Empresa de EU busca 20 mil millones de barriles de crudo

Surgió en Texas, cruzó el Bravo y llegó a esta entidad, donde Pemex, el Instituto Mexicano del Petróleo y la transnacional Geokinetics ya erigen los primeros pozos de prueba y exploración.
Ambientalistas han denunciado que se cometerá ecocidio.
Ambientalistas han denunciado que se cometerá ecocidio. (Especial)

Coahuila

Si el sueño de la industria se cumple, aquí el olor del carbón de las minas pasará al del dinero de los pozos gaseros y petroleros. Así como a Texas le dicen Saudi-América, a este pedazo del desierto podrán llamarle algún día Coahuilarabia. O Emiratos Árabes Coahuilenses. Quizá también Kuwauila o Coahuilistán, nombres todos para referirse a lo que sería un oasis millonario en medio del desierto, un dulce pote de energía como pocos en el planeta. Si la pesadilla de los ambientalistas es la que se concreta, podrá llamársele de muchas otras formas: error, desastre, calamidad, ecocidio por mencionar algunas.

En lo que no hay duda es que la fiebre del fracking que atrapó a Texas ya cruzó el Río Bravo y ha comenzado a apoderarse de Coahuila, generando a la vez ansiedad y cálculos optimistas. Con la promesa seductora de convertir al estado en la versión mexicana de un emirato árabe -y encontrar hasta 20 mil millones de barriles de petróleo y gas shale bajo el desierto coahuilense-, las primeras tres torres de perforación y exploración del subsuelo ya están en proceso de construcción por parte de Geokinetics, una transnacional estadunidense.

Para gusto de la industria energética y desmayo de grupos ambientalistas, el entorno desértico de municipios como Guerrero, Zaragoza, Morelos, Allende, Nava y Sabinas está en ruta de cambiar para siempre y probablemente de forma irreversible. Autoridades locales calculan que, cuando procedan en el Congreso las leyes secundarias de la reforma energética, la construcción de plataformas entrará a un ritmo casi frenético: habrá de 500 a mil torres de producción de gas natural trabajando con técnica de fractura hidráulica o fracking. En 10 años, bajo cálculos del gobernador Rubén Moreira, serían hasta 10 mil, casi las mismas que en el yacimiento de Eagle Ford, al norte, en Texas.

Es un proceso de doble filo que producirá cantidades importantes de energía en depósitos antes inaccesibles de las cuencas de Burgos y Sabinas, pero que tiene también un potencial costo ambiental. Por ejemplo, contempla la inyección al subsuelo de decenas de millones de litros de agua altamente tóxica –modificada con elementos cancerígenos y a veces hasta con rastros de radiación- para acelerar la reacción en cadena que permite la extracción de gas atrapado en la piedra de lutita. Ese líquido después debe ser aspirado y almacenado con sumo cuidado porque no hay tecnología que pueda descontaminarlo.

"Nos urge tener una normatividad que nos permita enfrentar un proceso tan peligroso. Entiendo que necesitamos energía, pero lo que están haciendo es abrir la vía a una nueva industria sin haber creado el marco en la controle", dice José Ruiz Fernández, abogado ambientalista y quien hoy ha comenzado a asesorar a municipios coahuilenses para defenderse en caso de que el fracking tome la misma velocidad meteórica que en Texas (en ese estado se pasó en 5 años de cero torres a 14 mil).

De acuerdo a Ruiz, quien fungió como consejero ambiental del Consejo de Desarrollo Sustentable región noroeste –un órgano consultivo de la Secretaría del Medio Ambiente— se pidió al gobierno federal frenar el proceso de apertura al fracking hasta primero crear un marco legal capaz de minimizar los riesgos de accidentes a gran escala.

Hasta el momento la secretaría no ha respondido a esa recomendación y lo cierto es que todavía no hay una ley nacional de fractura hidráulica. La tecnología se adelantó a la legislación: aun cuando ya han comenzado a operar los primeros pozos de exploración en el norte del país, en México simplemente no existe todavía una Norma Oficial Mexicana que les regule.

Pero ante las preocupaciones ambientales, también están las realidades globales. Todos quieren energía más barata y están dispuestos a pagar por ella. La industria del fracking, una de las más polémicas del mundo, es responsable de lo que en Estados Unidos se considera como una especie de renacimiento energético que ha llevado incluso a la reindustrialización de ciertas partes de Texas.

En el gobierno estatal predomina el pragmatismo. "Esta explotación se va a dar al margen de lo que hagamos o dejemos de hacer. El mundo tiene apetito por estos hidrocarburos y tenemos que asegurarnos de que se haga adecuadamente y en beneficio de Coahuila", sentenció Rogelio Montemayor, ex director de Pemex y cabeza del Cluster Minero y Petrolero de Coahuila, una entidad paraestatal a la que se ha pedido preparar al estado lo mejor posible ante la inminente llegada de la industria energética.

En Coahuila pareciera que ya no hay dudas sobre si se explotarán algunas de las reservas no convencionales más grandes de gas shale en el hemisferio occidental. Tras la reforma energética y la apertura del mercado nacional a capital privado, las preguntas más bien son cuándo y cuánto: Cuándo comenzará a fracturarse el subsuelo del desierto. Cuándo comenzará a explotarse gas y petróleo no convencional. Cuánto se producirá. Cuantas empresas extranjeras y mexicanas vendrán a la zona. Cuántos millones de dólares llegarán. Y cuánto costará al medio ambiente convertir a Coahuila en la siguiente gran plataforma energética de México.

Los cálculos del gobierno coahuilense y Pemex apuntan a que en el subsuelo al norte del estado podría haber hasta 20 mil millones de barriles equivalentes a crudo –gas y petróleo-, superiores a las reservas convencionales de países como China, Kazakstán o incluso naciones del Medio Oriente como Qatar.

Ante esas cifras, hay dos visiones. Primero, la gubernamental. La que habla de un futuro con inversiones, empleos y desarrollos a granel y de una economía revitalizada con el arribo de la industria petrolera, así como de miles de ingenieros mexicanos y extranjeros que requerirán de servicios, centros comerciales, cines, tiendas, hospedaje y alimentos en pequeños pueblos que deberán transformarse prácticamente de la noche a la mañana, como ha sucedido en los boomtowns creados por el fracking en Dakota del Norte y al sur de Texas.

La otra perspectiva es la de un cada vez más activo y combativo movimiento ecologista local, que pide discutir a fondo los riesgos que conlleva el fracking, como se ha hecho en Europa, en donde varios países incluso han prohibido el uso de esta técnica por considerarla demasiado peligrosa, en especial debido al elevado número de factores desconocidos que la rodean. Como la duda sobre si genera sismos. O las recurrentes fugas de gas metano que la caracterizan. O la alta probabilidad de que químicos dañinos se filtren a los mantos acuíferos. Es decir, a la reservas de agua potable.

"Nos van a dar en la torre. No tienen idea de lo que están haciendo. Simplemente no hay agua suficiente en el estado y la que hay la van a contaminar", advierte Rodolfo Garza, integrante de la Alianza Mexicana contra el Fracking y ex director estatal de Ecología durante el gobierno de Rogelio Montemayor (1993-1999). "Esto –puntualiza- es un ecocidio".

La duda que consume en este momento a Garza y a muchos de los integrantes del movimiento en contra del fracking es de dónde saldrá el agua que se necesita para alimentar los pozos. En promedio, son necesarios entre diez y 40 millones de litros para crear el fluido fráctico utilizado para fracturar las piedras y lograr que el gas natural fluya a la superficie.

Luego entonces, argumentan los ambientalistas, la pregunta es a quién se tendrá que dejar sin agua en un estado semidesértico como Coahuila en el que la mayoría de los acuíferos se encuentran sobreexplotados y muchas ciudades ya sufren de escasez líquida. La Comisión Nacional del Agua estima que 30 por ciento de los acuíferos estatales ya están en números rojos.

"Un día le pregunté a Montemayor en una conferencia que de dónde sacaría en el agua y su respuesta me dejó helado. Dijo que la traerían de donde hubiera. ¿Pero y si no hay?", señaló Garza.

Montemayor revira explicando que en Texas se han construido 4 mil pozos por año desde la década pasada y que las autoridades de ese estado calculan que sólo ha sido necesario desviar el uno por ciento de las reservas líquidas a la producción energética.

"Lo que es un hecho es que la tecnología está evolucionando y cada vez se usa menos agua y se reusa más, además de que no tiene que ser agua potable. Coahuila es un estado seco, pero sí llueve y sí hay agua", dijo a este diario.

Por su parte, Eglentina Canales, actual secretaria del Medio Ambiente en el gobierno estatal, admitió que como con cualquier otra tecnología existen riesgos. Empero, será tarea de las autoridades vigilar que las empresas cumplan con la normatividad ambiental.

Enfática, Canales consideró que no quedan muchas opciones y que es prácticamente inevitable la transformación de Coahuila en un nodo de producción de gas y petróleo shale como ya sucedió al sur de Texas en Eagle Ford (MILENIO 21/01/14), por lo que ahora que se discuten las leyes secundarias de la reforma energética es el momento de sentar una regulación estricta que obligue a la industria operar dentro de márgenes seguros.

"La sociedad está demandando energía y no podemos ignorar eso. Sí, en Francia prohibieron el fracking pero ellos resolvieron sus necesidades energéticas con energía nuclear. Nosotros no y tenemos que entender de dónde vamos a sacar esa energía que necesitamos. Tenemos que entender que esto va a pasar y prepararnos adecuadamente", sostuvo Canales.

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El gobierno estatal estima que en menos una década habrá 10 mil pozos en una franja de adormilados municipios al norte del estado. La meta es clara: emular el milagro que ha traído miles de millones de dólares a Texas hasta convertirla en una potencia energética de nueva cuenta gracias a la técnica de perforación horizontal y fractura hidráulica.

Hoy, los primeros 3 pozos de prueba y exploración ya están siendo erigidos de forma conjunta por Pemex, el Instituto Mexicano del Petróleo y la transnacional estadounidense Geokinetics en el municipio de Guerrero, en lo que ha sido denominado como un "pote de miel" con varios potenciales millones de barriles. Fotografías proporcionadas a MILENIO por grupos ambientalistas muestran que en la zona ya se han abierto brechas y preparado campamentos que albergarán a decenas de trabajadores e investigadores.

Pero esto no es algo que se esté haciendo a escondidas. El gobierno estatal no ha ocultado su intención de ir a fondo. "Defiendo la extracción del hidrocarburo porque está en nuestro subsuelo", dijo en marzo pasado el gobernador Rubén Moreira, quien ha dejado en claro que para su administración es una prioridad repetir en Coahuila la experiencia texana con el fracking. En una presentación ante el gabinete, Montemayor planteó que uno de los efectos más claros en Texas ha sido el aumento vertiginoso del producto interno bruto per cápita, por lo que puede anticiparse que muchos coahuilenses se verían beneficiados de la súbita jauja.

Sin embargo, la conversión de Coahuila en el emirato mexicano es una promesa cuyos costos no quedan claros. Por ejemplo, una de las grandes preocupaciones es qué pasará con la industria carbonera -que por años ha representado la principal fuente de ingresos para miles de familias—y cuál será el papel del carbón si es que el gas natural termina por desplazarlo completamente.

"A mí esto me recuerda a todas las promesas que se han hecho a los mineros de carbón. A ellos se les dijo que iban a salir de la pobreza en las minas y han pasado los años y siguen igual. Esto es lo mismo", consideró Garza.

En lo que todos parecen coincidir es que Coahuila está en la vía de experimentar algo mayúsculo, un cambio de proporciones épicas. Bueno o malo, está por verse.

"Esto va a ser como la fiebre del oro en el Viejo Oeste", predice la secretaria Canales. "(El fracking) tendrá un impacto porque todas las actividades humanas tienen uno. Pero ahora es cuando tenemos que asegurarnos con una discusión racional y bien informada sobre qué necesitamos hacer para minimizarlo".

Las grandes preguntas siguen abiertas. Cómo definir de donde saldrá el agua para convertir el desierto en oro y y que tanto se dislocada la economía del estado al convertirse en uno de los principales productores de energía gasera y petrolera del país. Mientras esa duda se responde, en Coahuila –Coahuilarabia- los engranes de la maquinaria energética mundial parecen ya estar en movimiento.