Tripas sin cabezas

Semáforo.
Semáforo.
Semáforo. (Cuartoscuro)

Ciudad de México

“Las democracias carecen de viabilidad si sus ciudadanos no las comprenden” —dijo Giovanni Sartori. Comprender, en política, no es solo un proceso racional. Una democracia puede reventar por el desprecio mutuo entre el ciudadano y las clases políticas, o por la ira que levanta el atropello de la justicia.

Insisten los politólogos: la mecánica de la representación política ha llegado a su fin. Peter Mair (Ruling the void, 2013; o en YouTube: “At CEU, political party expert Peter Mair talks governance and party politics”) afirma que “la era de la democracia de partidos ya pasó”. Ve una diferencia fundamental: el análisis político ha tenido siempre como constante el poder representativo y sus gobiernos, mientras que la participación ciudadana se percibe como variable. ¿Qué pasa si tomamos como constante a la población civil, con todas sus taras y miserias, y como variables a las estructuras gubernamentales salidas de los procesos electorales? La ignorancia democrática se invierte: las democracias carecen de viabilidad si la clase política no representa a sus ciudadanos. Y el dilema se vuelve nudo: la representación parece a la vez indispensable e imposible.

Vivimos inmersos en un gran cambio de mentalidad. Las democracias, a lo largo de la historia moderna, han seguido una estructura vertical; una vez que el fenómeno de la representación se ha ejercido en las urnas, la política regresa al eje de un poder que se verifica de arriba a abajo. Un eje de pensamiento que copia el sentido teológico de los monoteísmos y lo reproduce; que obtiene su sentido de una narración y una representación mental en el orden jerárquico.

Esa verticalidad en la mecánica del poder (y de las riquezas, en el caso del capitalismo taylorista) ha hecho crisis en las sociedades contemporáneas; en México ha despertado y dado voz a una insurgencia polimorfa y ubicua, que carece por completo de ideas, pero no de motivos. Es una rabia extendida contra una estolidez vertical que, a su vez, también carece de ideas. Son dos mecánicas: una, la verticalidad imperdonable e inconmovible (con sus tres taras: corrupta, lenta, incapaz), la otra, una horizontalidad implacable, movida por rabia y resentimientos. Tripas sin cabezas.

Hay muchas democracias en el mundo y solo hay un dato común en todas ellas: sus ciudadanos consideran que las clases políticas y los partidos están tomados por la corrupción y han perdido toda capacidad de representarlos. La confianza de la ciudadanía en sus representantes ya no es reparable. La sospecha no solo ahoga al gobernante; también moja al periodista, que se halla ante el conflicto de parecer vocero de los corruptos cuando extiende la voz de las clases políticas. Hace 40 años no había modo de hablar del Presidente sin mostrar algún ripio de respeto. Ahora es lo contrario: el periodista que elogie una decisión del poder tendrá que sobrellevar el descrédito: lacayo, lambiscón, corrupto. ¿De dónde puede surgir el diálogo que haga posible una sociedad política? La ciudadanía común y sus redes de comunicación tienen en las manos, por vez primera en la historia de este país, la responsabilidad de que el diálogo sea crítico y veraz.