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Viernes , 22.06.2018 / 13:54 Hoy

La lumbre y los ciudadanos

Semáforo.

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Julio Hubard

Las puertas de Palacio Nacional en llamas. Las recientes marchas (como antes las de Javier Sicilia) tienen características nuevas. La gente que asiste no sabe marchar en orden; no se trata de contingentes, grupos, gremios, sindicatos entrenados para mostrar la fuerza y forzar la negociación desde una posición poderosa. La masa organizada marcha como milicia: impone. Pero hay otro sentido de la marcha: andar, caminar. El sábado pasado se trataba de ciudadanos que iban porque querían ir; quizá lo sentían moralmente necesario: hacer presencia porque el dolor, la violencia y la injusticia roban humanidad. Se rehúsan a ser despojados de su humanidad. Pero no son masa. Y quedó probado de un modo que no debe olvidarse.

Agazapados entre los ciudadanos, aparecieron grupos de encapuchados, los (pseudo) anarquistas, con antorchas y palos. Prendieron fuegos, rayaron muros con ira, entre insultos y verdades. Son delincuentes —pero cuidado con descartarlos: que sean violentos y enemigos de la paz no significa que la rabia que los mueve no sea legítima. No van a desaparecer espontáneamente y no carecen de motivos. Que sean estúpidos es un conflicto añadido; saben bien que delinquen y están dispuestos a recorrer la ruta. Mal haríamos creyendo que se trata de un asunto de moral (aunque lo haya); es un síntoma: la enfermedad y el mal son más profundos. No es la insurgencia de los miserables y los desposeídos sino de jóvenes que no ven cómo caber en una vida civil, ni en la economía, ni en una sociedad política (sus confusos panfletos denuncian un “sistema capital”, donde el capitalismo dejó de ser adjetivo y se ha sustantivado) y, ante el sinsentido y la inexistencia, deciden existir, aunque sea por vía del fuego, la cosecha del miedo y la agresión. Mejor la violencia que la nada. Irrumpir y romper: “la rabia es el consuelo”. Sus volantes citan a Flores Magón: “La rebeldía es la vida: la sumisión es la muerte”.

Juzgarlos delincuentes comunes será ceguera pura. Que se siga la vía jurídica que corresponda, pero el fondo no está en los procesos judiciales. El reclamo que vomitan a pedradas no está vacío. No son ellos la esperanza. Siembran miedo: “Ahí vienen unos con antorchas, yo ya me voy”, dijo algún tuitero. Y uno, desde lejos, prendido del mar del live streaming, mira crecer el fuego en la puerta de Palacio Nacional. ¿Es la Alhóndiga de Granaditas, otra vez, o Teherán, El Cairo? ¿Se van a soltar el caos y la violencia? No; la esperanza vino de un hueco, de un vacío: los ciudadanos, los que fueron a poner y reclamar la dignidad humana, simplemente se retiraron: “Ya me voy”, dijo uno, luego otro. Si no fuera porque se trataba de personas juntas, y no de masa, la marcha del sábado en la noche hubiera sido otro baño de sangre.

La situación política es muy seria. El gobernante parece haber perdido una batalla histórica: la idea de representación política quedó rota y parece irreparable. Mucha gente, muchos grupos están tomados por la furia, pero la ciudadanía ha dado una lección de política, de moral y de humanidad. Si el poder tuviera oídos...

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