La lenta pero inexorable muerte del café

La crisis no es nueva y tiene tiempo en gestación, aunque se hizo evidente a ojos del gobierno federal hasta que la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa —y las subsecuentes protestas— ...
Algunas plantas datan de la época del Porfiriato.
Algunas plantas datan de la época del Porfiriato. (Héctor Téllez)

Guerrero

El café de Guerrero vive una paradoja: estimula, pero nomás no levanta. La industria cafetalera del estado recién cumplió 20 años sumida en una profunda crisis que ha dejado a miles de productores atrapados en la miseria. Para los 14 municipios cafeteros de la entidad, la devastación económica hace mucho que dejó de ser un asunto excepcional. Se ha vuelto costumbre.

Hoy el cultivo del café en Guerrero está moribundo. Experimenta las secuelas de años de mala planeación, neoliberalismo, plagas y feroz competencia internacional que han diezmado la producción local, hasta volverla casi nimia. En 2014 se tuvo la peor cosecha en 30 años, según admite el Consejo Estatal del Café. Desde 2000, el rendimiento de los campos cafeteros se ha colapsado 60 por ciento y, de continuar las tendencias, en no más de 3 años Nayarit e Hidalgo rebasarán al estado como productores, arrebatándole aún mayores cuotas de mercado de las que ya ha perdido.

"En 1993 produjimos 380 mil quintales y el año pasado no llegamos ni a 65 mil", lamenta Erasto Cano, coordinador del consejo. "De las 42 mil hectáreas que tenemos registradas de cafetales, 12 mil 600 han sido abandonadas y 73 por ciento de nuestras plantas son muy viejas, algunas con más de 100 años. Lo que hay es una decadencia en nuestra producción".

Cano no lo duda: "Se nos fue el café. Lo perdimos. Ahora tenemos que ver cómo lo recuperamos".

Mientras Chiapas, Veracruz y Oaxaca experimentan despegues casi verticales en su producción y han logrado tecnificar sus procesos, los guerrerenses se mantienen atrapados en el tiempo.

A saber: la producción del año pasado fue prácticamente la misma que en 1980 y el número de hectáreas dedicadas al cultivo no ha dejado de descender desde 1995. En consecuencia, miles de parcelas han sido abandonadas al no ser económicamente viables. Han sido reclamadas por el bosque o, peor aún, el narcotráfico.

Por si fuera poco, la productividad también se ha desplomado: de 1.7 toneladas de café ciruela producidas por hectárea en 1995, se pasó a 0.8 en 2013, de acuerdo con la Secretaría de Agricultura y Pesca (Sagarpa). Desde 2011, la dependencia ya advertía que Guerrero había dado un salto tecnológico en su producción cafetera, pero hacia atrás, al reducirse la superficie cultivada de forma especializada para volver a sistemas rústicos. Es decir, del siglo XIX.

Pero si en un punto se siente de forma más dramática el colapso cafetero es en los bolsillos de los productores, muchos de los cuales subsisten apenas por encima de la línea de pobreza. El café ya no es lo que era y un tsunami económico barrió con las zonas productoras de La Montaña y la Costa Grande: de 65 millones de dólares que generó su venta en 1995, se pasó a 14 millones el año pasado.

La lenta pero inexorable muerte del café como modo de vida ha tenido efectos tan devastadores en el estado que la administración de Enrique Peña Nieto incluyó el urgente rescate de la industria cafetera dentro de su Plan Nuevo Guerrero una serie de medidas anunciadas en diciembre pasado para tratar de encarar el grave deterioro social por el que atraviesa la entidad. La crisis no es nueva y tiene tiempo en gestación, pero se hizo evidente a ojos del gobierno federal hasta que la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa —y las subsecuentes protestas— atrajeron su atención a territorio guerrerense.

Como un golpe de adrenalina, ahora se ve en la industria cafetera un estimulante con el potencial de relanzar la anémica actividad económica del estado, donde el crecimiento del producto interno bruto estatal se ha mantenido estancado por una generación. El café es, a final de cuentas, la segunda mercancía más valiosa del mundo, solo por detrás del petróleo. Genera 20 mil millones de dólares al año y se consume en prácticamente todo el planeta.

Con la esperanza de que al menos una parte de ese caudal de divisas pueda terminar en Guerrero, las secretarías de Desarrollo Social y Agricultura lanzaron el 4 diciembre pasado un programa para asistir a los pequeños productores de café del estado. Los trabajos ya comenzaron: miles de semillas de café arabica y mondo novo han sido llevadas a la entidad para, eventualmente, reemplazar a los cafetos que tengan más de 40 años. Los Fideicomisos Instituidos en Relación con la Agricultura (FIRA) enviarán, también, a grupos de asesores especializados para elevar la productividad y renovar cafetales tan viejos que hay algunos que datan del porfiriato.

Pero ante el tamaño del reto, el presupuesto asignado al programa parece insuficiente: 11.6 millones de pesos.

De forma idónea el café puede generar divisas y quizá estabilizar algunas partes de la entidad, pero la realidad es que por ahora y desde hace tiempo los guerrerenses están desconectados de los mercados internacionales. Es un aislamiento aún más notorio cuando se les compara con los productores chiapanecos, cuyas grandes plantaciones de café de altura son más competitivas que las microempresas de la sierra de Guerrero, fragmentadas por una geografía accidentada que no les ha permitido generar economías de escala. La diferencia es más que evidente: los cafeteros de Chiapas ya distribuyen 10 millones de tazas de café al año en Starbucks y han comenzado a crear marcas de alta valía, destinadas a mercados como Estados Unidos o Europa. Los de Guerrero apenas negociaron la venta de algunos quintales a Nestlé este año. De exportar, no hay ni proyectos.

II

En términos duros, el reflejo de esta prolongada crisis y falta de recursos se evidencia en las estadísticas de desnutrición, pobreza y migración. En Guerrero, el mapa del café coincide con el de la miseria y la violencia. Los 14 municipios cafeteros del estado, de acuerdo con una investigación de MILENIO, experimentan tasas elevadas de todos los indicadores negativos posibles: producción de amapola, desempleo, subempleo, marginación...

Por ejemplo, en los municipios cafeteros ahora abunda el rayado de la flor de amapola. De acuerdo con la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena), en el lapso de una generación, muchos habitantes de estas municipalidades dedicadas al café optaron por dedicarse a la más rentable narcoagricultura, acicateados por el mercado y la economía.

Y es que las estadísticas de producción cafetera y de amapola van en sentido contrario: una hacia abajo, la otra hacia arriba. Datos militares obtenidos vía transparencia detallan que 8 mil 400 hectáreas de plantíos de amapola han sido erradicadas, justo en los municipios cafeteros, desde 2006.

Como ejemplo de qué tanto se ha extendido la amapola en lugar de cafetos se puede citar el caso de Atoyac. Ya no solo es el primer productor de café en Guerrero. También lo es de amapola.

Desde 2006, el Ejército reporta haber erradicado mil 271 hectáreas de adormidera en ese municipio. Eso equivale a 77 por ciento de su extensión. O por explicarlo de otra forma: en 8 de cada 10 kilómetros se han encontrado sembradíos de droga. El caso es aún más absurdo en Ayutla. En su territorio, que no rebasa los 735 kilómetros cuadrados, han sido fumigados plantíos que equivalen a 977 kilómetros. Es decir, ya se fumigó todo el municipio una vez y media.

Por otro lado están las cifras de pobreza. Medidos a lo largo de 25 años por la Secretaría de Desarrollo Social y el Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (Inegi), una serie de indicadores dan una idea del tamaño de la destrucción económica que han padecido las zonas productoras de café. De 14 municipios cafeteros, 14 fueron incluidos en la cruzada contra el hambre; tres reportan pobreza alimentaria más elevada que en 1990 y seis sufren mayor pobreza por capacidades que ese año.

Peor aún es lo que toca a pobreza por patrimonio. Nueve municipios cafeteros están hoy sustancialmente peor que a inicios del sexenio de Carlos Salinas de Gortari. Cuatro han perdido población, porque sus habitantes han sido expulsados económicamente. Dos municipalidades —Metlatónoc y José Joaquín Herrera— son consideradas con niveles de pobreza similar a los de una nación africana.

III

Con la idea de al menos paliar el declive, el gobierno de Guerrero quiere incrementar la producción de café: miles de retoños de cafetos están siendo preparados en tres viveros tecnificados que han sido construidos con fondos federales. No es una solución inmediata, sin embargo. Tardarán al menos dos años en madurar lo suficiente para ser trasplantados.

En medio de la devastación, en Tlapa aún sobrevive una de las últimas cooperativas indígenas cafeteras, la unión de ejidos y comunidades Luz de la Montaña. Sobrevive porque nunca se plegó a proyectos gubernamentales y logró establecer sus propios canales de distribución con Nestlé, pero los últimos han sido años complicados. Como todos los productores de café, ha sido golpeada por la inseguridad, la violencia y la competencia con los narcotraficantes.

"El café era todo. Nos daba para vivir. Era la fuente de ingreso familiar. Pero al no encontrar un buen precio muchas familias comenzaron a tener la necesidad de asaltar o secuestrar o irse a los plantíos (de amapola)", dice Josefino Oropeza, secretario de la cooperativa.

En la memoria de los cafeteros mep'haa queda claro qué fue lo que pasó. En 1994 la industria se fue al carajo, en donde aún sigue. Desde ese año, los campesinos locales no han logrado recuperarse de una tormenta perfecta de desatención gubernamental, mala fortuna, desastres naturales y agresiva competencia internacional por parte de sus contrapartes campesinas de Vietnam y Brasil, los nông dân y los camponês. Esas plantaciones, las de las montañas en terraza vietnamitas y los enormes campos brasileños, sí se modernizaron con base en un modelo estatista que, a la postre, les ha llevado a dominar el mercado.

Los cafeteros guerrerenses no tuvieron esa protección estatal, y se nota. Son herederos de años de política neoliberal que han dejado profunda huella. El Instituto Mexicano del Café, que por décadas garantizó precios justos a los productores, desapareció en 1989 como parte de la reducción gubernamental de paraestatales emprendida desde el sexenio de Miguel de la Madrid y continuada con Salinas de Gortari. En 1991, Fertimex, que vendía fertilizantes subsidiados, siguió el mismo camino. En lo financiero se privilegió también a lo privado sobre lo público. Banrural jamás dio créditos suficientes y los cafeteros tuvieron que recurrir a bancos comerciales con tasas de interés más elevadas y, a veces, impagables.

A eso se sumó lo internacional: gracias a la sobreproducción de Brasil y Vietnam el precio del café se redujo casi 70 por ciento en la década de los 90, hasta llegar a su nivel más bajo en 2001. El pulso cafetero de Guerrero, ya débil, entró en coma.

Pero durante los años aciagos de los 90, mientras productores a diestra y siniestra cerraban y la industria cafetera de Guerrero iniciaba su deslizamiento hacia el siglo XIX, la Luz de la Montaña resistió. Para guardar las minutas históricas de cómo sobrevivieron al diluvio, la cooperativa pidió a los investigadores Renato Ravelo y José Ávila documentar las asambleas en las que los productores indígenas tomaron las decisiones que les llevarían a sobrevivir. Era 1995 y esto escribieron:

"Nuestra historia en los primeros diez años de vida es la de un pequeño barco sacudido por las tormentas del mercado, del clima y de las ambiciones sociales".

Ese barco cafetero casi se quedó solo. En Guerrero, la realidad ineludible es que muchos otros descansan en el fondo, hundidos en la miseria.

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