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Lunes , 23.07.2018 / 09:05 Hoy

El milagro de la canonización

El siguiente texto resume tres horas de conversación con el postulador de la causa de Juan Diego, Enrique Salazar Salazar, publicada íntegra el 26 de marzo de 1990.

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Carlos Marín

Marzo de 1982. Designado por el cardenal Ernesto Corripio Ahumada postulador de la causa de canonización de Juan Diego, monseñor Enrique Salazar Salazar camina por las calles de Roma, acompañado por un viejecito de nombre Sandro Corradinni, relator —“de los meros importantes”— de la Congregación para los Santos. Han estado trabajando casi un mes, mañana y tarde, en el expediente que la Iglesia mexicana presentó ante el Vaticano y, en un descanso, se disponen a comer.

Unos días atrás, cuando fueron presentados, el sacerdote italiano preguntó qué se le ofrecía.

—Le dije y le mostré lo que llevaba.

—Mire —resumió Corradinni—, de Juan Diego no hay nada.

—Y señaló un paquete de papeles en el piso. Un montón. Y de plano que me dice: “La virgen de Guadalupe es un mito con el que los franciscanos evangelizaron México. Juan Diego no existió. ¡Vea lo que tenemos ahí...! Y no sirve. No pasa”. Imagínese usted la impresión que me llevé...

Aquella tarde romana, cuando iban a comer, Salazar Salazar no podía ocultar ensimismamiento. Entonces Corradinni le dijo:

—Mire usted, monseñor, lo veo muy entusiasmado con lo de Juan Diego, pero Juan Diego si acaso llega a beato y será para el año 2031.

—¡Ay, monseñor —le dijo Salazar Salazar—, yo ya me morí para entonces! ¿Quién va a trabajar? Me dio una palmadita y me dijo: “no se preocupe, váyase a México, búsqueme un Juan Diego siglo XVI, pero con aureola, me lo trae, y con la documentación que tenemos en dos años veremos a Juan Diego en los altares”.

Corradinni tranquilizó a Salazar: —Juan Diego es del siglo XVI, no del XVII. Vaya y busque la imagen. Le doy dos años de plazo, me la trae y Juan Diego está en los altares. Eso sí, vaya y busque, pero no me vaya a regresar con un fraude.

Y la buscó a conciencia.

Contra viento y marea

El jueves 22 de marzo de 1990, en Torreón, Corripio anunció que Juan Pablo II, en su segunda visita a México canonizaría a Juan Diego. El mismo día, Salazar Salazar dijo que no se trataba de una beatificación (reconocimiento para la beatificación local), sino reconocimiento que otorga el Vaticano para la veneración universal en el rango de los santos.

Doce días antes, el postulador y el reportero, durante casi tres horas, exploraron el tema en sus más diversos ángulos, a partir de dos hechos inmediatos: el día de la entrevista se publicó en el periódico Novedades (nota principal de primera plana) una información extraoficial, en la que se adelantaba que Juan Diego sería canonizado, y dos afirmaciones de Salazar Salazar, dos miércoles atrás, en el noticiario radiofónico de Guillermo Ochoa: que Juan Diego era un hombre rico y, además, “noble por ser nieto de Nezahualcóyotl”, lo cual se contrapone formalmente con la versión de un Juan Diego pobre.

En la entrevista el postulador desmintió que el papa, en su segunda visita, canonizaría a Juan Diego, dejando en claro que en el Vaticano faltaban tres pasos para llegar al decreto; el más delicado: aceptar que Juan Diego había existido físicamente, porque sobre él no hay un solo documento convincente, desde el punto de vista histórico, a lo largo de 117 años. Los otros dos, encontrarle virtudes heroicas en el grado de santidad y decretarlo santo.

En febrero de 1990, Salazar Salazar volvió a Roma y habló con el jefe de Corradinni, Giovanni Papa, responsable del Departamento de Historiadores del Vaticano.

—¿Cómo va el asunto de Juan Diego? —preguntó con timidez el sacerdote mexicano.

—Ya se lo dije. ¡Hagan mucha oración! Pueden pasar 10 días o pueden pasar 10 años —contestó seco el insondable Giovanni.

La conversación con Salazar Salazar —71 años entonces, 48 en el sacerdocio, monseñor “como regalo”, siete años en la basílica de Guadalupe con el equipo del abad Guillermo Schulenburg y director del Centro de Estudios Guadalupanos— se da en el patio de la casa donde trabaja, por La Villa.

Realidad y mito

—De lo que usted cuenta se deduce claramente que han sido muy diferentes los criterios de la Iglesia mexicana y el Vaticano respecto del fenómeno guadalupano. Comencemos por ver si de veras existió.

—¡Claro que existió!

—Veamos: durante el siglo XVI, en distintos documentos, aparece mencionado el culto a la virgen de Guadalupe y se consigna que hay una ermita o una capilla en el cerro del Tepeyac. Sin embargo, en el mismo primer siglo de la dominación española se realizaron tres concilios de la Iglesia en México y en ninguno se recogió la de la más mínima versión acerca de Juan Diego ni de las apariciones de la virgen en el Tepeyac. Se conservan en México y otras naciones innumerables escritos de autores reconocidos en ese mismo siglo. Ninguno dejó el menor testimonio del sorprendente suceso y tampoco dan testimonio de alguien llamado Juan Diego.

—No tenían por qué mencionarlo, es como ahorita, usted y yo estamos aquí platicando de Juan Diego y no nos ocupamos del presidente de la República…

—Solo porque Carlos Salinas de Gortari nada tiene que ver con santos ni milagros. Pero en el caso de los cronistas y los historiadores del siglo XVI, por más que algunos se ocuparon de mencionar el cerro del Tepeyac, el santuario de Guadalupe o de la virgen María, como le decían indistintamente, al hablar en contra o a favor de la devoción allí debieron saberlo, consignar el nombre de Juan Diego y las apariciones. Bien como hecho, chisme o leyenda, ¿no le parece?

—Sí ya se. Lo que es blanco es blanco y lo que tiene una manchita ya no es blanco, ¿verdad? Pues fíjese que no. Bernal Díaz del Castillo dice que en Tepeaquilla se apareció a Juan Diego la virgen María...

—¿Bernal Díaz del Castillo dice eso?

—Si no lo dice, me corta la cabeza.

(Del capítulo 210 de la Historia verdadera de la Conquista de la Nueva España, donde el cronista habla de algunos beneficios traídos por la invasión: “… y miren las santas iglesias catedrales y los monasterios donde hay frailes dominicos, como franciscanos y mercedarios y agustinos, y miren qué hay de hospitales grandes perdones que tienen, y la santa iglesia de Nuestra señora de Guadalupe, que está en lo de Tepaquilla, donde solía estar asentado el real de Gonzalo de Sandoval cuando ganamos a Méjico, y miren los santos milagros que ha hecho y hace cada día, y démosle muchas gracias a Dios y a su bendita madre Nuestra Señora, y loores por ello que nos dio gracia e ayuda que ganásemos estas tierras donde hay tanta cristiandad; y también tengan cuenta cómo en México hay Colegio universal donde se estudian y dependen gramática...” No hay, es esta única referencia de Bernal a la devoción guadalupana, alusión alguna a Juan Diego ni a las apariciones.)

Primera referencia

—Monseñor, en lo que tiene que ver con alguna devoción en el Tepeyac, cronológicamente hablando, la primera mención se da en 1556. El 8 de septiembre de ese año se levanta una acusación contra el provincial de los franciscanos, Francisco de Bustamante, porque predicó contra la veneración a ídolos e imágenes.

—Sí. Bustamante predica contra Montúfar, el obispo, porque dice que está propiciando la idea de que la imagen de la virgen hace milagros. En el juicio, mediante versiones de testigos, se aclara que lo que Montúfar predicó es que la virgen alcanza de Dios los milagros y que la imagen es prodigiosa en el sentido de que se le tiene por no natural. No dice que está pintada por los ángeles o cosas por el estilo, pero dice que es una imagen no natural.

—Un segundo escrito se produce en 1575, donde se asienta que desde 1555 hay una capilla en el Tepeyac, donde la devoción comenzó a crecer porque un ganadero publicó que había recobrado la salud gracias a la imagen. Tampoco se mencionaban apariciones ni a Juan Diego.

—Es que llegaron aquí a México los enviados de España, los del santuario de Guadalupe de allá, sabiendo que aquí había una devoción guadalupana y que se juntaba mucho dinero. Las colectas aquí comenzaron en 1555 para la remodelación de la ermita. Viene un colector y se aclara que esa imagen no es la Extremadura y se da cuenta de que la asociación de aquí es para la virgen de Guadalupe del Tepeyac.

De muy pobre a muy rico

—Monseñor, usted dice que Juan Diego, además de “rico”, era nieto de Nezahualcóyotl. ¿Dónde quedó la versión del indito pobre?

—Sabemos muy bien que tenía casa en Cuautitlán, donde está el documento de la india Juana Martín y ahí tenía su taller, una especie de alfarería. Podemos decir que aquel tiempo debe haber sido como si tuviera El Ánfora...

—De verdad, padre, con todo respeto, parece desorbitado. Si hubiese participado en alguna pastorela usted ahora diría que era el Ignacio López Tarso de la época...

—Pues además tenía tierras para trabajar, era macehual. El 1529 se fue a casar a San Pedro el Alto con Malitzin, su mujer, a casarse por la Iglesia...

—¿No quedamos que antes de 1537 eso era imposible?

—Tapia dice que venía de San Juan Izhuatepec por el Cerro Grande. ¿Cuál Cerro Grande hay por allá? Tultepec, allá vivía Malitzin y allí tenía otra casa con otro taller, otra fábrica de hilados y tejidos, para confeccionar ayates y todo lo que se hacía. El era un hombre inquieto...

—¿Pero de dónde saca usted esos datos...?

—Un documento es el de Tapia, en su libro Tres conquistadores. Otro es el testamento de la india Juan María, cuyo original está en París. Juan Diego era macehual pero hay una india Micaela que entra de monja cacica. Y, ¡hágame usted favor!, con todo y que soy monseñor yo me dije: ¿qué es eso? Pues frente a la Alameda hay una casa de Artesanías y en la fachada tiene una placa que dice que eso era de las monjas cacicas. Bueno, esa Micaela es quinta nieta de Juan Diego.

—¿Cómo puede ser nieta si usted ha dicho en repetidas ocasiones que Juan Diego vivió en castidad con Malitzin?

—Una cosa es castidad y otro virginidad. Juan Diego fue casto, pero tuvo hijos. Encontramos cómo ésta fue bautizada, fuimos a la fe de bautizo y descubrimos a su padre y madre; fuimos a las actas de bautizo y encontramos a los cuartos nietos. Llegamos hasta el nieto de Juan Diego.

—¿De dónde saca que Juan Diego es nieto de Nezahualcóyotl?

—Encontramos otra monja, cacica también, nieta de Juan Diego y nombre. Todos estos se entroncan con Mamalitzin, con Nezahualpilli y así hasta Nezahualcóyotl. Iztlixóxchitl y Juan Diego eran medios hermanos. No Fernando Alva Iztlixóchitl sino aquél que ayudó tanto a Cortés en los bergantines y la toma de Tenochtitlan, hijo legítimo de Nezahualpilli, que a su vez fue hijo de Nezahualcóyotl.

Estudios de la imagen

—Monseñor, como postulador, ¿se imagina la posibilidad no solo de que Roma no acepte la historicidad de Juan Diego, sino de que se realicen estudios científicos de la imagen de la virgen?

—De la virgen se han hecho muchos estudios, sobre todo en el tiempo en que yo estuve en la Basílica (1973-1979): químico, infrarrojo, oftalmológico, en fin. Para mí hay cosas que son verdad, porque lo han estudiado dos o tres en distintas circunstancias y vienen a concluir lo mismo: que la fibra es vegetal. En Alemania se hicieron los estudios para la cuestión de los colores. Le cortaron fibritas rojas y amarillas y se mandaron a Kuhn, el premio Nobel de Química, para que nos dijera qué clase de pintura tienen. Contestación por escrito: “ninguna de estas fibras tiene colorantes vegetales, minerales ni animales”. Punto. Firmado, Kuhn. Resultó que por naturaleza es así. (Richard Kuhn, austriaco, murió en 1966.)

La recta final

—¿Cuándo fue el último dato que le dieron en Roma?

—Mire, en octubre de 1989, con la entrega del resumen que Giovani Papa dijo que debió hacerse en Roma, terminaron nuestros trámites. Le pregunto cuándo debía yo regresar y solo dijo que ya nada teníamos que hacer, excepto rezar. Volví el 30 de enero y Papa me repitió que no servía de nada que estuviera yendo: “¡Ya le dije, hagan mucha oración!” Y ahora que acaba de ir el señor Corripio le dieron la buena nueva de que Juan Diego brincó el paso de los historiadores y el de los teólogos.

—¿Quiénes se encargaron aquí del juicio de Juan Diego?

—El juez delegado fue Vicente Torres Bolaños y el juez de justicia el padre Luis Ávila Blancas, el de La Profesa.

—¿Quién la hizo de abogado del diablo?

—Usted en esta entrevista, pero en el juicio, Ávila Blancas.

—Debe estar enojado con el anuncio de la canonización.

—No crea usted. Tradicionalmente el abogado del diablo es el que más ganas tiene de que el candidato llegue a los altares, pero trata de que no queden dudas fundamentales.

—Gracias por dejarme una salida.

—Vaya con Dios.

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