Las huestes regañadas no dejan de aplaudir al ingeniero

Los militantes del partido “indispensable e insustituible” corean al fundador del PRD, pese a su discurso crítico y severo.
El bailongo en la Plaza de la Constitución, a ritmo de aniversario.
El bailongo en la Plaza de la Constitución, a ritmo de aniversario. (Héctor Téllez)

Ciudad de México

El Teatro de la Ciudad fue el escenario para que aflorara la autocrítica en la celebración de los 25 años del PRD, con Cuauhtémoc Cárdenas a la cabeza —“soplan vientos de fractura”—, el más aplaudido junto con Gustavo Leal, del Frente Amplio, que gobierna Uruguay,  quien parecía contrapuntear: “El todo o nada es lo más irresponsable, compañeros”. Y agregaba: “la izquierda en mi país supo interpretar a la sociedad”.

El enviado del país sudamericano liderado por Pepe Mujica, como le llaman de cariño al presidente de esa nación, estaba en un terreno que parecía conocer bien, pues intentaba aleccionar a sus homólogos mexicanos —“hay que negociar y ceder”— y les urgía a ganar la Presidencia de la República en 2018, porque “nosotros los necesitamos a ustedes y no olviden a los del barrio: miren hacia el sur”.

Entonces vendría Cárdenas,  armado de ese discurso, y luego el dirigente del partido, Jesús Zambrano, un poco nervioso —“somos un partido indispensable e insustituible”—, desde el atril de un teatro en el que se alzaron pancartas y coros de apoyo y más aplausos al fundador, junto con otras figuras, como el ausente Porfirio Muñoz Ledo, del Frente Democrático Nacional, que precedió la creación del PRD, que aglutinó a una gama ideológica de militantes.

Una hora antes de que iniciara el festejo en el Teatro de la Ciudad, sobre la calle Donceles, contiguo al edificio de la Asamblea Legislativa del DF, donde hace décadas estuvo la Cámara de Diputados,  se formó la hilera de militantes, entre ellos Amalia García, Marco Rascón, Jesús Ortega —traje negro, camisa blanca y corbata amarilla —, Dolores Padierna, Alejandro Encinas y Raúl Flores, entre otros.

Y allí, en la primera fila, estaban Pablo Gómez y Jesús Ortega; y más allá, René Bejarano; luego, la maestra Ifigenia Martínez.

—¿25 años son muchos o pocos?

—Un cuarto de siglo es mucho, por la dinámica social —respondió la economista, también fundadora del PRD.

—¿Llega fragmentado el PRD a sus 25 años? —se le preguntó a Ortega.   

—No. Tiene una intensa vida interna, como cualquier partido democrático; lo que falta es que asumamos que la vida democrática es parte del diálogo y reconocer al contrincante. Y algo más –recordó Ortega –: la libertad de expresión no se entendería sin la lucha del PRD.

Y fue cuando entró Cárdenas, acompañado de Jesús Zambrano, que de inmediato fue iluminado por decenas de flashes de cámara que lo enfocaban. Era el personaje. La estrella. Y su nombre era repetido.

—¡Ingeniero! —gritó Arturo Núñez, gobernador de Tabasco, quien se abría paso en el pasillo que divide la primera fila con el estrado, donde se apeñuscaban militantes.

Y se abrazaron.

El jefe del Gobierno del DF, Miguel Ángel Mancera, hizo su aparición, que fue anunciada por la maestra de ceremonia, quien después de mucho rato se percataría que había omitido el nombre del principal fundador del PRD, que llegó  minutos antes que el gobernante capitalino.

“¡Y por supuesto, entre nosotros se encuentra el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas, fundador del Partido de la Revolución Democrática!”, dijo. 

El error provocó un murmullo casi generalizado en el interior de un teatro a media luz, e incluso dos edecanes hicieron una mueca y movieron la cabeza.

Enseguida se exhibió una especie de documental en el que se repetía la palabra “Imposible” de diferentes tamaños, e imágenes de la expropiación petrolera encabezada por el general Lázaro Cárdenas, y de pronto la voz del narrador se preguntaba: “¿Qué es imposible?” Y él mismo respondía: “Nada”.

Y aparecían figuras históricas de la izquierda y el número 25, y una frase: “Lo único imposible es bajar la guardia”.

Se subió el telón y apareció la orquesta filarmónica de la Universidad de la Ciudad de México que, como preámbulo, interpretó Danzón número 2, de Arturo Márquez; después de la pieza, Zambrano entregó medallas “al mérito”, una para Camilo Valenzuela, fundador del PRD, “quien en su lucha social y política ha mostrado firmeza ante la adversidad”.

El primero en hablar ante el micrófono fue Alejandro Sánchez, secretario general del PRD. Las voces de apoyo a Cuauhtémoc, mientras tanto, coreaban su nombre y algunos blandían pancartas manuscritas.

Y subió al estrado Gustavo Leal, con un discurso que transmitía la experiencia de la izquierda de su país, “que le debe mucho a México”,  donde “más temprano que tarde habrá patria para todos”.

Y le siguió el ingeniero, que pronunció esas palabras que retumbaron en el Teatro de la Ciudad –“vientos de fractura”–, “pero estamos a tiempo para retomar el camino…”