Margarita Zavala, la primera dama que no usaba maquillaje

Este texto, escrito por Sara Sefchovich y publicado en la revista Gatopardo en 2008, cuenta los retos que Margarita Zavala enfrentó al llegar a Los Pinos, acompañando a su esposo en la Presidencia.

Ciudad de México

Cuando a fines de 2006 llegó a vivir a Los Pinos, que es la residencia oficial de los presidentes de México desde tiempos del general Lázaro Cárdenas, Margarita Zavala de Calderón, tenía frente a sí varios retos que a muchas mujeres las habrían puesto, por decir lo menos, sumamente nerviosas.

El primero, y más obvio, era acompañar a su marido en la Presidencia de la República. La tarea se vislumbraba difícil, no sólo por la naturaleza misma de la responsabilidad, para la cual Felipe Calderón no tenía la preparación de algún cargo similar como una gubernatura, sino también por la cuestionada legitimidad de su triunfo, conseguido con apenas unas cuantas centésimas por encima de su adversario, resultado que ponía en evidencia a un país dividido, lo cual dificultaba todavía más las cosas para el nuevo mandatario.

Otro reto era el cambio de vida para sus hijos, demasiado pequeños para comprender lo que estaba sucediendo, pero en edad suficiente como para creer que vivir rodeado de sirvientes, choferes y guardaespaldas que los atendían y les cumplían sus deseos era algo natural y permanente.

El tercero era ella misma, porque tampoco tenía experiencia para desempeñarse como esposa de un gobernante, porque durante toda su vida adulta había participado activamente en la política y de repente eso le estaría vedado y por la sombra de su antecesora Martha Sahagún, quien había dejado un pésimo sabor de boca en la sociedad mexicana, con su exagerado gusto por el reflector, su pretensión de resolver ella sola todos los problemas nacionales, su actitud intervencionista en los asuntos políticos, en la toma de decisiones y en los nombramientos, al punto que se llegó a hablar de una “pareja presidencial”.

Así que allí estaba Margarita, en esos primeros días del último mes del año 2006, en la enorme mansión, rodeada de amplios jardines y de montones de personas (que según la página web de la Presidencia de la República consumían cada mes, entre otras muchas cosas, unas 11 mil cajas de pañuelos desechables, seis mil latas de atún y 13 mil pesos de mayonesa), lista para empezar los siguientes seis años de su vida.

Y sin embargo, al menos en apariencia, Zavala estaba tranquila.

Dicen quienes la conocen que se sentía bien preparada para enfrentar los retos y eso por tres razones: porque confiaba en las capacidades de su marido para sacar adelante el encargo presidencial; porque confiaba en su propia capacidad para darles realidad a sus hijos y que no perdieran el piso (“Ustedes han prestado a su papá como presidente y eso significa algunos cambios como vivir en esta casa, pero no se olviden de que hay que vivir con sencillez”, les dijo, según se lo contó ella misma al diario español El País) y porque sabía bien  que no sería como su antecesora, ya que estaba dispuesta a poner de lado su propia carrera política para apoyar la de su marido. Así se lo dijo a la periodista Katia D’artigues, quien lo publicó en su columna del periódico El Universal: “Muchas cosas fueron y serán en función de la carrera política de él”.

Y así ha sido. A Margarita siempre la vemos parada atrás y siempre es a él a quien escuchamos hablar. Incluso cuando apenas se le había declarado electo, y fueron al colegio de los niños al fin de cursos, con todo y que Margarita había sido alumna en ese lugar, fue Felipe Calderón quien tomó la palabra. Y con todo y que en enero de 2005 pronunció un discurso en la LIX Legislatura diciendo que había que luchar contra el narcotráfico y la delincuencia organizada, cuando en 2008 concedió una entrevista al diario español El País, le dio a él todo el crédito en esa lucha. A cualquier pregunta que suene a política, inmediatamente contesta, como lo hizo al periodista de El País: “Eso tendría que responderlo el presidente”.


Los fundamentos

Y tranquila parece seguir Margarita Zavala de Calderón. A poco más de dos años de gobierno de su marido, no ha dado señas (que en otras esposas a estas alturas eran más que evidentes) de que el poder le haya afectado: ni cambió de peinado o se aplicó maquillaje para sofisticar su imagen, ni se compró ropa de diseñador y joyas, y lo más importante: no enloqueció construyendo proyectos propios, de esos que tanto gustan a quienes de repente pueden disponer de cuantos recursos se les antoje.

¿Qué es lo que hace tan centrada a Margarita Zavala?

Me parece que esa forma de ser le viene de dos fuentes: de su experiencia personal en la política y de su manera de vivir su religión. Me explico, Zavala es la primera esposa de un gobernante mexicano en toda la historia de México que llega a Primera Dama con una militancia partidista intensa y una carrera política propia. Esto le permite entender los modos y los tiempos políticos con sus compromisos, necesidad de negociaciones y acuerdos, de esperas, aprendizajes, obligaciones y frustraciones, todo lo cual hay que asumir con calma y sin desesperar.

Margarita es una católica devota con un catolicismo inculcado en el hogar y en la escuela de monjas a la que siempre asistió, y según el cual hay valores y ética que deben guiar la vida, como la responsabilidad de ser solidario con los desfavorecidos, de servir y trabajar por el bien común.


La biografía

Margarita Esther Zavala Gómez del Campo nació en 1967 en la ciudad de México, quinta de los siete hijos de dos abogados, Diego Zavala Pérez, magistrado del Tribunal Superior de Justicia y Mercedes Gómez del Campo. Hizo sus estudios en el Instituto Asunción, un colegio de monjas que según se dice “es un espejo de la personalidad de Margarita, pues tiene un firme compromiso social y sus alumnos participan en obras de servicio comunitario en colonias populares”.

Allí fue después profesora —todavía en marzo de 2008 le dijo a la agencia Notimex que seguía dando sus clases de derecho en la preparatoria de esa institución— y se le considera una maestra “Excelente”, según ha dicho la periodista Adriana Malvido, y también allí asisten sus tres hijos.

Sus estudios profesionales los hizo en la Escuela Libre de Derecho. Siendo aún estudiante empezó a trabajar en el despacho de Miguel Estrada Sámano, un ex dirigente panista cuyo padre Miguel Estrada Iturbide había sido de los fundadores del Partido Acción Nacional (PAN). Se recibió en 1990 con una tesis sobre la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, tema sobre el que siguió trabajando y su interés en él la llevó a participar en la Cuarta Reunión Mundial de Naciones Unidas sobre la Mujer que tuvo lugar en 1995 en Beijing, China, a donde fue enviada, como premio, por un ensayo que escribió para un concurso, y que ganó el segundo lugar.

Muy jóven se incorporó al PAN, donde encontró afinidades ideológicas, de clase, de costumbres, de convicciones y de aspiraciones.

El partido se había fundado en 1939, según Efraín González Luna, cuando Manuel Gómez Morín “escuchó La Voz”, que lo lanzó a formarlo y pudo prosperar porque recogía y articulaba los intereses y demandas de los grupos católicos que se oponían a la ideología liberal oficial de la Revolución.

Desde su nacimiento, el PAN tuvo una Sección Femenina que reunía a las esposas de los fundadores, quienes a pesar de las reticencias (dice Antonieta Guadalupe Hidalgo Ramírez, en su libro Las mujeres en Acción Nacional, que Aquiles Elorduy hablaba “de los peligros que para la virtud de nuestras mujeres puede entrañar una participación activa en la política militante”) definieron su postura respecto a su participación al considerar como planteó una mujer anónima, que “el país es la patria también de las mujeres [y hasta ahora] ha caminado sin el concurso de nosotras, [pero] ya no podemos ver pasar a nuestro lado sin inmutarnos los acontecimientos políticos que a todos y a todas nos afectan”.

Pero también desde el principio, las panistas dejaron muy claro hasta dónde estaban dispuestas a llegar, y así lo plasmaron en un boletín de su organización: “Y no pide el partido a las mujeres de México actitudes fuera de su carácter que lesionaran su feminidad y su natural proceder y situación. Les pide, simplemente, que actúen como madres, como hermanas, como hijas, como novias, como amigas”.

Esa combinación de acción pública y esquema tradicional de las actividades de la mujer —donde La Patria quedaba convertida en un “Grande Hogar”— tuvo por consecuencia que siempre se quedaran detrás de los acontecimientos de cada momento histórico: no estuvieron de acuerdo con las propuestas sobre el sufragio femenino (“Yo os puedo asegurar que el derecho de votar o ser votadas nos tiene sin cuidado”, escribió una autora anónima citada por Hidalgo Ramírez), ni con las de igualdad (“Ni hablar de reivindicaciones ni de absurdas igualdades con los hombres”, afirmó Aurora Pozas), se opusieron a fijar porcentajes de género (“Las cuotas son pretextos para cubrir algo que realmente no ha provocado un cambio cultural”, afirmó Patricia Espinoza que en tiempos de Fox sería presidenta del Instituto Nacional de las Mujeres) y a apoyar reformas relativas a la familia, como las del Código Civil del Distrito Federal, ante las cuales, según dijo en su momento Martí Batres: “Mostraron la mayor resistencia y pusieron los mayores obstáculos”.

Sin embargo, una nueva generación de mujeres trató de cambiar ese modo de pensar. Entre ellas, Margarita Zavala, quien siempre manifestó una postura a favor de la igualdad y los derechos de las mujeres, y pertenece a la generación de militantes de ese partido que lo consiguió.

Cuando tenía 17 años, Zavala conoció a Felipe Calderón, cinco años mayor que ella. Fue en un encuentro de jóvenes panistas en el albergue del Ajusco en el DF. Se hicieron amigos y luego se encontraron en campañas, mitines, protestas, consiguiendo recursos y repartiendo propaganda. En una rifa de boletos en la que había un sorteo, también para los vendedores, Margarita ganó su primer auto.

Después de seis años de noviazgo, se casaron. Era enero de 1993. La ceremonia civil fue en Morelia, la ciudad natal del marido, y la ceremonia religiosa y la fiesta, en el DF una semana después. Felipe Calderón cuenta en su autobiografía que eligieron la fecha en función de su militancia partidista, para que no les impidiera participar en actividades importantes del PAN.

Según le dijo Miguel Estrada Sámano a Galia García Palafox, fue Felipe el que la convenció de dejar el despacho de consultoría donde trabajaba para irse de tiempo completo al partido. Allí fungió como directora jurídica del CEN y como secretaria de Participación Política de la Mujer, instancia que se había formado a mediados de los años ochenta.

En 1994 fue diputada plurinominal en la Asamblea de Representantes del DF. El encargo era por tres años y en su última etapa coincidió con que su marido fue presidente nacional del partido.

Jorge Sodi, que fue su compañero en la Escuela Libre de Derecho, se la encontró en una reunión de ex alumnos, cuando ella había terminado su participación en la Asamblea y estaba buscando trabajo. “Márgara —le dijo— a ti siempre te han gustado mucho los asuntos familiares. ¿Por qué no te vienes al despacho?”. Así fue como empezó a trabajar en un despacho en la colonia Del Valle con el abogado Carlos Sodi, padre de Jorge y catedrático de la Escuela Libre de Derecho, quien recuerda: “Margarita era de esas personas que no tiene ambiciones económicas. Se notaba cuando cotizaba honorarios, era muy medida en todo y si la gente no podía pagarle entonces no cobraba”.


En 2003 fue electa diputada federal plurinominal. Durante su gestión presentó siete iniciativas de ley, cuatro de ellas en materia de protección a grupos vulnerables, relacionadas con la discriminación laboral contra las mujeres; la protección de los derechos de los niños, los adolescentes y las personas con discapacidad, y sobre conductas discriminatorias en el ámbito educativo. Fue subcoordinadora de la comisión de política social y consejera en el Instituto Nacional de las Mujeres cuando lo presidía Patricia Espinosa.

Zavala participó en la lucha por las cuotas, con la cual se logró que por lo menos 30% de los espacios políticos fueran para las mujeres, pero además insistió en que éstas no deberían únicamente ocuparse de temas de mujeres sino también de las otras cuestiones que afectan a la vida nacional, como las reformas energética, laboral, hacendaria y política. En un artículo que escribió en 2003 para la revista Mujer Contemporánea, afirmó que estos “también son temas de las mujeres y para las mujeres”.

Cuando Felipe Calderón se convirtió en el candidato del PAN a la Presidencia de la República, Margarita pidió licencia y se dedicó a apoyarlo en la campaña, en la que hizo discursos dirigidos a las mujeres. Y por supuesto, estuvo presente en los festejos de su partido cuando se le declaró triunfador, acompañada por sus hijos a los que insistió en hacer partícipes del momento, a pesar de su corta edad.


Las tareas

Ser Primera Dama no es un título que una mujer consigue por sí misma, sino por estar casada con alguien que consiguió el de Presidente de la República.

Pero ser Primera Dama tampoco es un título al que la esposa del Presidente de la República pueda renunciar o negarse, pues viene incluido en el paquete presidencial de las sociedades republicanas occidentales.

Resulta entonces la paradoja de que la esposa del mandatario se convierte, por el hecho de su matrimonio y sin necesariamente haberlo decidido ella o estar de acuerdo, en un servidor público, pero elegido por una sola persona: su marido.

Y sin embargo, debe responder frente a la sociedad, que la observa, la califica, le exige y la critica. Porque, aunque la Primera Dama no existe oficialmente y no hay ninguna reglamentación ni ordenamiento jurídico que le señale obligaciones (y derechos), sí hay usos y costumbres —que son también acuerdos sociales vinculantes, como ha dicho Pietro Barcellona— que la obligan a estar presente y a ocuparse de determinados asuntos.

En este limbo se mueven las esposas de los gobernantes de México.

Las tareas que cumple la Primera Dama son de dos tipos: apoyar a su esposo y realizar labores de asistencia social.

La palabra apoyo debe entenderse como no estorbar pero también, como decía Eleanor Roosevelt, como facilitarle las cosas al esposo. Para conseguirlo, la esposa tendrá que acompañarlo a reuniones, ceremonias, actos oficiales y viajes cuando así se requiera y quedarse en casa cuando así se considere. Y además, deberá realizar sola labores ceremoniales como reunirse con otras primeras damas, representar a su marido o inaugurar eventos y edificios en su calidad de Primera Dama, y funciones asistenciales como cuidar de la salud de los niños, jóvenes, ancianos, mujeres, enfermos y desvalidos, haciendo extensiva a toda la sociedad las mismas tareas que realiza en su hogar, como si ese paso de lo privado a lo público fuera sencillo. Hace algunos años Clara Scherer, quien fue Primera Dama del gobierno de Oaxaca, me dijo en una entrevista: “Existe la suposición, no cuestionada por nadie, de que por ser mujer se tiene la sensibilidad, la capacidad y la disposición para hacerlo”.

Pero además, como señaló el historiador Georges Duby en su libro Las damas del siglo xii, debe siempre mostrar “una conducta ejemplar”, lo que quiere decir que se espera de ella discreción, pero al mismo tiempo que cuando se le pida que hable sepa hacerlo; que aparezca en público cuando se le requiera, pero que no llame demasiado la atención; que cumpla con sus obligaciones, pero que no destaque en su esfuerzo; que siempre esté bien presentada, pero que no exagere ni comprando ropa cara o llamativa, pero tampoco barata y sin chiste. Martha Sahagún pasó de las burlas por sus trajes sastre mal cortados a los reclamos por su gasto en ropa de diseñador en apenas un año. Y a Margarita Zavala tampoco le ha ido bien en este sentido. Le han criticado desde que use rebozo hasta que se vista con demasiada sencillez.

Y encima de todo, se espera de ellas que tengan buen ánimo, sentido del humor y siempre una sonrisa en los labios. Y que hagan su labor sin recibir recompensa ni salario, sólo porque se da por hecho que las mujeres lo hacen por abnegación, por espíritu de sacrificio.

Margarita Zavala cumple perfectamente bien con esas tareas y con esa imagen. Cuando Katia D’artigues le preguntó, en una entrevista para la revista Vértigo, qué haría si alguna vez fuera Primera Dama, su respuesta fue inmediata: “apoyar”, “no estorbar”. Ya como esposa del presidente, amplió la respuesta para la publicación Yoinfluyo.com: “Desarrollar una vocación de servicio en un ámbito que no es de gobierno, pero es de una gran responsabilidad”.

¿Qué exactamente quiere decir ?

De acuerdo con la Oficina de Apoyo para las Actividades de la Esposa del Presidente de la República, eso significa “realizar regularmente actividades vinculadas a su responsabilidad”.

¿Cuáles son esas actividades?

“Conseguir donativos para apoyo a personas o grupos vulnerables”.

¿Es decir que estamos otra vez en aquel “Vamos México” de Sahagún pero en chiquito y sin reflectores?

No lo sabemos.

Porque si en efecto consigue donativos lo ha hecho calladamente. Lo que sí sabemos es que Margarita Zavala es presidenta del Consejo Consultivo del Sistema Nacional para el Desarrollo Integral de la Familia, puesto que con cambios de nombre es el mismo que han tenido siempre las esposas de los mandatarios, sabemos también que a diferencia de las primeras damas anteriores, cuenta de forma abierta con una oficina, lo cual es una novedad porque hasta Nilda de Zedillo, las señoras no tenían oficialmente ni siquiera una secretaria (aunque desde tiempos de Carmen Romano López Portillo contaron con vigilancia por parte del Estado Mayor) y que incluso si antes hubo una oficina en Los Pinos, la de la señora Fox, no tenía nombre oficial, como si no existiera.

Además, cuenta con un grupo de mujeres que colabora voluntariamente con ella, que es también lo que han hecho todas las primeras damas desde tiempos de la señora Portes Gil, pues aunque suene paradójico, el voluntariado siempre ha sido obligatorio para las esposas de los funcionarios públicos y hubo tiempos —los de la señora Echeverría— en que lo fue también para las esposas de altos mandos militares y de diplomáticos y hasta contó con recursos públicos para sus acciones.

Sabemos también que los temas que han interesado a la señora Calderón son los mismos en los que se han ocupado las esposas de los mandatarios anteriores, adaptados por supuesto a cada momento histórico: mujeres, niños, ancianos, discapacitados, enfermos (ayer era sarampión, hoy es Sida), violencia, adicciones, migrantes, etc., pues todavía no hemos tenido a ninguna que se salga de este carril y se interese por otros asuntos como la ecología o embellecer la ciudad o defender a los animales o apoyar la cultura (aunque alguna impulsó la música o puso a los tragafuegos a regalar libros en las esquinas). La diferencia entre ellas y Zavala es que estos temas le interesaron desde antes de ser Primera Dama.

 Y sabemos también que cumplió con los compromisos que le corresponden: participó en en la reunión de Primeras Damas del continente en El Salvador en 2007, se sumó a la organización que creó Laura Bush contra el cáncer de mama, y ha acompañado al Presidente en viajes internacionales.

Dicho en otras palabras, que Margarita Zavala de Calderón es la Primera Dama perfecta, “by the book” como se dice en inglés, la que hace todo lo que debe de hacer, la que cumple con lo que se espera que cumpla, la correcta, la adecuada. Es la cónyuge en la que su marido puede confiar, a la que le puede remitir a una mujer que se le acerca a pedirle ayuda económica para un familiar enfermo, como hizo cuando estaba en campaña, siguiendo una tradición que viene desde tiempos de Benito Juárez cuando le escribían a Margarita Maza y de tiempos de Porfirio Díaz cuando le enviaban misivas a Carmelita Romero Rubio para pedirles ayuda, una mujer a la que puede enviar a misiones delicadas como la de consolar a la esposa de Juan Camilo Mouriño cuando murió en un accidente de aviación. En una entrevista para la revista Quién, la señora Marigely recordó cuando abrió la puerta de su casa y se encontró a la Primera Dama con un casco en la cabeza, porque con tal de pasar rápidamente a través del tráfico, se había bajado de su auto y se había subido a la motocicleta de uno de sus guardaespaldas.

Una esposa en síntesis, que como dijera alguna vez la revista Time, “se convierte en un valor agregado para su esposo”.


El perfil

A lo largo de nuestra historia, nada más hemos conocido dos tipos de esposas de los gobernantes: las exageradamente calladas, que aparecen poco y sólo para cumplir con lo que se espera de ellas, como la señora Alemán que se quedaba en su casa tejiendo canastillas, las señoras De la Madrid y Salinas que cumplieron su trabajo en el DIF e incluso la señora Zedillo que aunque no se comprometió con esa institución, por lo menos mantuvo las apariencias; y las exageradamente ruidosas, que abusaron del poder y de los recursos para hacer lo que les venía en gana, como la señora López Mateos que creó el Instituto Nacional de Protección a la Infancia y la señora Díaz Ordaz que creó otra institución idéntica pero con otro nombre, el Instituto Mexicano de Asistencia a la Niñez, sólo con el fin de opacar a su antecesora; la señora Echeverría que iba por el mundo llevando artesanías y grupos de baile, cargando hasta con las mujeres que echaban las tortillas y con el burro para las representaciones; la excéntrica señora López Portillo, aficionada a la música y a la que le instalaban un piano de cola en cualquier hotel en el que pernoctara, así fuera por una noche, y la señora Fox, que cumplió a pie juntillas con la idea nacional de una pesadilla: desde sus gastos personales hasta por los negocios que hicieron sus hijos, desde su ingerencia en la política hasta porque quiso resolver todos los problemas del país y estuvo segura de poder contribuir nada menos que, según sus propias declaraciones que recojo en mi libro Veinte preguntas ciudadanas a la mitad más visible de la pareja presidencial, “a equilibrar las grandes desigualdades sociales”, “vincular al sector público y al sector privado”, “promover la articulación de la sociedad civil”, “movilizar a la sociedad entera”, “promover la participación ciudadana”, “reactivar el desarrollo” e incluso, “salvar a México”. Y por si esto no bastara, pretendió además que podía ser la siguiente presidenta de México.

Margarita Zavala ha optado por el camino de la discresión. La palabra la usa José Manuel Villalpando cinco veces en las tres páginas que le dedica en su libro Batallas por la historia y tres veces strada Sámano en la entrevista en la cual la llenó de elogios: “sencilla, abierta, tranquila, inteligente, prudente, agradable, discreta”.

Bernardo Graue en la revista Poder también la califica de “prudente”. De hecho, éste es el término con el que Zavala se califica a sí misma en diversas entrevistas que ha concedido.


Los discursos

Margarita Zavala tiene y repite tres discursos: uno es el que defiende a su marido a capa y espada, diciendo que es honesto, inteligente, con gran sensibilidad social, con gran pasión por México, que pondrá al país en el rumbo acertado y que los mexicanos podemos estar tranquilos si dejamos en sus manos el futuro.

Otro es el que manifiesta su disgusto porque la llamen Primera Dama.

El tercero es el de su propio amor a México y su insistencia en el deseo de ayudar y apoyar.

Ninguno de estos discursos es original, más bien al contrario, son los mismos de absolutamente todas sus antecesoras. No hay una consorte que no haya dicho que su marido es lo mejor para el país, a la mayoría tampoco le ha gustado que la llamen Primera Dama (la señora Cárdenas dijo que primeras damas eran todas las mujeres de este país y la señora Echeverría pidió que la llamaran compañera) y todas han hablado de que es necesario apoyar a los desvalidos y se han involucrado en mayor o menor grado en las actividades relacionadas con ello, desde que la señora Portes Gil cuando creó la Gota de Leche y la primera Oficina para el Niño, hasta la señora Fox que creó una fundación llamada Vamos México, pasando por todas las instituciones que se han creado con ese fin; desde el Instituto Nacional de Protección a la Infancia y la Institución Mexicana de Asistencia a la Niñez hasta el Sistema Nacional para el Desarrollo Integral de la Familia, dif.


Los avances

Mucho hemos caminado desde la época en que un Primer Mandatario calló a su esposa en público cuando quiso opinar sobre algún asunto diciéndole “no te metas, tú no sabes nada de esto”, hasta el presidente actual que en su autobiografía El hijo pródigo escribió que su esposa es “muy inteligente y una mexicana profundamente comprometida con la tierra de nuestros padres y de nuestros hijos”.

Mucho hemos caminado desde los tiempos en que las esposas de los presidentes esperaban en casa y sin chistar, a que sus maridos cumplieran con los compromisos de su vida política y de su cargo e incluso con sus andanzas y correrías, hasta el presidente Calderón que en ese mismo libro afirmó que “su militancia política había marcado la vida en común” y que asegura —así se lo dijo a la revista Quién— compartir las tareas del hogar con su esposa y dedicar todo su tiempo libre a su familia.

Mucho hemos caminado desde los tiempos en que las esposas de los gobernantes no estaban al día ni en las ideas y debates intelectuales de su momento histórico ni en los asuntos políticos de su país, hasta el momento actual en el que en Los Pinos hay una mujer que, como Margarita Zavala, está al día en lo que tiene que ver con México.

Mucho hemos avanzado desde que el secretario de Educación Pública Jesús Reyes Heroles censuró mi libro sobre las Primeras Damas porque consideraba que la vida privada de nuestros gobernantes tenía que mantenerse en secreto hasta hoy, cuando la propia esposa del mandatario le ha afirmado a la publicación en línea Yoinfluyo.comque los mexicanos “tienen derecho de saber cómo vive la familia del presidente”.

Todo esto se debe sin duda a los cambios en la situación de las mujeres, pues atrás han quedado los tiempos en que se les consideraba sólo aptas para la casa, los niños y los rezos y en que se veía como peligro para su virtud una participación activa en la política. Con todo y que en nuestro país las mujeres tienen derechos políticos apenas hace poco más de 50 años y que apenas a fines de los años setenta empezaron a participar en la política, hoy ya se les considera, según lo manifestó la propia Margarita Zavala en Querétaro cuando en 2008 habló en un encuentro de mujeres de su partido, “factor fundamental de las luchas ciudadanas y del cambio en el país”.


Las contradicciones

En la revista Poder, una periodista describe a Margarita Zavala como “abogada, feminista e ideóloga”.

Esta descripción se basa en el hecho real de que Margarita ha luchado por los derechos de las mujeres, no sólo para la apertura de espacios políticos sino también en lo que se refiere a terminar con la violencia, por la igualdad de salarios, la no discriminación, la educación y la salud.

Sin embargo, hay dos aspectos que son el corazón mismo del feminismo y en los que Zavala ha sido profundamente conservadora: en sus discursos sobre la familia y sobre los derechos sexuales y reproductivos.

Por ejemplo, cuando afirma que es “promotora del matrimonio porque me ha ido muy bien” (así se lo dijo a Katia D’artigues quien lo publicó el periódico El Universal) está considerando que su experiencia personal es válida y conveniente para todos, siendo que la familia no tiene un modelo único sino gran diversidad de formas y de modos de funcionamiento y que por lo tanto, no es cosa de promover uno solo.

Lo mismo vale para cuestiones como el aborto. Cuando en 2007 la Suprema Corte de Justicia de la Nación declaró constitucional una norma por la cual se despenalizaba el aborto en la ciudad de México, la esposa del Presidente, en un mensaje ante la 25 Asamblea Regional del pan en el DF, asumió la misma posición que la Iglesia y el grupo Provida al considerar “que la abierta negación del derecho a la vida, al despenalizar el aborto, es contraria a principios humanos y democráticos. Es el imperio del más fuerte sobre el débil, es negar el futuro, es quitarle retos al Estado y a la sociedad y no respetar al diferente”. Y defendió lo que llama el derecho a la vida: “Ahora veo con preocupación que una niña o un niño que tiene 12 semanas en el vientre de la mamá, que tiene corazón, pulmones, cabeza y brazos no se le considere como persona y se le niegue el derecho a vivir”.

Y es que Margarita está segura no sólo de que sus valores son los correctos, sino los únicos y es más, los universales. Cuando dice, como lo hizo en la Conferencia Magistral “Los valores y la familia” con la que se inauguró la semana de la ORT en febrero de 2009, que “todos tenemos que salir a ayudar —y que— es necesaria la solidaridad y el servicio a los demás”, son palabras moralmente impecables, pero son un modo sofisticado de caridad, pero caridad al fin, que consiste en contribuir con esfuerzo personal a ayudar a los demás, al ser ésa una responsabilidad que le corresponde al Estado, quien tiene que elaborar políticas públicas y crear las instituciones que las pongan en práctica para enfrentar y resolver los problemas sociales. Sólo así se puede evitar caer en un esquema voluntarista, selectivo, clientelar y volátil en lugar de un esquema de los derechos de los ciudadanos.

Lo mismo sucede cuando dice que la familia tiene la responsabilidad de enseñar valores y de regenerar el tejido social mediante la educación, porque parte de la suposición de que existe un concepto de moral natural, evidente y compartido socialmente —por eso participa en la Asociación Mexicana para la Superación Integral de la familia, uno de cuyos objetivos, según su página web, es “facilitar la vida de las familias en relación con Dios”— pero no es así, pues como escribió Hans Kelsen en su libro clásico ¿Qué es la justicia?: “Aunque sean valores compartidos por muchos, no por eso son prueba de verdad”.

Vivimos en una sociedad con una enorme diversidad de modos de vivir, pensar y creer, de valores, normas y modelos y por eso es necesario que la educación sea laica para que, como afirmó Norbert Lechner en su artículo “Tres formas de coordinación social. Un esquema” publicado en la revista Debate feminista, “articule y sintetice la diversidad social en un conjunto más o menos coherente”. Eso es lo que haría que se regenerara el tejido social y no la apelación a un modelo sustentado en una moral que no es la de todos los mexicanos.

Cuando Margarita considera que su experiencia personal y sus valores son válidos para todos, está haciendo lo mismo que hicieron las esposas de Abelardo Rodríguez y de Vicente Fox, que mandaron a imprimir millones de guías para madres y padres de familia con el fin de explicarles cómo educar a sus hijos, sin percatarse de que los consejos no eran sino un conjunto de formas de ver la vida de una clase social en un cierto entorno y momento.


La evaluación

Margarita Zavala de Calderón es una Primera Dama que hasta ahora ha sabido cumplir de la mejor manera posible el difícil encargo de ser esposa del Presidente de la República. No se ha inmiscuido en las cuestiones políticas, ha mantenido la sencillez y la discreción, ha cumplido con las labores que por usos y costumbres le corresponden. Además ha apoyado a grupos y personas en su lucha, pues como me dijo Patricia Mercado, ex candidata a la Presidencia de la República, es una demócrata, además de ser una Primera Dama que no ofende a la sociedad con sus actitudes.

Pero también ha mostrado tener una combinación contradictoria de pensamiento y discurso modernos en ciertos ámbitos y conservadores en otros. Esto último es el caso de sus opiniones sobre temas que le desagradan como fue el caso del aborto.

En su posición como Primera Dama y dado que sus palabras tienen especial significación, lo que ha expresado respecto a cuestiones como la familia, los valores y la educación, hacen daño a los esfuerzos y triunfos conseguidos de muchos grupos organizados de la sociedad civil que insisten en los deberes del Estado y del gobierno, en los derechos de los ciudadanos, en el reconocimiento de la diversidad en todos sus ámbitos y en la necesidad de un país laico y respetuoso para todos los modos de pensar, actuar, vivir.

Por eso cuando afirma como lo hizo en una entrevista con Yoinfluyo.com y como asegura Villalpando en su libro ya citado que “quien cumple en la vida privada también cumple en la vida pública” y que “la tranquilidad del hogar presidencial es la tranquilidad de la nación”, como ciudadana, como feminista y como estudiosa de la sociedad me siento obligada a decirle que es al revés, que cuando la nación esté tranquila, los hogares del país también lo estarán, y que lo que suceda en la vida privada del Presidente y su familia, es algo que no nos compete, porque nuestro único interés son sus actos públicos.