Júbilo, mentadas y enojo en el Zócalo capitalino

Algunos siguieron al Presidente en sus arengas nacionalistas; otros se fueron molestos por no ingresar a la plaza.
Escenario de la fiesta en la plaza de la Ciudad de México.
Escenario de la fiesta en la plaza de la Ciudad de México. (Mónica González)

Ciudad de México

Fue un Grito en paz. Breve. Desde las 22:59, poco más de 13 minutos le llevó al Presidente de la República tomar la Bandera nacional, tocar tres veces la campana de Dolores, dar un grito ortodoxo, sin sorpresas, ondear el lábaro desde el balcón central de Palacio Nacional, cantar el Himno, devolver la bandera a un cadete militar y regresar al balcón para mirar el espectáculo de fuegos artificiales, que este año no fue tan largo ni espectacular.

Abajo, en el Zócalo, la gente coreó sus consignas, lo siguió en los tradicionales “¡Viva México!”, en las estrofas del Himno, pero ante los espacios de silencio, tanto los previos al Grito como los posteriores, nada pudo evitar que los clásicos cánticos de corte futbolero fueran espetados por los más cábulas entre las miles de personas que se reunieron en la Plaza de la Constitución.

Como es costumbre, ante la presencia de los presidentes, estas manifestaciones también fueron acompañadas con sonoras mentadas en forma de silbidos.

Pero más allá de eso, en el Zócalo todo era diversión: miles de familias con los rostros tatuados de líneas patrias, con pelucas tricolores, con banderas nacionales, con la clásica espuma que se lanzaban a los rostros y con globos rebotadores en forma cilindros, aprovecharon la noche de este lunes para gozar de música y distracción (el cantante Joan Sebastian ponía a bailotear y corear a la raza femenina).

Todo en paz en esta noche que, a diferencia de la del año pasado, estuvo libre de lluvia. No hacía mucho frío y eso ocasionó que más gente de la que se esperaba se dirigiera al Zócalo.

Elementos del Estado Mayor Presidencial se vieron sorprendidos por la marabunta humana que pretendía llegar hasta la Plaza de la Constitución y poco antes de las 9:30 decidió cerrar los accesos al lugar.

Y ahí sí se acabó la tranquilidad verbal, porque miles de seres que hacían filas por las calles Pino Suárez, 16 de Septiembre, Madero y Tacuba se quedaron con un palmo en las narices. A pesar de súplicas, de ruegos, nada, la orden era suspender los accesos por los arcos de metal.

Frustrados, jóvenes y no tan jóvenes se enojaron y mentaron madres. Nada: auxiliados por granaderos con escudos del Gobierno del Distrito Federal, los militares no franquearon el paso. En Pino Suárez miembros de la Policía Federal y la Gendarmería Nacional formaban dos líneas de contención por si acaso se producía un intento de portazo.

ÓRDENES CRUZADAS

Dos mandos del Estado Mayor Presidencial discutían con funcionarios locales que les mostraban fotos del Zócalo para enseñarles que el lugar aún tenía muchos claros y que la gente no estaba apretujada, lo que era cierto, pero no cedieron más que en instantes que dejaban pasar pequeños grupos y luego ordenaban volver a cerrar.

MILENIO les preguntó a ambos mandos vestidos de traje la razón de tal decisión si aún había espacio en la plancha del Zócalo capitalino (incluso cuando el presidente Peña Nieto daba el Grito) y argumentaron: “Es por seguridad de la propia gente. Hay demasiada gente intentando llegar y hay que evitar que un tumulto excesivo pueda causar una desgracia”.

Y ni hablar, en las calles de acceso al Zócalo unos se retiraron refunfuñando y otros lo hicieron furiosos, mentando madres:

“¡Chingada madre, es una fiesta popular! Venimos desde Xochimilco!”, decía iracundo un jefe de familia antes de volverse andando con su esposa, dos hijos y un tercero en una carreola.

Los policías y los militares no se inmutaban; ellos, la verdad, solo obedecían órdenes, de algún... genio. Como si el Zócalo no se hubiera retacado cientos de veces sin incidente alguno...