Los imprevisibles recuerdos

El Santo Oficio.
El presidente uruguayo, José Mujica, en su casa.
El presidente uruguayo, José Mujica, en su casa. (Reuters)

Ciudad de México

El cartujo comienza a tararear un viejo éxito de Óscar Chávez; se le escapan el título y la letra, pero lo persigue el ritmo, pausado, nostálgico, campirano. Según cree recordar, en él se habla de una casita chiquita, con jardines, alberquita y calefacción central. No encuentra motivo para su canturreo, pero así le sucede a veces, de manera inexplicable le llegan a la cabeza recuerdos, imágenes, sonidos.

El otro día se le hizo un nudo en la garganta; se disponía, con humildad y fervor, a entonar los maitines cuando una ráfaga, procedente de los ignotos mares de la adolescencia, arrancó de sus labios las oraciones matutinas para estamparle los escombros de un esotérico tema de Luis Eduardo Aute cantado por Massiel. Rememoró sus misterios: “Voy buscando un lugar/ perdido en el mar,/ donde pueda olvidar/ del mundo la maldad./ La soledad quiero buscar/ para poder vivir en paz./ Es más fácil encontrar rosas en el mar”. Después, consternado, se puso a llorar.

Ahora mismo, por ejemplo, mientras prepara su morral para viajar a Tijuana, donde suele predicar en el peligroso desierto de la Avenida Revolución, le parece escuchar las palabras del presidente uruguayo José Mujica: “Yo estoy viviendo como vive la mayoría de la gente de mi país. La mayoría. Hay una minoría que vive mucho más ostentosamente”.

No comprende al mandatario sudamericano, feliz poseedor de un desvencijado Volkswagen y una modesta casa campestre. Ojalá alguna vez lo hubiera iluminado la sabiduría del profesor Carlos Hank González, patriarca del Grupo Atlacomulco, a quien debemos la frase inolvidable: “Un político pobre es un pobre político”.

Hace poco, en una procesión al estado de Guerrero, asolado por todo tipo de calamidades, mientras en Chilpancingo maestros disidentes y jóvenes embozados daban rienda suelta a su furia saqueando comercios, destrozando edificios públicos, vehículos policiacos y particulares, en vez de las voces sensatas de los reporteros y columnistas democráticos, apólogos de la protesta social “pacífica”, evocó una novela de 1964: El señor de las moscas, de William Golding.

Es la historia de unos niños en una isla desierta. A través de ellos se manifiesta el enfrentamiento entre la civilización y la barbarie. La sensatez de unos pocos choca contra la locura de quienes se pintan el rostro y el cuerpo para sacar a relucir sus peores instintos. Es una novela donde la ambición por el poder conduce a la discordia y a la muerte, al sadismo. Eso sucedió en Iguala, eso mismo sigue sucediendo con quienes en vez de soluciones alientan a las multitudes enardecidas, en las cuales —decía Canetti— el individuo se funde y despersonaliza.

Los recuerdos, imprevisibles y absurdos, llegan en cascada, como un manto protector en estos días de combate, pero también de inconsciencia de la clase política… Por cierto, “La casita” se llama la parodia cuyo título el humilde monje había olvidado.

Queridos cinco lectores, en una tarde gris, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.