“¿Qué magia hay en el Ártico que hace hombres ricos?”

Un mexicano se iba sin nada más que su camisa y volvía con coche, ropa fina y mucho dinero para gastar.

Anchorage

El día en que Acuitzio del Canje, en Michoacán, comenzó a soñar con el Polo Norte vino en el verano de 1967, justo en el momento en el que un lindo convertible se estacionó sobre el empedrado de su única avenida, la Riva Palacio. Para cuando su conductor, un hombre con traje nuevo, lentes oscuros y muchos fajos de dólares se apeó del auto, la principal calle del pueblo ya era un hormiguero.

¿Venía el gobernador, un empresario, una estrella de cine?

No. Era algo aún más especial: un migrante que volvía triunfante de sus aventuras entre la nieve y que, sin tener idea, estaba por desatar una avalancha que cambiaría la historia de su pueblo para siempre. Se trataba de Gonzalo Calderón, un muchachito que años antes, en 1963, se había ido a buscar fortuna en Alaska en la construcción de casas para el US Army.

La que sería la génesis migratoria de un pueblo y su escena central le fue descrita por un ahora octogenario Calderón a Sara Komarnisky, una antropóloga canadiense. Es fácil de imaginar: hombres, mujeres y niños debieron rodear el auto, del que no se sabe la marca y color, pero que para efectos de la narrativa diremos que pudo ser un Mustang o un Pontiac rojo lucifer de 8 cilindros, de esos con un motor rugiente.

Si la marca es un misterio, los efectos que el vehículo, la dolariza y los Ray Ban de Calderón tuvieron sobre los habitantes del pueblo, no. Fue el detonante de lo que eventualmente llevaría a miles a su trasnacionalización, a tener un pie en el altiplano mexicano y otro en el Polo Norte: nadie nunca había visto algo así en Acuitzio, una pequeñita mancha de aldea enclavada en el bosque a 30 kilómetros al sur de Morelia, Michoacán. Era inédito. Un mexicano se iba literalmente sin nada más que su camisa y volvía con coche del año, ropa fina, una actitud valentona y mucho dinero para gastar. La pregunta no podía ser otra: ¿Pos qué magia había allá en el Ártico que convertía a muchachos en hombres ricos?

De la mano de Calderón y su coche, la semilla del sueño norteño quedó plantada en los habitantes del pueblo. En los meses y años siguientes, hombres y mujeres de Acuitzio comenzaron a migrar a Alaska por cientos en busca de su propio Camaro, su Corvette Sting Ray, el Thunderbird de ensueño. Hoy, cinco décadas después de que el convertible rugiente rodara por el empedrado colonial de la Riva Palacio, hasta 30 por ciento de la población de este pueblo de Michoacán —le dicen acuitzalaska o alascuitzio de cariño— ya reside aquí, en la última frontera de Estados Unidos.

Organizaciones michoacanas calculan que entre mil 500 y 2 mil acuitzenses viven en ese estado durante los meses de primavera y verano, y vuelven a México en el crudo invierno ártico, un fenómeno del que por fin se tienen estadísticas claras, al haberse abierto en 2009 un consulado en Anchorage (ver gráfico).

Podrán no ser el grupo más numeroso —los sinaloenses, jaliscienses y sonorenses han inundado Alaska en los últimos cinco años—, pero el de los acuitzenses es el más investigado y, sin duda, pintoresco (aunque el relato de los triquis oaxaqueños que ahora son testigos de Jehová en Anchorage también es digno de atención).

En lo que toca a los michoacanos, han sido estudiados a fondo por Komarnisky y de su presencia hay evidencias por todo el estado. Literalmente en todos los restaurantes mexicanos de Anchorage hay un acuitzense y el consulado de México los ha encontrado hasta en la cadena de las islas Aleutianas, en donde trabajan en puestos de administración. “Alaska es la panacea de Acuitzio”, dice Martín Sánchez, un veterinario que ahora administra el restaurante México. “Siempre que alguien en el pueblo ha necesitado trabajo, se viene para acá”.

“Tengo historias de gente que tiene una suerte bárbara. Aquí uno no se muere de hambre, eso es seguro”, dice Agustín Sánchez, presidente de la Federación de Michoacanos en Alaska. “Yo calculo que entre un 15 y 25 por ciento de todos los mexicanos que vienen acá deciden quedarse”.

Se vienen para acá: la clave yace en la legalidad. Casi todos los acuitzenses cuentan con visa o doble nacionalidad, lo que les abre la oportunidad para acceder a empleos de alta paga. Son ejemplo de una comunidad trasnacional móvil que viene, pasa un tiempo y después vuelve a su lugar de origen para fiestas de quince años, funerales o las vacaciones de invierno. Al ser residentes legales, todos los años reciben un cheque de los dividendos petroleros de Alaska, en promedio unos mil dólares, con los que pueden financiar su retorno al sur.

En la búsqueda del convertible, algunos tuvieron éxito en serio. Se hicieron millonarios.

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“Alaska ha sido muy generosa conmigo”, dice Carlos Carrillo, a quien se podría llamar el Carlos Slim de Acuitzio sin riesgo a equivocarse. Dueño de la cadena de restaurantes Carlito’s —con sucursales en Fairbanks, Juneau y Anchorage— este empresario acuitzense llegó a Alaska en 1968, un año después de que el pueblo se paralizara aquella tarde de verano. En sus inicios trabajó de barrendero, cocinero y mesero, pero medio siglo más tarde ha logrado fundar un imperio de cocina mexicana.

Ahora también ya edifica suburbios hacia las salidas de Anchorage. Nada mal para un hombre cuya educación formal fue limitada, pero que es un ejemplo viviente de esa casi mítica movilidad social alasqueña. Una muestra, junto con otros mexicanos millonarios del hielo, de la salud del american dream al norte del continente. ¿Dónde más un migrante que trabajó de barrendero podría llegar a construir un emporio sino aquí, en la cima del mundo?

Aunque la distancia entre Acuitzio y Anchorage es de 7 mil 800 kilómetros —casi la misma que separa a la Ciudad de México con Madrid—, la cercanía se mantiene. Como otros paisanos, un año sí y otro también Carrillo repatria parte de sus ganancias a su pueblo natal, en donde el dinero ganado al norte ha servido para financiar el nacimiento de la industria del limón y el aguacate.

Carrillo tampoco deja de volver anualmente a Acuitzio y promete que “allá estará mi tumba”. Alaska le ha dado la riqueza, pero las raíces están al sur. Como fuere, admite que las condiciones cerca del Polo Norte son excepcionales. “Es que aquí hay mucho espacio para dónde crecer”, dice. “Como mexicano tienes muchas oportunidades para hacerla. Es un sueño. Ya hasta tengo también inversiones en Puerto Vallarta, donde construí edificios”.

Pero como la de otros, su riqueza no pasó desapercibida en el violento entorno michoacano de la última década. Cuando se entra a su restaurante en Anchorage pregunta si La Tuta llegó ya a cobrar cuentas. “¿No vienen de su parte, verdad?”, bromea, un tanto tenso. Tiene sus razones: recientemente hace como dos años, antes de que las autodefensas se levantaran en armas, tenía que pagar el diezmo correspondiente de su producción aguacatera a Los caballeros templarios.

El tema del giro violento que dio Michoacán en la última década y el control con puño de hierro que los Templarios ejercieron sobre sus comunidades es un asunto que no está lejos de los michoacanos en Alaska. Es vox pópuli que un ex alcalde de Acuitzio vino hace tres años a Anchorage huyendo de sicarios. Incluso aquí, lo encontraron.

“Fue secuestrado y tuvo que pagar un rescate para ser liberado”, dice Sánchez. “Es un tema que se manejó con mucho sigilo”. La del plagio es una sombra que pesa sobre otros empresarios michoacanos que han tenido éxito y que fueron entrevistados para este reportaje. Pidieron guardar sus identidades, por temor a ser víctimas de la delincuencia cuando retornen a su comunidad.

“En Alaska naciste o vienes huyendo de algo”, dice un personaje de la película Insomnio de Christopher Nolan, situada en un poblado al norte del estado. En el caso de algunos acuitzenses, es cierto.

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Los acuitzenses han sido exitosos en otro rubro: el amoroso. Tony Regis arribó a Anchorage hace 40 años sin entender una palabra de inglés y conoció a su futura esposa, Bernardette Wasuli, una ciudadana estadunidense en un cine. Se enamoraron y en menos de seis meses se casaron.

Hasta ahí, sería solo una historia más de amor entre personas de dos países. Pero el detalle radica en la identidad étnica de Wasuli. Es una esquimal. Sus hijos se autodefinen como “Mexkimos”. Quizá una de las mezclas más extrañas que pueda haber.

“La conocí y la invité a salir a señas”, dice Regis. “No le entendí nada”, responde Wasuli. Hoy hablan en una mezcla de esquimal, inglés y español. No son los únicos esquicuitzenses. Eduardo Tinoco, mesero que trabaja en Carlito’s, también se enamoró de una indígena de la tribu yupik.

“Supongo que son culturas muy compatibles”, dice Margaret Stock, abogada migratoria. “No creería todas las peticiones de matrimonio que he tramitado entre mexicanos y esquimales”.

No solo de soñar con convertibles vive el hombre, después de todo.



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