja entre 65 y 75 años en un país en el que la esperanza de vida es de 77. Pero la muerte hace seis días de su líder histórico, Raúl Álvarez Garín —a la que se suma la de Eduardo Valle, El Búho en 2012—, marcó la marcha de ayer, que por momentos tomó un tono de despedida y, por qué no, de cambio de mando hacia el último líder visible, Hernández Gamundi.

"No hay palabras para decir cómo llegamos a este 2 de octubre", dijo Julia, una simpatizante del movimiento que decidió acudir a la Plaza de las Tres Culturas a sumarse a una conmemoración que se acerca rápidamente al medio siglo, su aniversario de oro. "Con la muerte de Raúl —añadió— perdimos a un pionero. Nos deja un vacío".

Vázquez, un hombre todavía corpulento y de cabello completamente blanco, fue más enfático sobre el golpe que significó la muerte del líder y fundador del movimiento del 68. "Raúl tenía ya un año enfermo y nos habíamos preparado para su pérdida, pero el objetivo del movimiento sigue siendo el mismo. La justicia".

Bien pudo haber agregado otra frase: y la vida sigue hasta que se acaba.

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Por primera vez, Álvarez Garín no encabezó la marcha, que se ha llevado de forma ininterrumpida desde 1969 y que con los de ayer ya acumula 129 kilómetros andados, si se suman año con año los 2.8 kilómetros que separan Tlatelolco del Zócalo y que han sido caminados una y otra vez con el mismo reclamo: Luis Echeverría, quien también sigue vivo y va a cumplir 93 años pronto —dicen que en pleno uso de sus facultades y tan fuerte como siempre—, tiene que ir a la cárcel antes de morir.

Con el fallecimiento de Álvarez Garín ahora queda la duda: ¿quién muere primero?

Lo cierto es que Álvarez Garín ya ganó en esa particular carrera. Pero si no encabezó la marcha este año, sí la revivió. Su muerte le dio un soplo de vida e impulsó una asistencia récord, de las más nutridas, quizá de unas 40 mil personas, muchos de ellos estudiantes nacidos después de 1990 o incluso hasta 2000, en algunos casos alumnos de secundaria para los que el PRI siempre había sido la oposición y hasta ahora es gobierno.

El líder está muerto y punto. Como El Búho antes que él, ya dio el paso al recuerdo. En esta edición podrán haberse estrenado cánticos como: "¡se ve, se siente, Raúl está presente!" y "¡Raúl vive!" a los que se añadieron playeras con moños negros y su rostro, pero a su pérdida y los viejos reclamos del 68, se añadieron otros de reciente cuño: Ayotzinapa y sus normalistas muertos y desaparecidos, el Instituto Politécnico Nacional en pie de batalla, San Salvador Atenco y el aeropuerto.

En México nunca hay escasez de crisis sociales para reemplazar a las de antaño.