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Lunes , 10.12.2018 / 15:14 Hoy

El derrumbe del PRI, su sede y la nieta del general Jara

ESPECIALES MILENIO. Partidos políticos

La derrota sufrida en las pasadas elecciones se refleja en sus inmuebles, estatuas y jardineras donde poca gente transita; en sus pasillos se escuchan susurros, domina la voz baja
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En más de 70 años nunca antes había recibido un golpe como el asestado en las pasadas elecciones, y quien dirigió la andanada, casi mortal, Andrés Manuel López Obrador, emergió de sus propias filas. El partidazo, como se le llamaba, ya no será el mismo. Los panistas, en 12 años, no lograron hacer lo que el tabasqueño sí, casi desaparecerlo, y ahora su domicilio, en el número 59 de la avenida de los Insurgentes, con cuatro edificios, luce con pocas personas, sin el bullicio que había recuperado con el triunfo de Enrique Peña Nieto en la Presidencia.

La derrota sufrida por el PRI se refleja en sus inmuebles de la colonia Buenavista, Ciudad de México, entre estatuas y bustos, explanadas y jardineras, donde poca gente transita y en sus pasillos se escuchan susurros. Aquí domina la voz baja y el silencio. El declive inició en 2000, cuando por primera vez perdió la Presidencia; la segunda derrota, seis años después, provocó la hipoteca de un edificio, por casi 120 millones de pesos; luego, una multa de mil millones, que le impuso el entonces IFE, por irregularidades en el financiamiento de campaña.

Los priistas mantuvieron algunas gubernaturas y parte de su fuerza en el Congreso, y aunque las deudas económicas fueron subsanadas, surgieron otros problemas, como falta de pagos a empleados; entonces vino el triunfo de Enrique Peña Nieto y con él un respiro, pero la ola de Morena, impulsada por López Obrador, los hundió, al arrinconarlos en el tercer lugar, y pronto llegaron los ajustes en la sede nacional del que durante décadas llamaron “el tricolor”, “el partido”, “el partidazo”.

Y por primera vez, ya desde la lona, la cúpula parece estar dispuesta a examinarse, como admitió el día 16 del mes que corre el presidente del partido, René Juárez Cisneros, al entregar las riendas a la secretaria general del mismo, a Claudia Ruiz Massieu: “Esta derrota del partido de julio de 2018, sumada a las de 2000 y 2006 —dijo el guerrerense—, nos obliga a preguntarnos cuál es el futuro de nuestro partido”.

Entre los invitados especiales al cambio de la dirigencia partidista estaba la escritora y maestra Alicia G. Sánchez Jara —de casi 97 años y 62 de militar en el PRI—, descendiente de un linaje que se remonta a los movimientos sociales más significativos que han agitado a México.

La anciana, de baja estatura —nieta del general Heriberto Jara Corona, prominente revolucionario y diputado constituyente—, de voz apenas audible y buena memoria, empezó a deshilar anécdotas; de pronto, sin embargo, brotó su “institucionalidad”, característica entre los priistas, y frenó.

Sánchez Jara dijo que necesitaba pedir permiso para opinar, pero hubo momentos en que esta pionera en la lucha por el voto de la mujer en México —instituido en 1952 por el entonces presidente Adolfo Ruiz Cortínez— se dejó llevar por la nostalgia y evocó algunos recuerdos.

De la debacle priista prefirió guardar silencio, mientras un áspero rictus se dibujaba en su rostro barbechado de arrugas.

Y es que el término “debacle” ya está en el chip de priistas, acostumbrados al llamado “carro completo”; ahora, por lo pronto, lanzan el reto para levantarse, y en su retórica incluyen juegos de palabras.

“El 2018 será recordado en la historia del PRI de una de dos maneras: como el año de la gran debacle o como el año que iniciamos nuestra gran reforma”, dijo Claudia Ruiz Massieu, al tomar protesta como presidenta del Comité Ejecutivo Nacional del partido.

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El domicilio del PRI abarca una extensa cuadra en la colonia Buenavista. La entrada principal está en el número 59 de avenida de los Insurgentes. Todo el conjunto, con cuatro edificios, un estacionamiento amplio, dos explanadas y un pasillo arbolado, está entre las calles Luis Donaldo Colosio, Héroes Ferrocarrileros y Jesús García.

Una de las edificaciones más viejas, frente a la entrada principal, lleva el nombre de Lázaro Cárdenas; hace años estuvo hipotecada; ahora permanece apuntalada. Del lado derecho se alza una estatua de Benito Juárez. Junto a ella florece una planta de bugambilia. También se alza una monumental estatua con la figura del general Plutarco Elías Calles. La ruta continúa.

Con el tiempo creció el número de bustos esculpidos en bronce, como una forma de homenajear a renombrados hombres y mujeres del partido; dos ejemplos son los de Luis Donaldo Colosio (1950-1994), con su famosa frase de “Yo veo un México con hambre y sed de justicia”, y Francisco Ruiz Massieu (1946-1994), asesinados hace 24 años.

Sobre el mismo sendero están los de Griselda Álvarez Ponce de León (1913-2009), maestra y escritora
—gobernó el estado de Colima—, con la frase “El poder no me hizo daño”; de Hilda Josefina Amalia Anderson Narváez, (1939-2011), conocida como Hilda Anderson; de Margarita García Flores (1925-2009), y de María Lavalle Urbina (1908-1996): “nos dan sitio, pero no nos dan nuestro lugar”.

En esa franja está el edificio “Luis Donaldo Colosio” —paralelo a la calle que lleva su nombre—, junto al auditorio “Plutarco Elías Calles”, donde sesiona el Consejo Político Nacional; enfrente, el estacionamiento, donde candidatos pronunciaban encendidos discursos ante seguidores, para después caminar, victoriosos, hacia el edificio principal, “Adolfo López Mateos”, luego de pasar frente a la rehabilitada explanada, que en 2017 inauguraron como “Gustavo Carvajal Moreno” (1940-2017), uno de los dirigentes del tricolor.

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Alicia G. Sánchez, nieta del general Heriberto Jara Corona (1879-1968), es autora de varios libros, la mayoría para niños. En su juventud estudió la preparatoria nocturna. “Tenía necesidad de trabajar”, dice la anciana, quien laboró en Ferrocarriles Nacionales de México.

“Estos terrenos fueron de Ferrocarriles y los quiso la mamá de Miguel Alemán”, recuerda esta mujer, en la antesala de su oficina, ubicada en la planta baja del edificio Adolfo López Mateos.

En los 50, el PRI estaba en la esquina de San Cosme y avenida de los Insurgentes, donde ahora se alza un restaurante Toks. “Siendo líder del partido, el general Gabriel Leyva Velázquez, de Sinaloa, y presidente de la República don Adolfo Ruiz Cortínez” —agrega doña Alicia—, “Margarita García Flores y yo empezamos a promover el voto de las mujeres”.

La licenciada en Trabajo Social, amable y festiva, y de carácter recio cuando es necesario, dice que estudió en la escuela secundaria número 2, en San Cosme, cerca del entonces domicilio del partido.

Ella y García Flores viajaron por toda la República para anunciar de que las mujeres también tendrían derecho al voto, mismo que en octubre de 1953 fue aprobado en la Cámara de Diputados.

—¿Y cómo promovían el voto?

—Viajábamos en camiones polleros y en ferrocarril —rememora y ríe Sánchez Jara, orgullosa de sus apellidos, sobre todo del segundo, pues sabe que forma parte de la historia.

—¿Y después?

—Y después —vuelve a sonreír— fuimos las consentidas del presidente más lindo de México: Adolfo López Mateos.

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