La República Admirable

Semáforo.
Semáforo
(Ulises Castellanos)

Ciudad de México

Es falso que los políticos mexicanos no se interesen por el país. De hecho, no hacen otra cosa que pensar en el país. Muchos trabajan duro; algunos son honestos, pero prácticamente todos piensan constantemente en su nación.

Son representantes del voto popular, o dependen de alguien elegido por votos. Pero no son capaces de darse cuenta (mínimo narcisismo de supervivencia) de que no los elegimos a ellos porque deseemos que gobiernen. Las más de las veces elegimos a uno, movidos más porque nos resulta peor la victoria de su adversario. “No importa quién sea éste; con tal de que no llegue aquél”. Es, en muchos casos, mucho más un veto indirecto que un voto directo. Pero el resultado es el mismo: sale electo y “¡oh, loca alegría de ser Jueves!”, como dice Gabriel Symmes, en El hombre que fue Jueves.

Es extraño que, tras puros descontentos, todavía haya votantes que realmente deseen que gane alguno de los candidatos. Es un voto carismático, pero poco razonable, a menos de que estén involucrados intereses específicos o marcadas conveniencias, perfectamente válidos cuando son honestos. Digo que poco razonable por dos motivos. Primero, hay que confesar que eso de querer ser gobernado es un poco extraño, y la sociedad civil, aunque con lentitud, viene dándose cuenta de que sus propias decisiones suelen estar mucho mejor orientadas que las de una clase política que responde a una República Admirable, hecha de ademanes ostentosos y palabras vacuas. Segundo, porque la experiencia ha dejado ver que “el bueno” nunca ha sido bueno. De ahí, en parte, el intocable prestigio de los muertos (muchos siguen creyendo que a Colosio lo mataron porque iba a ser un presidente bueno y honesto) o de los perdedores.

El caso es que la clase política recibe los resultados electorales con total apego a la letra: representantes de la voluntad popular, es decir, de la soberanía. Y la Nación se debe a su soberanía. ¿Cómo que no piensan en el país? Ellos son el país, en destilado, en su pureza jurídica, muy por encima de los accidentes del tiradero civil y cotidiano. Gobiernan, legislan e imparten justicia. Son el país. Su esencia.

Por eso no tienen ningún reparo en pagar y publicar elogios de su propio quehacer. Mientras los ciudadanos vemos cinismo, ellos, hijos pundonorosos de la Patria, ven su humilde contribución a la República Admirable. Y he aquí el eterno vicio de la civilización de lengua española: gobiernos que son representantes del Estado, no de la sociedad.

Los ciudadanos suelen quejarse de que a la clase política no le importa el país. Error, de nuevo: le importa al grado del chovinismo. Solo que no lo conciben de modo semejante al del mostrenco ciudadano. El país es sus instituciones; luego, el país son ellos. De verdad creen a pie juntillas que la Nación es lo que ellos hacen: son el ejercicio de la sustancia nacional; construyen una República Admirable. Malo que, en la vida civil no pasa sino un montón de papel mal escrito y sin pensar. De ahí que la distancia entre el ciudadano y la comprensión de la ley sea abismal e insuperable. No importa: la ciudadanía es un accidente que habrá de corregirse en la República Admirable.