Violencia contra la mujer, violencia contra todos

La gran revolución del siglo 21 debe ser por algo tan urgente como erradicar este mal, para que la equidad entre géneros adquiera el carácter de normal en nuestra convivencia
La violencia contra la mujer es una pandemia que alcanza el carácter de crimen contra la sociedad entera.
La violencia contra la mujer es una pandemia que alcanza el carácter de crimen contra la sociedad entera. (Cuartoscuro)

Ciudad de México

Así como hay actos monstruosos cuya perversidad y magnitud los convierte en crímenes contra la humanidad, la violencia contra la mujer es una pandemia que alcanza el carácter de crimen contra la sociedad entera. Se trata de una hostilidad sistemática que desconoce fronteras y condiciones económicas o sociales y que padecen mujeres pertenecientes a todos los ámbitos, sea que vivan en el campo o en las grandes ciudades: la profesionista y la analfabeta, la migrante y el ama de casa, la indígena y la estudiante, la empleada y la obrera.

Entre los integrantes de cualquier grupo o sector marginado, maltratado o perseguido, las mujeres son las más agredidas. Si hablamos de migración irregular económica, o masiva, como en el caso de Siria; si se trata de pobreza o de violencia por crimen organizado o por conflictos bélicos, las mujeres son las que más padecen.

En México, por ejemplo, de acuerdo con la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares, levantada por el Inegi, 47 por ciento de las mujeres ha sufrido algún tipo de violencia por parte de sus parejas (insultos, indiferencia, peticiones para cambiar su forma de vestir, intentos por controlar sus decisiones personales) y 27 por ciento ha sufrido agresiones como empujones y golpes, incluso lesiones con armas.

Aun en el Distrito Federal, 52 de cada 100 mujeres han vivido algún tipo de violencia en su última relación de pareja. Si eso sucede en la capital, donde nos preciamos de tener una sociedad de avanzada, ya podemos suponer la profundidad que alcanza la violencia en regiones más conservadoras. En este tema se vive una situación generalizada de impunidad, pues tanto si el agresor es pareja de la ofendida o no lo es, la denuncia o petición de ayuda a una institución apenas alcanza el 12 por ciento.

Para la Organización de las Naciones Unidas, la violencia contra mujeres y niñas es "una violación a los derechos humanos que tiene consecuencias no sólo para ellas, sino para sus familias, sus comunidades y los países en general". Por ello este año la ONU ha decidido centrar sus esfuerzos en la prevención, con jornadas educativas y de concientización para autoridades y ciudadanos.

Lamentablemente, el abuso y el maltrato hacia las mujeres es una conducta arraigada culturalmente, respecto de la que poco o nada pueden hacer las acciones gubernamentales aisladas. Ello es evidente, por poner solo un ejemplo, en los infanticidios de países como China e India, donde es frecuente que, una vez detectado el género de los nonatos en etapas tempranas del embarazo, se decida hacer abortar a las niñas por razones económicas y culturales. Como consecuencia, hay regiones en las que viven 120 o 140 niños por cada 100 niñas.

En el país hay situaciones menos severas, pero también altamente perniciosas. Aquí prevalecen prácticas selectivas en detrimento de los derechos de niñas y mujeres: si se carece de recursos para enviar a todos los hijos a la escuela, se prefiere a los varones; en zonas de pobreza extrema se privilegia el acceso de los niños a los recursos de salud, a los alimentos y hasta a la atención paternal. Se trata de prácticas arraigadas en las zonas oscuras de nuestra cultura, heredadas por tradiciones patriarcales centenarias.

Tradiciones o antecedentes históricos o culturales pueden ser citados en el análisis de las causas, pero no pueden ser pretexto para perpetuarlos. Así como no podemos culpar sistemáticamente a nuestra historia personal de nuestras conductas erróneas, tampoco podemos, luego de casi 200 años como nación independiente, seguir depositando en el pasado la responsabilidad de nuestro presente.

Si bien tenemos que reconocer en nuestra cultura rasgos machistas que nos han sido heredados, debemos asumir que todos tenemos algo que aportar a la equidad de género y sumarnos a esta lucha a partir de un profundo examen de conciencia para identificar las microagresiones que podemos infligir con nuestras conductas cotidianas.

Tenemos la obligación de apoyar toda iniciativa que busque hacer de la justicia y la equidad una realidad viva para las mujeres, pues cada mujer golpeada, humillada o amedrentada, que sufre acoso en la calle, que es marginada de una oportunidad laboral, que vive con miedo constante, es una afrenta a nuestra conciencia colectiva y un reclamo a cambiar en lo individual y como sociedad.

Más que cualquier revolución social o tecnológica, la gran revolución del siglo 21 debe ser por algo tan urgente y trascendente como erradicar la violencia contra la mujer, para que la equidad entre los géneros no se limite a la esfera de la ley sino que adquiera carácter de normal en nuestra convivencia.


Mauricio Farah
Especialista en derechos humanos y secretario general en la Cámara de Diputados