“Fidel Castro jamás me deslumbró”

Mañana se presenta en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara la autobiografía de Jorge G. Castañeda. Con permiso del autor y la editorial reproducimos unos párrafos del texto.
Jorge G. Castañeda. 'Amarres perros'.
(Especial)

México

Cuba marcó una parte de la gestión de Castañeda en Relaciones Exteriores. Desde la provocada "invasión" de la embajada en La Habana, la visita de Fox y su reunión con la disidencia cubana, los jaloneos por la visita de Fidel Castro a Monterrey, el voto mexicano en Ginebra con relación a la situación de los derechos humanos en Cuba y, por supuesto, la revelación por parte de Castro de la llamada telefónica con Vicente Fox que la portada de MILENIO resumiría con la frase "Comes y te vas"; y que provocaría una muy seria crisis entre ambos países.

De Cuba, Castro, Fox y, por supuesto, Jorge G. Castañeda tratan los párrafos que aquí publicamos.

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La última vez que saludé a Castro fue esa mañana en Monterrey, él vestido de verde oliva, como en los grandes días, yo a la entrada del salón de la plenaria, al lado de Fox y de Marta, recibiendo a los participantes. Fue frío con Fox, amable con Marta, gélido conmigo. A los pocos días, Granma, el diario oficial del Partido Comunista, publicó un interminable editorial en primera plana titulado "El culpable de lo sucedido en Monterrey se llama Jorge Castañeda", el cual, según todos los expertos consultados, redactó el propio Castro de puño y letra. Fue su despedida de mí, 20 años después de la primera ocasión cuando lo vi, y de una decena de encuentros. No descarto que mis recuerdos iniciales de Castro se vean distorsionados o empañados por los ulteriores, y sobre todo por el conflicto con él. Pero incluso durante el almuerzo en La Habana en febrero de 2002, cuando fui colocado a su izquierda por el protocolo cubano (con Marta a su derecha), y a lo largo de los años, jamás me deslumbró con los dotes que cientos de otros interlocutores han descrito. Salvo en sus exposiciones de agenda, donde por supuesto se vanagloriaba de una memoria notable y de un dominio impresionante del detalle de los temas, las demás disquisiciones que atestigüé me impactaron por su carácter anodino. Una versó sobre la capacidad cubana de fabricación de quesos: los franceses se quedarían muy pronto atrás. Otra, sus medicinas, y las virtudes del yogur —de preferencia cubano— para diversos males que padecía. Otra, sobre los méritos comparativos de los vinos de distintos países: el español, el francés, el italiano, etc. Otra, sobre la forma en que la oligarquía cubana de antes de la revolución escondía antigüedades, alhajas y arte en los muros, fondos y techos falsos de sus mansiones en la Quinta Avenida de Miramar. En la foto siguiente, se aprecia la exageración pública de su estatura: más alto que yo, menos que mi padre. Me impresionaba —mejor dicho: me apantallaba— la figura histórica, pero no siempre, casi nunca, el contenido de la conversación. Sus monólogos sí se prolongaban durante horas, pero de esas horas no perduraba una huella de brillantez suya, o de admiración mía ante la cultura, la información o el análisis. Es probable que el recurso del eterno small talk operaba como piloto automático: tratándose de un gigante de la historia, cada visitante a La Habana se empeñaba en encontrarlo, y la única manera de complacerlos a todos consistía en apagar el intelecto y hablar de minucias: el chiste era verlo, no platicar con él. Los únicos comentarios personales que me dirigió surgieron en su entrevista con Fox en la toma de posesión, cuando recordó a mi padre con afecto, y luego al saludarme en La Habana, llegando de México: "Güero, ya deja esa cara de enojado". Puntada perspicaz, ya que, en efecto, suelo guardar una expresión de mal humor, y es muy probable que esa mañana, por el nerviosismo natural, se me trasminara.

Leí a lo largo del tiempo, en realidad desde finales de la década de los 60, suficientes libros sobre Castro y su revolución, interactué con tal número de funcionarios cubanos y compañeros de ruta y desafectos de la misma, que mi juicio sobre Fidel, que a él se le resbala, pero a algunos lectores no, no puede evitar ser severo, con una sola excepción, que no sé si sea cumplido o condena. En un país de menos de 12 millones de habitantes, desprovisto de recursos, el último de América Latina en conquistar su independencia de España para de inmediato caer bajo la tutela de Estados Unidos y demorarse medio siglo en lograr alguna autonomía frente a Washington, para de inmediato colocarse bajo la férula de Moscú y ser el último en aferrarse al modelo socialista, para luego depender del petróleo y de la magnanimidad faraónica de Hugo Chávez, Fidel logró para Cuba un papel desproporcionado en el firmamento mundial. Pudo transferir su megalomanía a su patria: otorgarle a un país sin mayores merecimientos una dimensión internacional extraordinaria. Sabemos lo que obtuvo Fidel a cambio —la fama eterna—; no sabemos en qué medida se benefició el pueblo cubano.

El otro lado de la moneda es trágico. Un colega salvadoreño que conoció Cuba y a los cubanos como pocos, que interrumpió sus viajes a la isla durante 20 años y volvió en 2014, me lo resumió mejor que nadie. Al cabo de 55 años de régimen castrista, el país vive más o menos de lo mismo que antes: níquel, turismo (ahora de bajo costo y de jineteras), remesas de Miami y subsidios masivos de Venezuela, en parte recompensados por el envío de médicos, instructores deportivos y agentes de seguridad cubanos. Todos los proyectos delirantes de Fidel fracasaron: Ubre blanca o H4, la vaca lechera milagrosa; el cinturón cafetalero de La Habana; la zafra de los 10 millones; las decenas de miles de cítricos sembrados y talados; la central nuclear de Cienfuegos; la prostitución generalizada a través de las jineteras, alentada como anzuelo turístico. Sus aventuras foráneas, también desorbitadas —el Che en el Congo y Bolivia, las tropas en Angola, Etiopía y el Ogadén, la ya citada visita a Chile, sus envíos esporádicos y vergonzosos de balseros desesperados o enfermos a Florida, la manipulación de Hugo Chávez para convertirlo en un nuevo Bolívar con el ALBA—, naufragaron. Los cubanos han padecido privaciones indescriptibles en distintos momentos, sin libertades, sin pasaporte, sin elecciones, sin la posibilidad de quejarse y protestar en las urnas o en las calles, sin información del mundo, con presos políticos. Hoy no viven mejor que hace 10, 20, 30, 40 o siquiera 50 años. Si valiera la falacia de que todo es culpa de Washington y del bloqueo o embargo —y no lo es: hoy hay 12 vuelos diarios de Miami a La Habana, Estados Unidos es el principal abastecedor de alimentos de Cuba y las remesas de Florida son su segunda fuente de divisas—, la pregunta es: ¿vale la pena tanto sufrimiento y vejación a nombre de la llamada dignidad? Peor aún: ¿alguien le consultó al pueblo cubano si se hallaba dispuesto a pagar un precio tan exorbitante, durante tanto tiempo, por una supuesta soberanía siempre maltrecha por otros? La isla hoy no produce nada, importa todo, y ha acumulado un descomunal rezago tecnológico, habitacional, médico (salvo las instalaciones para la nomenklatura y los extranjeros que pagan) y educativo. Todo ello para garantizarle un otoño e invierno apacibles y seguros a su patriarca, que morirá en su cama, con la conciencia en paz, et après moi le déluge.

Libramos el berrinche de Castro en Monterrey, pero menos bien sus consecuencias, a saber la divulgación del diálogo telefónico entre Fox y Castro. Las encuestas en México levantadas después de Monterrey y antes de la grabación arrojaron datos favorables: apoyo a la decisión de Fox de cambiar de política hacia Cuba y otorgarle más importancia a la relación con Estados Unidos que con la isla. Empeoró la imagen de Castro, mejoró la de Fox. De manera significativa, 92 por ciento de los mexicanos estimaba que se violaban los derechos humanos en Cuba. Después de Monterrey y antes del escándalo de la grabación, 62 por ciento de los mexicanos pensaba que el gobierno de Fox debía modificar la política hacia Cuba de los gobiernos priistas; solo 28 por ciento decía que convenía mantenerla. A la pregunta de si el gobierno manejó de manera acertada o equivocada el conflicto con Cuba, 49 por ciento afirmó que fue acertada y 40 por ciento equivocada. Para un tercio de los encuestados empeoró la imagen de Castro; para 30 por ciento siguió igual de mala, para 24 por ciento igual de buena y para 7 por ciento mejoró; en el caso de Fox, para 40 por ciento siguió igual de buena, para 22 por ciento empeoró, para 17 por ciento siguió igual de mala y para 18 por ciento mejoró.

Hasta allí íbamos bien. Las cosas se descompusieron cuando se hizo patente el chantaje castrista, transmitido, entre otros, por la directora de La Jornada y por Iruegas. Este último propuso encontrarse con el embajador de Cuba en México y a la vez subsecretario del Exterior con el fin de buscar una solución a la crisis en las relaciones entre ambos países. Según narró después Iruegas y le comunicó a Fox mientras yo me encontraba en Ginebra en la reunión anual de la Comisión de Derechos Humanos, el propio Castro mandó un mensaje dictado y copiado a mano por el embajador preguntando: "¿Qué propuesta decorosa me hacen?" Iruegas proponía de manera tácita y vergonzante algo que a él le parecía sencillo y para mí era inaceptable: abstenernos en Ginebra y evitar la difusión del intercambio por teléfono. Fox se comunicó conmigo una madrugada para avisarme de esta gestión; le propuse que al volver a México lo revisáramos. En México, Iruegas me entregó un largo, farragoso y ambiguo borrador de carta de Fox a Castro llena de lugares comunes y retórica burocrática (quien así lo desee, puede consultar el texto en sus confesiones póstumas, y también los comentarios críticos al mismo por parte de su hijo). Le indiqué que lo consultaría con el Presidente, una vez que dispusiéramos de los elementos faltantes antes de seleccionar el curso de acción: el texto definitivo de la resolución en Ginebra, la posición de Ricardo Lagos de Chile, el otro latinoamericano con el que hacíamos mancuerna, y el punto de vista de nuestro embajador en La Habana, a quien le prometí que podría exponer su punto de vista en persona al Presidente. Resumí la idea de Iruegas con Fox, aclarándole que si no votábamos como deseaban los cubanos, la gestión carecía de sentido. Cuando, 12 años más tarde, le pregunté a Fox si conservaba algún sentimiento de engaño o desinformación de mi parte hacia él en esos días, rechazó la insinuación de modo tajante y, quiero suponer, sincera. Iruegas nunca se atrevió a expresar claramente su postura sobre el voto, pero al repetir varias veces en sus escritos posteriores que consideraba que mis discursos en Ginebra, y la votación a favor de los derechos humanos en Cuba, equivalían a actuar "contra Cuba", mostraba el cobre: primero la revolución cubana, después los derechos humanos. El chantaje seguía. La prueba de que a eso se reducía todo el sainete yacía en el silencio cubano mientras no se votara en Ginebra. De haber resuelto recurrir a la publicidad por indignación o traición o maltrato en Monterrey, hubieran divulgado la grabación de inmediato. La propuesta de Iruegas, a diferencia de lo que él sospechaba, me ayudó con Fox. El chantaje se perfilaba de manera tan obvia, y parecía tan peligroso para Fox acceder a él delante de mí, de Creel, de Durazo, de Elizondo y de varios colaboradores míos, que al presentarla como una idea proveniente de los cubanos vía Iruegas, gané la mitad de la partida. Me he preguntado estos años: si Iruegas se ofendió tanto por el episodio de Monterrey y de Ginebra, ¿por qué no renunció? Pertenecía al Servicio Exterior, pero se acercaba a la edad de retiro. Era factible y fácil solicitar su jubilación anticipada —que se le concedió un año después— y revelar su oposición a mi postura, o ser enviado a una embajada digna, guardar silencio, pero no prestarse a una gesta que consideraba "traicionera, patética y terrible", como la describió en sus memorias. En cambio, seis meses más tarde, quien fungiría como el canciller legítimo de López Obrador me regalaría un libro suyo, sobre las brujas de Coahuila, con la siguiente dedicatoria: "Para Jorge, con la confianza de un amigo, con confianza en un amigo. Hoy como nunca. Hasta la victoria siempre. Tlatelolco, 6 de septiembre de 2002".

¿Por fin?

La única duda que me aqueja proviene de un comentario enigmático de Castro: "Casi adiviné que usted me iba a llamar para decirme algo parecido a eso." Si uno compara el texto del guión redactado por Iruegas, Elizondo y yo en la tarde, y las intervenciones de Fidel por teléfono, es difícil esquivar la sensación de que el Comandante recorría en tiempo real el guión de Fox, de punto en punto, adelantándose a Fox en varias oportunidades ¿Fue informado con antelación? ¿Quién pudo haberle avisado, en tan poco tiempo?

¿O su sapiencia fue producto de su instinto y experiencia inigualables en el mundo? ¿Es atribuible la impresión de advertencia previa a su interminable colmillo, o a la obviedad de los planteamientos o... a que en efecto recibió una copia del guión. No lo sabremos quizás nunca, o lo saben solo los que necesitaban saberlo...