Gonzalo Rivas Cámara: El héroe jarocho de Chilpancingo

El Senado otorgó hoy la medalla Belisario Domínguez a Gonzalo Rivas. Este texto se publicó el 1 de enero de 2012 en Milenio Semanal, horas antes que el "Héroe de la Gasolinera" muriera.
La última vez que Gonzalo Rivas vio a sus padres, Clitia y Gonzalo, fue en enero de 2011, un año antes de morir.
La última vez que Gonzalo Rivas vio a sus padres, Clitia y Gonzalo, fue en enero de 2011, un año antes de morir. (Cortesía)

Chilpancingo, Guerrero

Tiene 48 años. Se llama Gonzalo Miguel Rivas Cámara. Es jarocho, originario del puerto de Veracruz, como su padre, aunque tiene sangre yucateca, pues su madre nació en Yucatán.

Y es ella, Clitia (nombre tomado de la ninfa griega enamorada de Helios que los dioses convirtieron en girasol), su mamá de grandes ojos cafés, quien, en la sala de espera de Urgencias y Terapia Intensiva del hospital Lomas Verdes del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) de la Ciudad de México, habla brevemente de su hijo:

"Dios me bendijo con cuatro hijos muy buenos. Él... él es muy buen muchacho. Desde chamaco no tuvo vicios. Siempre ha sido muy buen hijo: buen estudiante, muy trabajador, buen papá... Qué le digo...". Intenta esbozar una sonrisa.

No puede hablar más. Está muy angustiada. Espera ansiosa a que los médicos del hospital de Traumatología se aproximen para informarle cómo evoluciona el estado de salud del padre de sus dos nietas. Saca su cartera. La abre. Busca una foto de su hijo, pero no la encuentra: "La dejé en la casa", cuenta. Sólo halla la del padre de Gonzalo Miguel, una foto en blanco y negro donde su esposo luce un impecable traje militar.

Con voz dulce, con mirada suplicante de ojos que reprimen lágrimas, invita a que la charla concluya: "Ya no quiero hablar más, siento mucho al hablar de él, ¿me entiende?... Ahorita lo único que quiero es estar pendiente de su salud... Discúlpeme...".

Tiene razón en estar asustada, preocupada: de acuerdo a la evaluación de los médicos que lo atienden, Gonzalo Miguel Rivas Cámara tiene varias quemaduras de tercer grado. Predominan desde el tórax hasta la cabeza, en 35 por ciento de esas partes de su cuerpo.

Está "grave pero estable y respondiendo" en terapia intensiva, donde es monitoreado sin interrupción. Permanece sedado: debido al dolor de ese tipo de quemaduras (sobre todo las del rostro), sería difícil mantenerlo con vida despierto.

Cada día le hacen "lavados quirúrgicos". Si continúa con vida y evoluciona favorablemente, los doctores tendrán que hacerle injertos de piel.

Su recuperación puede tardar tres, seis, nueve meses, un año. No hay certeza médica al respecto. Por lo pronto, su estado de salud es de "pronóstico reservado".

"Pronóstico reservado". Ese término médico, de los más temidos entre familiares de hospitalizados, significa que la evolución o mejoramiento del paciente es incierto: que puede vivir, pero... también morir.

Así yace Gonzalo Miguel Rivas Cámara, el hombre que es experto en sistemas de computación, y que el 12 de diciembre ardió en llamas en la gasolinera Eva, de Chilpancingo, Guerrero, cuando un par de supuestos estudiantes de la Escuela Normal de Ayotzinapa prendieron fuego a la estación y el hombre, impelido por una temeraria actitud heroica, intentó sofocar el incendio y evitar un desastre en el lugar.

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Alejandro Montealegre Borja es el encargado de la gasolinera que fue incendiada durante el desalojo de normalistas a la altura de Chilpancingo, en la Autopista del Sol que va de México a Acapulco. Durante la refriega murieron por disparos de bala dos estudiantes de la Escuela Normal Rural "Raúl Isidro Burgos", de Ayotzinapa, Guerrero: los guerrerenses Jorge Alexis Herrera Pino, de 22 años, y Gabriel Echeverría de Jesús, de 20, originarios de Atoyac de Álvarez y Tixtla, respectivamente.

Aquí, en la gasolinera, Montealegre narró los hechos de aquel lunes, mismo día en que presentó una demanda ante la Procuraduría General de Justicia de Guerrero (PGJE) contra quien resulte responsable por los delitos de intento de homicidio y daños en propiedad ajena, como consecuencia de las quemaduras de Gonzalo Miguel y los destrozos en la estación. En entrevista con el corresponsal de M Semanal, Rogelio Agustín Esteban, realizada el jueves 15 de diciembre, Montealegre lo contó así:

"A las 11:30 horas, aproximadamente, nos percatamos de que llegaban algunos autobuses de los que comenzaron a descender estudiantes y empezaron a bloquear la autopista Cuernavaca-Acapulco. Luego llegaron elementos de la Policía Federal (PF) por el carril de la autopista en dirección de Acapulco. Enseguida nos percatamos que del otro lado —carril con dirección a México— descendieron otros estudiantes que comenzaron a insultar a los federales...

"Nosotros pusimos en funcionamiento el protocolo de seguridad, como cortar el suministro de gasolina de las bombas, la energía eléctrica y suspender el servicio de la tienda y de los baños. También bloqueamos el acceso al patio de la gasolina, aunque permitimos a la policía que lo utilizara para dar paso a varios vehículos particulares que habían quedado varados. Después volvimos a instalar los biombos...

"Pasaron los minutos... Después un grupo de estudiantes comenzó a patear los biombos... Luego otro grupo entró y comenzó a desprender los extinguidores colgados de las bombas de suministro.

"Otros tiraron las aceiteras, se derramó el producto, y tiraron los botes contenedores de basura. Uno de estos basureros se lo llevaron a mitad de la carretera. También descolgaron las mangueras de las bombas, no sé con qué propósito, quizá pensaron que iba a salir gasolina de ellas".

El encargado de la estación relató enseguida los momentos más importantes, primero, cuando dos presuntos estudiantes de la Normal provocaron el incendio:

"Entraron dos tipos vestidos de rojo, que les puedo asegurar que en sus playeras decía 'Normal de Ayotzinapa': yo lo vi de frente... Uno de ellos traía una garrafa con gasolina y comenzó a rociar una bomba expendedora de gasolina... Luego la depositó en la parte superior de la misma bomba y de su pantalón extrajo unos cerillos. Le gritamos que no fuera a prender fuego, pero él hizo caso omiso y le prendió fuego a la bomba".

Después narró la desgracia de Gonzalo, quien no trabajaba todos los días ahí, sino que iba en días alternos, o cuando se le requería, ya que se encargaba de supervisar el buen funcionamiento del sistema de cómputo, pero no tenía una plaza fija.

Y para su desgracia, fue a trabajar ese día de la Virgen de Guadalupe:

"Gonzalo tenía a su cargo el sistema de cómputo con que se controla el protocolo de seguridad que impide que estalle la gasolinera en caso de que se incendie una de sus bombas. Cuando empezó el incendio, él extrajo de su oficina un extinguidor y valientemente se dirigió a apagar el fuego, pero supongo que no se percató que los estudiantes habían dejado la garrafa con gasolina encima de la bomba...

"Ese tambo estalló al avivarse el fuego por el aceite que había regado en el lugar: bañó todo su cuerpo y se produjo una explosión que lo lanzó por el aire dentro de una bola de fuego... Gonzalo todavía se levantó por su propio pie. Nosotros corrimos para asistirlo, le apagamos el pantalón que todavía ardía, pero ya estaba demasiado quemado Lo vimos muy grave...".

Y sí, Gonzalo Miguel Rivas Cámara no sólo ya estaba grave en ese momento por las quemaduras de tercer grado en tórax y rostro, sino porque literalmente comió fuego:

"Tiene quemaduras en los órganos internos, pues aspiró lumbre y aire a altas temperaturas".

Así lo publicó el viernes 16 de diciembre Héctor García Álvarez, director del Diario de Guerrero, en su columna de primera plana "Un Minuto".

Y es que García Álvarez conoce bien al llamado "héroe de la gasolinera": es... su patrón. Gonzalo Miguel no sólo trabajaba en la gasolinera Eva y otras más, también en ese periódico, donde prestaba sus servicios desde hacía 10 años para resolver todos los asuntos concernientes a los sistemas de cómputo. Era el ingeniero de Sistemas del diario.

García Álvarez había escrito sobre Gonzalo Miguel un día después de los hechos. En su columna publicada el miércoles 14, los guerrerenses leyeron esto:

"Gracias a la valiente intervención de Gonzalo Rivas Cámara al combatir el fuego en una bomba despachadora en la Gasolinera Eva es que no estamos lamentando la muerte de cientos de personas. Uno de los 'estudiantes' de Ayotzinapa haciendo alarde de pendejismo auto destructor, se acercó a una bomba despachadora y con un 'bidón' la roció de gasolina y luego le aventó un cerillo encendido...

"Gonzalo Rivas, trabajador del Diario de Guerrero y de la Gasolinera Eva, sin pensarlo dos veces agarró un extinguidor y se acercó a la bomba en llamas al igual que otro empleado y comenzó a rociar el químico para sofocar el incendio...

"Una gran llamarada y explosión generada por el bidón de gasolina que colocaron los 'estudiantes' arriba de la máquina despachadora de gasolina, abrasó a Gonzalo y lo 'botó' a varios metros envuelto en llamas, pero el fuego se controló y con eso se evitó que 100 mil litros de gasolina almacenados en los tanques subterráneos se convirtieran en monstruosa bomba que hubiese matado a los manifestantes y a muchísima gente más...

"¿Se imagina Usted la desgracia mayúscula que estaríamos sufriendo si la gasolinera explota? Algo hay que hacer con Ayotzinapa... ¡pero ya! Es todo".

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Un ingeniero que en ausencia del gerente está a cargo de la gasolinera Eva dice que a él le sorprendió lo que hizo Gonzalo:

"Él, no sé, como que se llenó de adrenalina, de aceleración, y se echó a correr para apagar el fuego... No sé por qué lo hizo. Creo que ninguno de nosotros pensó en eso sino en resguardarnos, porque además del fuego, no dejaban de sonar los disparos que duraron como media hora. No sé por qué lo hizo... Tal vez por su educación, porque su papá fue militar, según nos dijo, y ya ves que tienen como un sentido de servicio, de ayudar. Hasta de heroísmo, ¿no?".

Mientras revisa planos, el compañero de Gonzalo Miguel pide no dar su nombre: "Aquí uno nunca sabe quién oye".

Y tiene razón: un joven vestido de camisa roja y jeans, que junto con otro hombre y una mujer dicen ofrecer orientación turística a los conductores que se paran en la estación, no cesa en su afán de intervenir en las charlas entre el reportero y el fotógrafo y los trabajadores del lugar: su punto es que el experto en sistemas no debe ser visto como víctima, ni muchos menos como heroico, que para qué se metió, que cómo se le ocurrió intentar apagar el fuego; vaya, que su historia no debe ni ser contada, que las únicas víctimas son los estudiantes buenos, y que los malos son los policías federales y estatales.

Punto. Cuando se le pide que ya deje de seguirnos por todos lados y que cese de entrometerse, se molesta, lanza miradas severas, se retira unos metros, vira de nuevo al cuerpo, sube sus manos al frente, simula que tiene un arma, hace un ademán como de cortar cartucho, y se aleja de la gasolinera. Antes de que el sujeto vuelva, las entrevistas habrán concluido.

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Gonzalo Miguel Rivas Cámara es un hombre modesto. Así lo dicen sus compañeros de trabajo en la gasolinera Eva, en Chilpancingo.

Y se nota: ahí, en la estación de servicio, justo frente a los restos de la bomba de gasolina quemada, completamente ennegrecida por las llamas que la consumieron, ahí está su viejo coche de 17 años de antigüedad que nadie ha ido a recoger: es un Chrysler gris-verde modelo Shadow del año 1994, con placas del Distrito Federal 925 PHP.

El vehículo no tiene defensa trasera. Quizá su dueño no ha tenido dinero para comprarla. Aunque, eso sí, aparentemente no es un sujeto deudor: de acuerdo con el portal de internet de la Secretaría de Finanzas del Distrito Federal, no tiene ningún adeudo por tenencia, ni con su actual ni con su antigua placa, la 806 HDA. Tampoco tiene infracciones por pagar en la capital. Al interior del coche, que tiene la vestidura de la puerta del copiloto destrozada, sólo hay a la vista un cable negro para un puerto USB.

Pero, ¿cómo es de carácter este hombre del arranque heroico? Las opiniones varían.

Una mujer que trabaja justo ahí, a un lado del coche, en un puesto de auxilio turístico del gobierno estatal, dice que es "buena onda, siempre pasaba y saludaba. Y cuando venían a arreglarme la compu, él le echaba la mano a mis técnicos. Ojalá que no sólo se recupere, sino que quede bien, que pueda trabajar y recupere su puesto".

Un despachador de gasolina cuenta que es "muy serio hasta para platicar. No bromea. Siempre anda arreglando las fallas del sistema. Sólo dice 'buenos días' o 'buenas tardes'. Y nosotros igual, 'buenos días, ingeniero'. Aquí, como no viene diario, sólo viene a cumplir".

Una jovencita que despacha en la gasolinera tiene una opinión diferente de él:

"No sé, como que tiene complejos, es medio antisocial: a mí sí me hablaba bien pero criticaba a la gente que venía, por ejemplo, por las facturas. Con los que se llevaba es con los hombres y a veces lo vi reír, pero quién sabe de qué: sólo ellos se entendían. Aunque eso sí, era buen papá: en ocasiones trajo a sus dos hijas y las trataba bien, vivía para ellas. Luego les llamaba desde aquí: '¿Qué necesitas, mija? ¿Leche? Yo la llevo', les decía".

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Un joven del Diario de Guerrero, donde también trabajaba, cuenta que Gonzalo tiene cuatro perros. Uno de ellos, de raza chihuahueña, se llama... Fox, como el ex presidente. "Ese era como su hijo, pero a todos los quería mucho. Cuando no estaba con su novia (es divorciado, afirma) y sus hijas, duerme con ellos.

"Y él... pues es medio cerrado, medio intransigente, yo creo que hasta déspota en el trabajo. Es como de humor cambiante, voluble, a veces llegaba de buenas, a veces de malas. Eso sí, es un cuate muy inteligente, a todo le sabía: fíjate, cuando algunos aparatos se descompusieron le dimos los instructivos que venían en inglés, y aunque no hablaba ese idioma, quién sabe cómo le entendió, no sé si por deducción de las figuras. Pero incluso agarraba libros y libros para estar al día en todo lo que tenía que ver con su chamba".

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Gonzalo Miguel Rivas Cámara. El experto en sistemas que intentó apagar un incendio, voló envuelto en una bola de fuego, sufrió quemaduras de tercer grado, y literalmente tragó el fuego provocado por dos presuntos estudiantes de la normal de Ayotzinapa, y por cuyos daños no hay un solo detenido.

Este texto fue publicado originalmente el 1 de enero de 2012 en Milenio Semanal, ese día Gonzalo Rivas murió.