Un coreógrafo maya en La Gran Manzana

Javier Dzul es uno de los tantos millones de migrantes extraordinarios que viven en EU, esos que Donald Trump no alcanza a ver.

Cuando Javier aterrizó en Nueva York, las luces de Broadway, el ruido de Manhattan y los cláxones de los autos embotellados lo tenían abrumado.

No entendía la civilización. Su escaso español y su nulo inglés lo dejaron aislado —rodeado de gente— en la capital del mundo. Fue entonces que a sus 19 años se quedó un año sin hablar.

¿Por qué se quedó tanto tiempo callado? Simplemente porque estaba asombrado, observando, estudiando y reconociendo un mundo ajeno. La gente pensaba que era mudo, que no entendía o que tenía problemas en la cabeza, pero Javier simplemente no tenía con quién hablar en maya.

Ese hombre alto y fuerte cuenta que creció los primeros 16 años de su vida en la selva de Edzná, en Campeche, pensando que era un dios, un ser especial y un animal. Su primer impacto, dice, fue que en la civilización todos somos iguales y nos tratamos sin respeto.

Javier es un hombre educado para sobrevivir a la selva, saber cazar y dormir en un árbol para evitar a los animales salvajes, pero no para lidiar con la masificación, el tráfico, los semáforos, la tecnología, las marcas, la moda, los grandes egos y el espectáculo.

Para Wayol Kikin Bi Kukul Balan Dzul la danza es parte de un ritual, es una forma de mover el cuerpo para adquirir poder y conocimiento. Así fue como salió de la selva. Una persona lo miró bailar una danza ritual y les dijo a sus padres que era tiempo para que lo llevaran a la civilización e ingresara a una escuela de danza. Los convenció.

A los 16 años no tenía papeles y los necesitaba para inscribirse en la escuela. Su padre lo llevó al registro civil en Campeche, pero él tampoco tenía un acta de nacimiento para poder obtener el documento de su hijo. Ese mismo día padre e hijo se registraron.

Javier Dzul es el nombre que eligió para ambos después de que el encargado le dijera que no podía llamar a su hijo Wayol Kikin Bi Kukul Balan Dzul, que en maya significa “hijo de la luna y los espíritus protectores de la serpiente y el jaguar”.

—Tiene que ser un nombre cristiano —le dijo el hombre al señor Canek Dzul Cocoom.

—¿Entonces cuál? —preguntó en su atropellado español y el burócrata comenzó a enumerar los nombres que se le venían a la mente: Matías, Gabriel, Luis, José, Juan, Javier, Francisco...

Así nació oficialmente Javier Dzul, un hombre que salió de la selva para migrar a Estados Unidos y convertirse en un exitoso coreógrafo de Broadway que combina la danza y el arte circense.

Primero fue a la escuela de danza de la Universidad Veracruzana en Xalapa, Veracruz, donde además tuvo que empezar a estudiar desde español hasta matemáticas, a las que nunca se había enfrentado.

Después obtuvo una beca en el Ballet Nacional de Cuba, donde aprendió a sofisticar sus movimientos, a armonizarlos con la técnica de la danza clásica, que en nada se parece a sus danzas rituales.

Un año después regresó a su alma máter y se encontró con que la compañía de Martha Graham, una destacada bailarina y coreógrafa estadunidense, estaba dando un curso ahí. Inmediatamente se anotó y ese día dio el primer paso hacia su destino.

Le dieron una beca para ir a estudiar a Nueva York y desde entonces ahí se quedó a vivir. Ha pasado por todos los estatus migratorios, primero tuvo una visa de estudiante, después un tiempo fue indocumentado y ahora tiene una visa de residente permanente por haberse casado con una estadunidense.

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Es lunes después de la primera nevada del año en Nueva York y Javier está preparando su siguiente montaje. Se acerca la hora del ensayo, sale de casa abrigado cual oso y se dirige al número 890 de la calle Broadway para encontrarse con algunos de los bailarines de su compañía Dzul Dance, creada hace 12 años y que ha hecho giras internacionales, incluido México.

El pequeño salón donde ensayan huele a humano. El sudor del baile empaña las ventanas que sirven de escudo para mitigar los menos 4 grados centígrados de temperatura que hay en la intemperie.

Suena la música, se escuchan los tambores, Javier se cruza de brazos, da las últimas indicaciones y los artistas inician la transformación... dejan de ser uno más para convertirse en seres especiales, dioses sin nacionalidad ni estatus migratorio.

Javier ya no está en la selva, pero ahora siente que otros peligros acechan. Hoy, dice, son tiempos difíciles porque una persona que dentro de unos días será el presidente 45 de los Estados Unidos, Donald Trump, se atreve a decirnos en nuestra cara lo que muchos piensan.

“Tengo muchos años viviendo en Estados Unidos y son años en los que he vivido racismo; he vivido la diferencia de ser mexicano, he vivido la diferencia de no hablar el idioma. Muchas personas te tratan de esa manera, pero no tienen el valor de decir no me gustas porque eres mexicano, pienso que no estás a mi nivel”, expresa.

La mañana que Javier me compartió su historia le pregunté: qué le diría a Donald Trump si pudiera darle un mensaje. Javier elevó sus ojos como buscando una respuesta que hiciera entrar a ese hombre en razón. Después de un silencio contestó que lo único que se le ocurría es que le gustaría que lo viera bailar.

La solución para Javier Dzul siempre ha sido bailar, así se le abrieron las puertas del mundo. Inhala y exhala, despeja su mente, prepara sus músculos, se olvida de todo, se transporta a la selva de su niñez.

Se esconde en un escenario oscuro, juega a desaparecer entre las sombras y mostrarse ante el halo de luz. Cientos de personas lo observan atentos a los movimientos. Escala una tela, siente que juega entre la tierra y el inframundo de los dioses, desciende como una estrella para seguir bailando y entonces nadie vuelve a discriminarlo por su origen.

No importa que ahora camine por las calles de Nueva York rodeado de extraños, él sigue siendo un ser especial, un dios sin fronteras...