Los que buscan candidato de unidad, decepcionados

A la mitad de su discurso, el ingeniero perdió la línea durante unos 30 segundos y más de uno tuvo que contener el aliento.
Cuauhtémoc Cárdenas montó una guardia de honor donde descansan los restos de su padre.
Cuauhtémoc Cárdenas montó una guardia de honor donde descansan los restos de su padre. (Claudia Guadarrama)

Ciudad de México

Si hubo alguien dentro del perredismo que llegó ayer al Monumento a la Revolución con la idea de que una de las fechas más importantes y sagradas en el calendario de la izquierda mexicana —la expropiación petrolera— sería el momento cósmico perfecto para que las tribus se pusieran de acuerdo y ungieran a Cuauhtémoc Cárdenas como el presidente de unidad al que tanto aspira (una parte) del PRD, seguramente salió decepcionado.

Lo más cercano fue un llamado velado del ingeniero a la acción conjunta. Hacia qué, no se sabe, pero conjunta al menos, aunque quedó lejos de ser un mensaje mítico, retumbante, capaz de hacer que todos los perredistas depusieran las lanzas con las que se han estado puyando desde hace bastante tiempo.

“Que la dispersión no debilite las causas”, se limitó a decir al cierre de un discurso con el que se pretendió insuflar de ánimos a la militancia ante el nebuloso y aún lejano objetivo de echar abajo la reforma energética mediante una consulta popular en julio de 2015, todavía a más de 500 días de distancia.

Y… ya.

La realidad es que el PRD no supo qué exactamente fue este 18 de marzo, una conmemoración que llegó justo cuando la pelea por la dirigencia y el futuro mismo del partido han entrado en su fase crítica, ante el Consejo Nacional de este fin de semana y el inminente cierre de la presidencia de Jesús Zambrano (a quien se recibió durante su discurso con gritos de “¡Cárdenas, Cárdenas!”).

¿Qué fue este aniversario? ¿Un acto de exorcismo ante el fantasma de la división interna y el espectro de Morena, un cierre de filas, la preparación de una estrategia contundente contra el neoliberalismo, una ceremonia cumplidora más? ¿Todo lo anterior? ¿Ninguna de las opciones?

En lo que no queda duda es que el aniversario 76 de la expropiación estuvo marcado por escasa asistencia, acarreados de la delegación Gustavo Madero, mantas anunciando a caciques capitalinos y mexiquenses, precandidatos en acción, actos por separado —Izquierda Democrática Nacional organizó su propio festejo en Eje Central—, y notables ausencias: Marcelo Ebrard de plano ya no aparece. Miguel Ángel Mancera, por su lado, no se paró en el Monumento a la Revolución. Ningún gobernador, de hecho. 

Todo lo anterior, con un trasfondo innegable. La pugna, imposible de disimular, entre los Chuchos y quienes quieren a Cárdenas como nuevo tótem. Porque la de ayer fue la primera vez en que ambos aspirantes estuvieron juntos en un acto público desde el inicio de la pelea por la dirigencia nacional del PRD. Ambos hicieron el mejor esfuerzo por mostrar un rostro de civilidad. Y al mismo tiempo, por ignorarse.

—¿Se va a bajar? —se le preguntó a Carlos Navarrete.

—No vengo a hablar de eso. (La duda la sembró una frase suya que tiene muchas lecturas: “siempre he estado al lado de Lázaro Cárdenas”.)

—¿Es el momento idóneo para lanzarse por partido? —se le cuestionó al ingeniero.

—El partido tiene sus momentos. De lo que hoy tenemos que hablar es de la defensa del petróleo.

***

Alejandro Encinas fue de los pocos que no quiso maquillar las cosas. “Estamos separados. Solo basta ver que como Izquierda estamos en diferentes actos. Si seguimos en esta ruta podemos convertirnos en una izquierda de un solo dígito”, lamentó el senador.

—¿No sería hoy en día idóneo para que Cárdenas asuma ya como candidato de unidad?

—Lo que yo espero es que salgamos unidos de este día.

***

Y para colmo, la mala suerte. El recordatorio de que el tiempo sigue pasando. O una mota de polvo en la garganta. Lo que sea, pero una escena como esa, nunca.

 A la mitad de su discurso, el ingeniero perdió la línea durante unos 30 segundos y más de uno debió contener el aliento cuando le vio guardar un incómodo silencio. En el templete, Cárdenas peleaba con las palabras. Luchaba con una oración que su garganta parecía no poder pronunciar.

De repente, bajo el sol de marzo, se le escondieron las frases. Cárdenas se llevó un pañuelo para secarse el sudor sobre el labio superior. Alguien se acercó con una botella de agua.

Fueron 30 segundos nomás. Pero, ah, como se sintieron largos.