Exhiben hasta lo que había tirado en la basura

Una y otra vez los corresponsales recrean cómo pudo haber sido el escape del 'narco' a través de los túneles y pasadizos secretros construidos debajo de sus casas de seguridad; el 'tour' ...
Un dispositivo eléctrico “con trampa” eleva hidráulicamente la tina.
Un dispositivo eléctrico “con trampa” eleva hidráulicamente la tina. (Daniel Becerril/Reuters)

Culiacán

Como en aquella película noventera Hechizo del Tiempo, la escena se repite una y otra, y otra, y otra vez... Pese a que las imágenes son más que conocidas desde hace una semana, los corresponsales de televisoras extranjeras se solazan describiendo a cuadro la bañera levadiza ubicada en los baños de los escondites que tenía Joaquín Guzmán Loera en Culiacán.

Suben y bajan incontables veces los escasos peldaños que conducen a los túneles por donde el capo escapó al verse acorralado por los militares mexicanos. Simulan la forma como El Chapo correría semiinclinado para recorrer los casi tres kilómetros de largo de los pasadizos hasta desembocar en una alcantarilla o conectarse con otra casa de seguridad.

Dirigiéndose a un televidente imaginario, esculcan entre los restos de comida abandonada en la cocina o hurgan en la basura acumulada en cada uno de los tres inmuebles a los que la Secretaría de Marina ha autorizado el ingreso. Y como es habitual en el mundo de la televisión, la toma no sale a la primera, quizá ni a la quinta u octava vez, así que hace falta por lo menos una decena de repeticiones para que al fin quede la escena aprobada por el cámara/productor o a satisfacción del reportero. Tras él, llegará otro periodista que hará la misma toma y las mismas repeticiones. Y luego otro. Y otros.

De por sí mediático, El Chapo aporta a su leyenda elementos que fascinan a las televisoras. O será que, muerto en 1993 el capo colombiano Pablo Escobar Gaviria, nos quedamos en ayuno de este tipo de imágenes que ahora, para regocijo del homo videns, Guzmán Loera surte a manos llenas.

Toma uno. Se repite.

El primer inmueble visitado se encuentra exactamente frente a una preparatoria, la César Augusto Sandino, de la Universidad Autónoma de Sinaloa, en la colonia Libertad, al sur de Culiacán. Zona modesta, de casas de una planta, algunas sin terminar de construirse. En la puerta principal que da a la calle pende una hoja blanca en la que se lee: "Inmueble asegurado. Averiguación Previa. PGR/SEIDO/UEITA/025/2014". Es una de las seis casas de seguridad del capo que se catearon simultáneamente el domingo 16 de febrero, cuando se cerró la pinza sobre el narcotraficante y lo obligaron a huir a Mazatlán, donde se concretaría finalmente su captura menos de una semana después.

Nada en la colonia, ni en la calle Constituyente Emiliano García, vaya, ni en el interior del inmueble, muestran indicios de que pudiera ser la guarida de uno de los hombres más ricos y poderosos del mundo, además del criminal más buscado por las policías de México y Estados Unidos. Como en las otras dos casas que serán visitadas más tarde, el mobiliario es escaso, resaltan eso sí en salas y habitaciones las pantallas de televisión no muy grandes. También los sistemas de vigilancia de circuito cerrado para observar el exterior.

Huele a viejo, a humedad, y cuando un reportero abre, pese a las indicaciones en contrario, un refrigerador, el hedor a comida descompuesta inunda la cocina y la sala del lugar. Una perito de la PGR explica que en esta casa no había nadie cuando ingresó el comando de seis marinos de élite. Solo se encontraron paquetes de droga y la famosa cocaína disimulada en plátanos y pepinos de plástico. Atraídos por el movimiento de vehículos militares, los jóvenes de la preparatoria sandinista interrumpen su partido de básquetbol y se acercan a las rejas para platicar con los marinos que vigilan el tour de periodistas. Las chicas tocan la tela del uniforme de los elementos. Los marinos se dejan querer.

Toma dos. Se repite.

La segunda guarida no está muy lejos de la anterior. Unas cuatro calles más adentro de la misma colonia Libertad. Esta vez el constituyente es Enrique Colunga, también sin número. La calle está sin pavimentar, el tráfico vehicular escaso. Y adentro, lo mismo: paredes desnudas, aparatos para el aire acondicionado, televisores de menos de 40 pulgadas, algo de ropa revuelta en los clósets, recámaras muy pequeñas y un patio un poco más grande. Como en la primera, en esta casa también hay un árbol navideño de plástico dentro de una caja, como si lo hubieran desarmado apenas unos días antes. Una vez que los reporteros han hecho las ene mil mismas tomas en el inmueble, ante la mirada entre resignada y complaciente de los marinos, la caravana se dirige a la última parada.

Toma tres. Se queda.

La calle Humaya en la colonia Guadalupe es distinta a las anteriores que hemos visitado. La zona es más de negocios que de casas-habitación. El inmueble donde supuestamente la Marina estuvo a ocho minutos de atrapar al escurridizo capo tampoco es lujoso, pero sí más elegante que los anteriores. En su enorme garaje, un Jetta negro sin placas se empolva.

Tras pasar el portón, te topas con la puerta de doble hoja de metal que —explican— los delincuentes refuerzan con agua para amortiguar el golpe al tratar de romperla, lo que retrasa el ingreso de las tropas de asalto. Apenas ocho minutos, los suficientes para que Guzmán Loera se escabullera por el túnel construido debajo de una bañera, que a simple vista pasa como cualquier mueble de baño, y corriera a lo largo de tres kilómetros para salir muy lejos de ahí.

Una alberca no muy grande sustituye al patio y jardín de las dos primeras casas. En un rincón, un salvavidas inflable de Blanca Nieves, sugiere que quizá en esa piscina chapotearon niñas. En las paredes, un par de cuadros de los que se consiguen en cualquier tienda. También resalta que es una casa de dos plantas. Pero por lo demás, lo mismo: habitaciones pequeñas, cero lujos, nada que sugiera largas estancias. En la cocina, dos pepinos con incisiones para checar que no fueran de plástico, roban la atención de fotógrafos y camarógrafos.

Las mismas tomas, los mismos stands, las eternas repeticiones hasta llegar al baño de la recámara principal donde, como en las guaridas anteriores, se encuentra la cereza del pastel: la bañera y su pasadizo secreto. Un dispositivo eléctrico "con trampa" eleva hidráulicamente la tina, dejando un espacio donde apenas cabe una persona. Hay que bajar unos diez escalones bastante empinados para llegar al andador que conduce al túnel del drenaje. Este vestíbulo está forrado de madera e iluminado con lámparas de halógeno, mide no más de 15 metros. Y después la oscuridad total del túnel que arrastra las aguas de desecho. Excepto el de la última casa, que tiene un tamaño regular, es circular y tiene las paredes aplanadas, en los otros sobresalen pequeños trozos de alambre con el que se amarran las varillas y clavos, además de que los tamaños van variando, por lo que los marinos extreman las recomendaciones para que los periodistas sean sumamente cuidadosos al andar por el pasadizo. "Por eso el capo tenía tantos raspones y un chichón en la cabeza, porque al ir corriendo a oscuras terminó lastimándose", dice un oficial.

Embelesados, los corresponsales escuchan una vez más la explicación. Y vuelven a recrear el recorrido a un televidente imaginario.