Y cómo no, afuera de la Corte festejaban… fumando mota

No todos estuvieron a favor del fallo de los ministros. La Unión de Padres de Familia, liderada por Consuelo Mendoza, se manifestó en contra; citaron estudios que han establecido que la mariguana ...
Quienes estaban a favor de la liberalización del mercado de las drogas portaban cartelones.
Quienes estaban a favor de la liberalización del mercado de las drogas portaban cartelones. (Javier Ríos)

México

Fumando churros, faltaba más… Con dedos hábiles forjaron sus toques en papel arroz. Luego ensalivaron y sellaron con destreza sus porros. Algunos acercaron a sus labios cigarritos discretos pero otros, más golosos, llevaron hacia sus bocas enormes y gordos marros. Sin timidez alguna todos les dieron fuego a sus cigarros de mariguana. Una calada profunda y los pasaban. Toque y rol para la banda gozadora de la cannabis. Sí, en medio de densas y mareadoras volutas de humo, y ante las miradas impertérritas de policías del Distrito Federal, quienes hacían como que no veían ni olían nada, decenas de hombres y mujeres festejaban que la Suprema Corte de Justicia de la Nación acababa de aprobar un amparo a favor de cuatro ciudadanos que, si así lo desean, desde hoy podrán hacer el uso que quieran de la mariguana.    

Así que no podía ser de otra manera. Tenían que festejar en libertad, fumando cuanta mota quisieron frente a la sede de la usualmente sobria y conservadora Corte. De hecho, la quemazón había empezado horas antes. En cuanto un joven se atrevió a sacar su toque muchos más lo imitaron y el piso de la placita frente al edificio de Pino Suárez 2 se convirtió en un panteón de bachas: era tal la humareda que varios reporteros, fotógrafos y camarógrafos, fumadores pasivos de la droga, se hornearon de lo lindo y la lentitud en transmitir sus informaciones quedó justificada ante sus jefes en medio de carcajadas por la observación mutua de sus rostros con semblantes de conejos pachecos: caras con brillantes y entrecerrados ojos rojos que parecían olvidar todo, o quedarse clavados durante largos minutos en contemplaciones de cualquier cosa.

Afuera de la Corte se habían presentado desde las diez de la mañana alrededor de 100 personas para manifestar sus posturas. La mayoría estaba a favor de despenalizar el uso de la planta, aunque la Unión de Padres de Familia, encabezada por su presidenta, Consuelo Mendoza, se manifestó en contra. Exigía que no fueran cinco ministros los que decidieran por todo el país. “Ellos no son expertos en drogas”, alegaban. Citaban estudios, sin precisar autoría, en los que según ellos se ha establecido que la mariguana afecta “la mente y el cuerpo”. 

—¡Es mejor la penicilina que la mariguana para las enfermedades! —espetó uno de los prohibicionistas, intentando alegar vaya a usted a saber qué.  

Quienes simpatizaban con la liberalización del mercado de las drogas portaban cartulinas en las que se leían cosas como “Cultivo sí, guerra no”. “La mota no mata, la guerra sí”. Y cada vez que gritaban contra la prohibición, coreaban: “¡La mota, legal, eleva la moral!” No se sabe si eleva la moral, pero lo que sí aumentaba era el tono cómico del debate callejero entre un hombre prohibicionista y un bolero liberal.

—¡Mariguana no! —gritaba el viejo que portaba traje.

—¡Mariguana sí! —refutaba el lustrador de calzado, que tenía pinta de chemo de la calle, con ropas medio harapientas.

Así se la pasaron minutos y minutos, como compadres necios de cantina, hasta que el bolero le gruñó que entendiera que así se terminaría la guerra de los cárteles. El trajeado reponía que no quería padres mariguanos con hijos mariguanos. De pronto un amigo del bolero, en silla de ruedas, vendedor de dulces él, llegaba en su auxilio con una consigna que enmudeció al respetable público:

—¡Ya dijo Caro Quintero! ¿Quieres tener a tus hijos fuertes y sanos? ¡Ponlos mariguanos! 

Asunto anecdótico el de la calle. Los curiosos que se acercaban a mirar más bien reían. Al final de la sesión Juan Francisco Torres Landa, uno de los beneficiarios del amparo, miembro de México Unido contra la Delincuencia, se acercaba a platicar un momento en la banqueta y decía que lo que sigue ahora es acabar con el poder de la delincuencia. El perredista Fernando Belaunzarán, uno de los más activos promotores de lo mismo, lo secundaba minutos más tarde y sentenciaba:

—El prohibicionismo ya no tiene piso constitucional…

En la práctica así parecía ser, ahí mismo: la banda seguía fume y fume mota libremente…