El conquistador del "sueño americano"

A los 18 años Jaime Lucero migró a EU, donde trabajó de lavaplatos y tiempo después fundó Golden and Silver, dedicada a la distribución de ropa femenina.

Nueva York

A Jaime Lucero nadie lo detiene. Ni el asesinato de su padre, ni los oficiales de migración, ni las redadas antimigrantes, ni el frío extremo de Nueva York. Es un hombre disciplinado, perseverante y con visión.

Lo describiría como un conquistador, pero no como un galán de telenovela que va coleccionando corazones ni como el conquistador de cuerpo atlético que va tomando naciones. No.

Jaime Lucero es un hombre de tez morena, bajito, que habla pausado, pero que conquistó el sueño americano, amasó una fortuna, pero aún no está conforme. A pesar de que su empresa Golden and Silver es una de las tres más importantes en el ramo de distribución de ropa de mujer, él no se piensa como una persona exitosa.

Cuando tenía seis años Jaime Lucero migró por primera vez para huir de la inseguridad después del asesinato de su padre en un asalto para robarle ganado y dinero. Entonces dejó la sierra de Puebla y junto con su madre se mudó a la Ciudad de México.

Años más tarde, al cumplir la mayoría de edad, migró a Estados Unidos. El 15 de septiembre de 1975 ya estaba en Ciudad Juárez, listo para su nueva vida. Recuerda que había festejos por el Día de la Independencia en ambos lados de la frontera. Él no tenía tiempo para fiestas: tomó sus cosas y se lanzó al río para llegar a El Paso, Texas. Siguió su camino hasta Nueva York, donde ya lo esperaba su hermano mayor.

A los dos días de haber llegado consiguió trabajo de lavaplatos en un restaurante de pescados y mariscos en Queens, en las inmediaciones de Manhattan, donde se concentran comunidades de hispanos y afroamericanos.

Odiaba los desperdicios de comida en los platos, la grasa pegada, el jabón y el agua. Se le hinchaban las manos, pero creía que ese trabajo era un reto para forjar su carácter.

Al mismo tiempo, algo lo inquietaba: sentía miedo de que migración llegara un día. Y la pesadilla se hizo realidad: en 1978 unos oficiales llegaron al restaurante Poseidón. La redada arrasó con los sueños de todos los empleados que no tenían papeles. Deportaron al señor Lucero, pero como era de esperarse, volvió y siguió trabajando. Ahí se quedó seis años, pero no se estuvo quieto. En ese tiempo siguió escalando posiciones hasta convertirse en encargado de compras.

Tenía un buen sueldo, comodidad, pero se cuestionaba:

—¿Vine a trabajar en un restaurante? ¿A eso vine después de dejar todo en México?

Estaba inconforme, pensando cómo emprender su propio negocio. Mientras tanto se dedicaba a estudiar inglés cuando salía del trabajo. Un día se le ocurrió pedirle a su jefe que le vendiera el camión viejo con el que hacían las compras. El dueño se lo vendió a plazos.

Empezó a buscar sus primeros clientes, se empleó como chofer independiente y hacía los trabajos que otras personas no querían hacer: los fletes de rollos de tela en medio del invierno cuando la calefacción del camión no servía, o aquellas fallas mecánicas que lo dejaban varado en medio de alguna carretera bajo pertinaces nevadas.

Él sentía ganas de llorar, pero no se vencía y seguía haciendo su trabajo. Se fue corriendo la voz de su buena actitud y formalidad, por lo que los clientes se multiplicaron. Tan bien le iba que se vio en la necesidad de tener más camiones, de contratar a otros migrantes como él, y así empezó la expansión de su empresa de transporte de mercancía.

Pero esa industria entró en crisis y el señor Lucero tuvo que emprender nuevos negocios. El conquistador se fijó otra meta, y aunque era un indocumentado que apenas tenía estudios de secundaria y que hablaba poco inglés, fundó una compañía a la que llamó Golden and Silver.

Hoy la empresa distribuye ropa de mujer en 8 mil puntos de venta en Estados Unidos. El señor Lucero es proveedor de tiendas de lujo como… Bloomingdale’s y Saks Fifth Avenue.

“De verdad podemos hacer lo que nosotros nos decidamos a luchar. Tenemos que siempre creer en nosotros”, dice convencido en su oficina de Nueva Jersey, donde tiene guardados algunos reconocimientos que le han dado por su labor como empresario y filántropo.

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Son los primeros días de 2017 y los empleados del señor Lucero cruzan un pasillo ante inmensas imágenes de la virgen de Guadalupe colocadas ahí. Se persignan y se dirigen hacia el reloj checador para marcar su hora de salida. En su camino se topan con el señor Lucero y lo saludan efusivamente. La escena se repite una y otra vez. El señor Lucero los abraza y uno a otro se desean que este sea un buen año. Los abrazos parecen sinceros y no formalismos con el jefe.

“Todos los días de verdad yo quiero pensar que me voy a dormir que hice lo mejor, que no le hice daño a nadie, que voy a defender mis ideas, que voy a defender a los míos”.

Ahora tiene un plan para defender y empoderar económica y políticamente a los suyos, a la comunidad mexicana que vive en Nueva York. Apoya con becas a los estudiantes indocumentados para que puedan estudiar su universidad. Los jóvenes sin documentos tienen más dificultad para pagar la matrícula, porque deben hacerlo como extranjeros.

El señor Lucero quiere que estos jóvenes sean los siguientes líderes sociales y que algunos de ellos ocupen cargos políticos desde donde puedan defender los intereses de los mexicanos. A cada becario se le piden 200 horas de trabajo voluntario que consisten en ir hacia las comunidades de mexicanos a ayudar.

A partir del 6 de mayo de 2016 el Instituto de Estudios Mexicanos de la Universidad de Nueva York cambió su nombre a Instituto de Estudios Mexicanos Jaime Lucero, por el apoyo que otorga el empresario poblano, que ya es ciudadano estadunidense, porque en 1986 aprovechó la amnistía que el entonces presidente Ronald Reagan dio a migrantes indocumentados.

En 40 años en Estados Unidos, Jaime Lucero pasó de lavaplatos a gran empresario, ha dado empleo a cientos de personas, ha becado a 100 estudiantes, inauguró su propio restaurante de comida mexicana y fundó Casa Puebla para promover la cultura de nuestro país. Y dice sin arrogancia  que le queda mucho por conquistar.