• Regístrate
Estás leyendo: Corrupción y caída de la izquierda en AL
Comparte esta noticia
Sábado , 22.09.2018 / 17:49 Hoy

Corrupción y caída de la izquierda en AL

Lo mejor que le pudo suceder a la región recientemente ha sido la protesta anticorrupción.

1 / 2
Publicidad
Publicidad

La izquierda latinoamericana ha tenido unos últimos meses espantosos. En Argentina, Venezuela y Bolivia fue derrotada en tres elecciones, cada una de naturaleza diferente, pero decisiva; un referendo previsto para permitir la reelección en Ecuador no se perdió solo porque fue cancelado. En Brasil y en Chile, los escándalos de corrupción estrechan el círculo alrededor de líderes anteriormente respetados o incluso venerados como Michelle Bachelet, Lula y Dilma Rousseff. Los escándalos se extienden hacia Perú, Nicaragua y El Salvador. ¿Será que la llamada “marea rosa” alcanzó ya su cúspide y comenzó a retroceder? Y de ser así, ¿por qué? ¿Qué lecciones debe aprender la izquierda latinoamericana de su paulatina pérdida de poder?

En Argentina, el año pasado, la ex presidenta Cristina Fernández y sus partidarios de izquierda peronista abandonaron la presidencia, tras haber permanecido en la Casa Rosada desde 2003. En Venezuela, Nicolás Maduro y su coalición chavista fueron despojados de su abrumadora mayoría en el Congreso en diciembre; la oposición obtuvo más de dos tercios de los escaños en disputa. En Bolivia, el presidente Evo Morales convocó a un referendo anticipado para permitir su cuarta reelección en 2020; fracasó. Rafael Correa en Ecuador reculó ante un intento similar, y decidió retrasar su tercera reelección hasta después de desocupar la primera magistratura por un período. Todos estos resultados fueron inesperados.

El caso de corrupción Lavo Jato vinculado a la paraestatal petrolera Petrobras, que ha provocado una de los crisis políticas más agudas en la historia moderna del Brasil, se ha expandido desde funcionarios de alto nivel en la empresa, el gobierno federal y el Congreso, hasta la familia y el mismo ex presidente Lula. En días recientes, la propia Rousseff se ha visto involucrada, como resultado de las confesiones del consultor político brasileño João Santana. Dirigió las campañas de Lula y de Rousseff de 2002 a 2014, y también participó activamente en comicios ganados por candidatos de izquierda en El Salvador y Perú. La imputación penal de Lula y la destitución parlamentaria de Rousseff se antojan cada vez más probables.

Para entender la caída de la izquierda, conviene revisar algunos hechos. Desde la elección de Hugo Chávez en Venezuela en 1998, partidos, movimientos y líderes de izquierda, moderada o de línea dura, han gobernado un gran número de países de América Latina, con éxito en la mayoría de los casos. La marea se extendió a Chile a principios de 2000, luego a Brasil en 2002, Argentina en 2003, y de ahí a Ecuador, Bolivia, Nicaragua, El Salvador y Uruguay. En casi todos estos ejemplos, cada uno de los representantes de la izquierda fue reelecto; cuando declinaron contender nuevamente, o se les prohibió hacerlo, o fallecieron, sus herederos ganaron con facilidad. Salvo en Venezuela y, en menor medida Argentina, estos gobiernos —incluso los más retóricamente radicales, como Morales en Bolivia— cuidaron las finanzas públicas, redujeron la pobreza y la desigualdad, y con la excepción de Ecuador y Bolivia, evitaron el autoritarismo y mantuvieron buenas relaciones con Washington. Fueron sensatos.

Y suertudos. De 2003 a 2012, América Latina disfrutó de una de las bonanzas de productos básicos más importantes de su historia reciente. La insaciable demanda china por todas las materias primas y productos agrícolas del mundo trajo un alza espectacular de precios de exportación y de inversión extranjera directa en minería, tierra e infraestructura. El petróleo en Venezuela, Ecuador, Brasil y Colombia; el gas natural en Bolivia; el cobre en Chile y Perú; el mineral de hierro en Brasil; la soya en Brasil, Argentina, Bolivia, Uruguay y Paraguay; el carbón y el café en Colombia: prácticamente cada nación de América del Sur se benefició inmensamente de esta bonanza (México, el Caribe y América Central vivieron una historia diferente).

En algunos casos, el Estado recibió grandes sumas de dinero directamente, permitiéndole gastar en programas sociales masivos, a menudo bien diseñados y asequibles. En otros, la imposición de impuestos extraordinarios a la exportación, la nacionalización de recursos naturales, o un sistema fiscal eficiente, entregaron enormes ganancias inesperadas al gobierno. Estas sumas tuvieron otra consecuencia: hicieron posible la perpetuación en el poder mediante nuevas formas de populismo electoral. Así, Chávez en Venezuela dispuso de casi un billón de dólares provenientes de la venta petrolera de 1999, hasta su muerte. Su uso discrecional en un país de 30 millones de habitantes explica en parte las recurrentes victorias chavistas.

Como sucedió con booms anteriores, nadie guardó algo para los inevitables años de vacas flacas. Al caer los precios resultó que, con la excepción de Chile, no existían realmente nuevos fondos soberanos o siquiera clásicos instrumentos contra-cíclicos. País tras país vio desplomarse sus tasas de crecimiento; se contrajo el gasto público, y el descontento social se incrementó. Esto se reflejó en las elecciones: la población castigó a los salientes; como la mayoría procedía de la izquierda, la izquierda perdió.

Si bien las recientes derrotas y muchos de los escándalos provienen de esta realidad económica fundamental, también surge del error más grande cometido por la izquierda durante sus 15 años en el poder. Sistemáticamente subestimó la corrupción, rechazando su propia propensión a involucrarse en ella, e ignorando la creciente intolerancia de la sociedad hacia ella. Cuando por fin le prestó atención a la peste de pestes de América Latina, era demasiado tarde. Resultó que la izquierda se hallaba tan profundamente imbuida de las tradicionales prácticas y los viejos vicios de la corrupción latinoamericana, al igual que sus predecesores conservadores, civiles o militares, electos o impuestos. El escarnio debido a la inocencia (en los dos sentidos) alcanzó hasta personajes entrañables como Carlos Ominami en Chile.

Los actuales escándalos de corrupción también han envuelto a gobiernos que no son de izquierda. En Guatemala, el presidente y vicepresidente de centro-derecha fueron desaforados y condenados; la administración priista en México se ha visto sacudida por diversas acusaciones de corrupción y conflicto de interés desde 2014. Pero como muchos regímenes de la región provienen de la izquierda, ésta pasa los platos rotos. Su insensibilidad ante el rechazo popular a la corrupción, quedó de manifiesto en las tres elecciones citadas. En Argentina, Venezuela y Bolivia, sospechas de excesos y abusos dañaron a representantes de la izquierda. La fortuna hotelera en el sur de Argentina de Cristina Fernández, el fabuloso enriquecimiento de la boliburguesía en Caracas, y los contratos con agencias gubernamentales de la ex novia de Evo Morales provocaron graves estragos a sus respectivas causas.

La izquierda seguirá perdiendo elecciones en América Latina. Pero algún día volverá a ganar: la democracia en la región está lo suficientemente consolidada para impedir que la alternancia se acabe. Cuando vuelva, la izquierda actualizada del mañana deberá aprender dos lecciones de estos años de vacas gordas.

Ahorrar dinero para los tiempos difíciles no es solo un precepto bíblico: es una buena receta para una sólida política macroeconómica. Cuando llegue la siguiente bonanza, y la izquierda se monte en ella para llegar al poder, debe guardar provisiones para el futuro, no solo apostar al presente. Algo se hizo durante el primer mandato de Michelle Bachelet en Chile, por ejemplo. Esos esfuerzos deben ampliarse, partiendo de una simple premisa: la izquierda sufrió las consecuencias de su propio éxito. La nueva clase media emergente de la región aplaudió los programas sociales que emanaron de la bonanza, así como la nueva infraestructura, los avances en materia de educación y salud, y en general la modernización que suele acompañar a una prosperidad relativa. Pero esa misma clase media repudió el retroceso en estos ámbitos, por justificados o inevitables que hayan sido. La clave consiste en sostener el crecimiento, por lo menos en parte, y mantener esos programas, en la medida de los posible, cuando los precios se hunden. El camino para lograrlo no es soñar con economías más diversificadas —nunca ha ocurrido en América Latina—, sino administrar economías de commodities de manera más sabia y presciente. Y, desde luego, administrar los dólares y euros de los años malos de forma transparente, y responsable.

Esto nos lleva a la segunda enseñanza. La izquierda latinoamericana debe recordar que nadie es ajeno a la corrupción en América Latina, y que ésta enfurece a todos. Creer con sinceridad o pretender con incredulidad que la izquierda es congénitamente honesta solo porque se trata de la izquierda, y que por ello no debe tomar precauciones cautelares, es una locura. Que muchos líderes de izquierda procedan de orígenes humildes y que nunca hayan robado un centavo o sobornado a alguien o firmado contratos en beneficio propio desde la oposición, carece de significado. En casi todos los casos, los militantes de izquierda de antaño no podían comportarse de otro modo: las élites les negaron acceso a los presupuestos, recursos y beneficios.

La falta de rendición de cuentas, la cultura de la ilegalidad, la debilidad de las instituciones y de la sociedad civil, en pocas palabras, las razones de la omnipresencia de la corrupción en casi todos los países de América Latina, afecta a la derecha, a la izquierda, y a todos. No había razón para esperar que si los políticos venezolanos del viejo Pacto de Punto Fijo se involucraron en increíbles prácticas corruptas, la nueva boliburguesía no lo hiciera; que si los funcionarios brasileños, miembros del Congreso, jueces y empresarios de la derecha y de centro aceptaron sobornos y realizaron pagos ilegales, los otrora líderes sindicalistas del Partido de los Trabajadores no lo hicieran.

Pero la corrupción perpetrada por la izquierda enfureció más a la gente. Prometió y logró mejores servicios públicos, para luego verlos declinar debido a la mala administración y el cohecho. Ayudó a los pobres, pero enseguida malgastar los fondos destinados a la tarea. Propuso una actitud diferente en el gobierno, para después ser denunciada por sus enemigos, como era previsible.

Lo mejor que le pudo suceder a América Latina en tiempos recientes ha sido la protesta contra la corrupción. Cuando vuelva al poder, la izquierda debe abrazar esta bandera, en vez de ignorarla.

Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.