REPORTAJE | POR GALIA GARCÍA PALAFOX

El asesino que esquivó a la CIA en México

50 años del magnicidio de John F. Kennedy

Seis semanas antes de asesinar al entonces presidente de EU, Lee Harvey Oswald estuvo en México; la CIA grabó sus conversaciones telefónicas con diplomáticos soviéticos y cubanos, pero nunca captó nada sobre el crimen.

La embajada de Rusia, antes de la URSS, en la Ciudad de México.
La embajada de Rusia, antes de la URSS, en la Ciudad de México. (Jorge Carballo)

México

Desde las ventanas de un departamento en el segundo piso de una calle de la colonia Condesa, dos cámaras fotográficas se disparan cada vez que se abren las puertas del edificio de enfrente.

Es la última tecnología: cámaras que se disparan con sensores de luz. Los lentes de ambas apuntan a ese edificio donde el enemigo podría tramar un ataque. Pero esta vez, cuando por ahí cruzó el asesino de John F. Kennedy, las cámaras no dispararon.

Cualquiera que entre o salga del cuartel castrista en México puede ser material de espionaje. Hay pistas clave: autos con placas estadunidenses que se paren enfrente, personas que hablen inglés, o ruso, gente que entre después de las horas de operación, todos llevan la etiqueta de sospechoso.

Los mexicanos que operan las cámaras —algunas son automáticas— están entrenados para reconocer extranjeros. Buscan desertores —traidores a la patria—, agentes dobles y potenciales agentes estadunidenses.

Se rumora que de ese edificio hay un túnel secreto que lleva al gran centro de espionaje y contraespionaje: la embajada soviética, a solo unos metros de la cubana. Frente a la embajada soviética tres cámaras estadunidenses apuntan al patio y a las dos entradas.

Alrededor de las 11 de la mañana del 27 de septiembre de 1963, al Consulado cubano entró un hombre de unos 35 años, rubio, de mediana estatura.

Dijo llamarse Lee Oswald, mostró pasaporte estadunidense y documentos que probaban su matrimonio con una mujer rusa con la que tenía un hijo, haber vivido en la URSS tres años y ser miembro de la organización Fair Play for Cuba, en Nueva Orleans. Solicitó una visa de tránsito para ir a Cuba, su destino final era la URSS.

Ninguna de las cámaras captó la entrada del hombre que desde lejos cumplía con las calificaciones para que las lentes lo siguieran: un anglosajón en la embajada cubana.

La secretaria que atendió a Oswald lo mandó a tomarse fotografías a un lugar cercano. Oswald regresó alrededor de la 1 pm con las fotos que la mexicana Silvia Tirado engrapó a la solicitud. Pero la visa, le dijo, tardaría semanas y tenía que llegar de La Habana. Oswald se exasperó. El consul Eugenio Ascué apareció y le dijo al estadunidense que si ya tenía la visa rusa, él podía emitir la cubana en tránsito. El hombre regresó después de las 4 de la tarde. Dijo que venía de la embajada soviética y que estaban por emitirle la visa.

Tirado, una mujer de 25 años, rubia, atractiva, con lazos comunistas y casada con un primo de la escritora Elena Garro, salió de sus funciones habituales y llamó a la embajada soviética. La visa de Oswald tardaría cuatro meses. Oswald se enojó. Tenía prisa en pisar territorio soviético, era miembro del clandestino partido comunista en territorio imperialista, había estado preso por sus posturas políticas, y ahora, soviéticos y cubanos le negaban el ingreso a su país.

La visa cubana de Oswald llegó a México el 10 de octubre, pero él nunca fue por ella.

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El 22 de noviembre, el día del cumpleaños de Silvia, estaba en el trabajo cuando una compañera le avisó que el presidente estadunidense, John F. Kennedy, había sido asesinado de tres disparos en Dallas, Texas. Tirado llamó a su esposo, Horacio Durán, un diseñador industrial y maestro universitario con quien tenía una hija de tres años. Por la noche, Tirado escuchó el nombre del homicida: Lee Harvey Oswald. Se acordó del visitante a la embajada cubana.

Algo le había parecido extraño a Tirado de ese hombre —así lo dijo en un interrogatorio estadunidense en 1978: haber cruzado la frontera por Nuevo Laredo con todos esos documentos que probaban su filiación comunista en plena Guerra Fría; la urgencia por la visa; su rabia excesiva cuando no se la otorgaron. Pero le costaba trabajo creer que fuera el asesino. Más bien parecía un hombre débil, dijo Silvia años después.

Al día siguiente la Dirección Federal de Seguridad, la agencia de inteligencia mexicana, detuvo a Silvia Tirado de Durán, su esposo, su cuñado Rubén Durán y su cuñada. Fernando Gutiérrez Barrios, el subdirector de la DFS, la interrogó personalmente. La dejaron ir. Dos días después, otra detención.

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1963. Europa está dividida por la cortina de hierro y en América el comunismo puso un pie en una pequeña isla del Caribe. Unos y otros se vigilan, se espían, se temen. La isla es la escala para ir de la URSS a Estados Unidos —o al revés— y México la parada necesaria para ir a la isla.

En la Colonia Condesa de la Ciudad de México, soviéticos y cubanos tienen sus cuarteles en las embajadas. No muy lejos de ahí, en la embajada estadunidense, la CIA tiene su propia estación desde donde opera su servicio de espionaje.

Las cámaras fallaron: una de ellas fue instalada el día que Oswald apareció por primera vez en México y como gastaba tanto rollo se decidió sólo fotografiar a quienes entraran por la puerta del consulado. Por ahí entró Oswald, pero la última foto de ese día se tomó a las 11. 47 am. Aunque agentes de la estación mexicana de la CIA dijeron haber visto fotos del asesino, o hasta enviarlas a Washington, y existió una imagen en la que se pensó que aparecía Oswald, si esos negativos o las impresiones existieron, están desaparecidos y no figuran en ninguno de los informes del asesinato más investigado de la historia moderna.

Pero si la CIA no se enteraba por la vista, se enteraba por el oído. Tenían el equipo para escuchar —y grabar— conversaciones de 30 líneas telefónicas. Por lo menos cuatro estaban destinadas a los cubanos.

El 1 de octubre, un hombre escuchó grabaciones sospechosas de la embajada soviética. Un estadunidense había llamado el 27 de septiembre al agregado militar. Quería una visa para viajar con su mujer y su hijo a Odessa. Media hora después hablaba otra vez. Insistía en que de la representación soviética en Washington debió haber llegado una comunicación sobre su visa.

La función de la CIA en México era seguir estas pistas. Para eso grababan y fotografiaban. Para eso tenían infiltrados en las embajadas de países enemigos. La regla decía que los cassettes se guardaban 30 días y que cualquier movimiento sospec hoso se reportaba a Washington.

"Era 1963. (Americanos en contacto con la embajada soviética) eran considerados dignos de una nota (a Washington). Déjenme ponerlo de esta manera: Desde el punto de vista operativo buscábamos cualquier forma de explotar un contacto con la embajada soviética", dijo en un interrogatorio un agente de la CIA en México.

Oswald no tuvo un expediente hasta el 16 de octubre. Manuscritos de Winston Scott, el jefe de la estación en México, a manera de memorias, revelan que supo de los movimientos de Oswald desde que llegó a México.

Tarasoff, un traductor de la CIA, testificó haber traducido una llamada telefónica del martes 1 de octubre, en la que Oswald hablando un ruso entrecortado y después de haber perdido la esperanza de obtener la visa, solicita ayuda económica a un diplomático soviético, y este se la niega.

Mientras más le seguían el rastro al hombre misterioso, más datos los acercaban a los soviéticos. Durante octubre los agentes estadunidenses se enteraron que Oswald no sólo había vivido en la URSS, mientras estaba allá había renunciado a su ciudadanía estadunidense y la había recuperado. En 1961 había regresado a Estados Unidos con su mujer y su hija.

Ninguna grabación con la voz de Oswald apareció después del homicidio de Kennedy.

Un hombre de nombre Lee Harvey Oswald estuvo en México del 27 de septiembre al 2 de octubre de 1963. Se hospedó en el hotel Comercio. Estuvo en las embajadas cubana y soviética. Pidió visas para esos países y no las obtuvo. Conoció a unos estudiantes de la UNAM en un cineclub de la Facultad de Filosofía y Letras. Sus conversaciones fueron grabadas por agentes de la CIA, pero 50 años después del asesinato, aún hay dudas de que fuera el mismo Oswald que disparó contra Kennedy, pero tampoco descarta que su visita tuviera más intenciones que conseguir una visa para la isla.