Se acabaron los aplausos atronadores

El Presidente anuncia 10 medidas contra la inseguridad y justo cuando termina su discurso empezaba a circular información que confirmaba otra masacre en Guerrero.
Joaquín Vargas, Valentín Diez Morodo y Carlos Slim, presentes.
Joaquín Vargas, Valentín Diez Morodo y Carlos Slim, presentes. (Octavio Hoyos)

México

Noviembre 21 de 2012. Diez días antes de que Enrique Peña Nieto asuma el poder. El semanario inglés The Economist publica un artículo titulado Mexico’s moment. El tiempo de México. El autor del texto habla del prometedor futuro que se vislumbra para el país con la llegada a Los Pinos del flamante mandatario priista: en el nuevo sexenio se consolidará “un país pacífico debido a la aplicación de una nueva estrategia de seguridad para reducir la violencia y combatir a los cárteles de la droga”.

Eso decía el autor del artículo, Enrique Peña Nieto, el hoy presidente de la República. Y de ahí, de ese futuro prometedor y en paz que esbozaba en la publicación, se acuñaba en el mundo el término del mexican moment. El tiempo mexicano lleno de bienaventuranzas. Pero, dos años y seis días después, en Palacio Nacional, en medio de un ambiente silencioso, casi fúnebre, sin aquellos constantes aplausos y aquella euforia de apenas hace unos meses, cuando en el mismo sitio se festejaba la aprobación de  la reforma energética, el mismo autor de aquel texto retomaba una consigna emanada de la furia de las calles, la hacía suya, y la repetía varias veces: “Ayotzinapa somos todos”.

“Todos somos Ayotzinapa”, reiteraba el Presidente, y retrataba con crudeza un panorama opuesto al que había soñado en aquel escrito: en tan solo 40 minutos, Peña Nieto diseccionaba sin matices el horror del mexican nightmare, la pesadilla mexicana que hoy estremece a la república: “Después de lo de Iguala, México está a prueba”, decía. De su boca salían palabras que podían escucharse en cualquier manifestación de las últimas semanas:

“Debilidades del Estado”.

“Corrupción”.

“Indignados”.

“Ya basta”.

“Torturas”.

“Omisiones”.

Y venían luego esas frases duras, realistas, que no se esperarían en voz un Presidente que, semanas atrás, propaga que ya había puesto en movimiento a su país:

“México no puede seguir así”.

“México debe cambiar”.

Tan oscuro era el diagnóstico que exhibía sobre inseguridad, violencia, negligencias, corrupción e impunidad, miseria y desigualdad, que el Presidente, como si recién hubiera asumido el poder, proponía medidas para tratar de hacer realidad aquella otra portada, la de la revista Time, que apenas en enero de este año, con una foto suya al frente, era cabeceada así: Saving Mexico. Salvando a México. Los editores de la publicación se apresuraban a redactar algo que la terca y violenta realidad mexicana corregiría: “Salvando a México. Enrique Peña Nieto, con sus reformas radicales, ha cambiado la narrativa de su nación manchada por el narco”.

No, no fue así. Y como la narrativa criminal se volvió a imponer y manchó de nuevo al país, el Presidente anunciaba en Palacio Nacional diez acciones legales y constitucionales para eso, para que con medidas profundas se intente reescribir la narrativa del país y, entonces sí, alguien pueda decir, al paso de una generación, que él era el hombre que no tenía más remedio que adoptar el “Aytozinapa somos todos” para intentar ser… el presidente del saving Mexico.

Por lo pronto, cuando Peña Nieto terminaba su mensaje, el aplauso de la concurrencia, unas 300 personas (empresarios, jerarcas religiosos, juristas, académicos, políticos), era timidísimo, no atronador como era usual antes del 26 de septiembre. No duraba ni un minuto (durante su discurso solo hubo un amago de aplausos que de inmediato se extinguió). Y en seguida, se instalaba un silencio sepulcral. Minutos después algún productor ponía música festiva de fondo y en instantes la volvía a apagar. Al final los organizadores dejaban un sonido para meditar, para calmar, ritmos chill out acordes con los semblantes cabizbajos de todos. Y es que, ya empezaba a circular información que confirmaba la existencia de otra masacre en Guerrero: 11 decapitados producto del impertinente mexican nightmare…