El sueño americano terminó 'atorado' en el muro fronterizo

Edith, de 21 años, fue capturada, encarcelada y deportada porque, abandonada por el 'coyote' que la llevaba hacia Estados Unidos, a quien pagó 7 mil dólares, quedó atrapada en la barda que divide ...

San Salvador

Casi tres millones de salvadoreños viven en Estados Unidos. Eso representa una tercera parte de la población del país (6.2 millones de personas). Desde ahí envían remesas por cerca de cuatro mil millones de dólares anuales: el año pasado fueron 3,969 millones de dólares, equivalentes a 16.4 % del producto interno bruto (PIB) de El Salvador, según cifras del Banco Central de Reserva de El Salvador. Y los salvadoreños lo hacen, envían ese dinero, debido a que la pobreza es la segunda razón por la cual emigran hacia EU, de acuerdo con un estudio realizado por la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur). Las cifras del gobierno salvadoreño entregadas a MILENIO coinciden.

Pero detrás de las estadísticas hay vidas y peripecias de los migrantes, como la insólita historia de la joven que fue capturada, encarcelada y deportada porque, abandonada por su coyote… quedó atrapada en el muro fronterizo que separa Estados Unidos de México. Su sueño se esfumó a un milímetro de suelo estadunidense. A tres metros de altura…

*** 

Edith tiene 21 años. Su familia es pobre. Campesina. Es originaria del poblado de Metalillo, perteneciente al departamento (estado) de Sonsonate, ubicado a 90 kilómetros de la capital, a unos cuantos minutos del océano Pacífico. La joven —junto a 116 hombres y mujeres deportados— baja de un avión estadunidense que, encadenada de los pies, la trajo hasta San Salvador procedente de Alexandria, Luisiana.

Ella, que estuvo detenida más de dos meses en Houston, Texas, se ve feliz conforme avanza por su suelo, por la pista aérea, y una hora después, superados los trámites migratorios, va a fundirse en un abrazo con su madre que la espera en la calle.

Un par de horas más tarde, ya en su hogar de nuevo, Edith se trepa a una hamaca, luego se sienta en una silla, y narra su periplo, el de la pobreza que impulsa a millones más a migrar…

 *** 

“Me fui al ver la necesidad aquí en mi casa. A veces teníamos, a veces no.

“Me decidí para trabajar y ayudarles a ellos, a mis padres. Para que ellos no sufran ya. Ellos ya han sufrido para mantenernos, para vernos crecer. Y en mi mente pensé: ‘Ya que soy grande, tengo que poder ayudarles, porque ya están un poco mayores’.

“A veces uno no se pone a pensar en los peligros por la necesidad de uno.

    “Yo conocí al coyote porque la gente que se va antes tiene conectes. En México estuve como dos semanas. Pasé como ocho días en una bodega. Había como 30 o 40 personas más. Salían y entraban en la noche. De Honduras, Nicaragua, Guatemala y El Salvador.

      “Un sábado en la noche avisaron que querían cuatro mujeres. Y de ahí me levanté del suelo, porque dormíamos en el puro suelo con cobijas sucias. Nos llevaron a otra bodega y de ahí brincamos al río. De noche. El río se miraba que estaba bien planito pero por dentro como que llevaba remolinos, como que quería agarrar a uno. Y nos fuimos a otro lugar menos ancho. Íbamos 20 personas. Cruzamos y pasamos un montón de montañitas que nos herían la piel. Íbamos con suéteres. Las espinas nos iban mordiendo así los brazos. Eran espinas muy grandes. Ahí íbamos cuando miramos el mosco y nos agachamos. Un helicóptero bien pequeño. Íbamos a gatas y en ratitos salíamos corriendo. Arrastradas y a ratitos corriendo. Como tres horas así. Bien cansadas estábamos. No sabíamos dónde estábamos. Era de noche.

“En un monte se me enredó una raíz en el cuello. Quise correr y como que me jaló para atrás y todos me dejaron. Un muchacho hondureño me agarró y la rompió. Y salimos corriendo pero se me metió el pie en un hoyo. Como era monte no se mira nada. Y el monte se le enreda en los pies a uno. Y si uno no levanta bien los pies se cae. Va uno cayéndose y levantándose. Iba rezando.

      “Yo digo que, del cansancio que llevaba, de lejos ví que el muro era bien pequeño. Lo miramos pequeño todos. Pero cuando nos pusimos en frente vimos que era una gran reja y que era demasiado alta. Todos decíamos que nosotras las mujeres no la íbamos a pasar. Los hombres se pasaron primero. Ellos corrieron porque venía Migración y las mujeres tuvimos que tirarnos al suelo. Y pasó Migración y no nos vio. El coyote había sido el primero en huir. Regresaron los hombres otra vez para podernos ayudar pero las mujeres no podíamos porque los pies eran muy pequeños y se deslizaban. Nos dijeron que pusiéramos nuestros pies en las manos de ellos y ellos nos iban a ir empujando. Y nosotras con las puras manos teníamos que ir agarrándonos. Todas las mujeres, por el hierro, nos pelamos esto de aquí (antebrazos). Todo morado. 

      “De mi cansancio yo ya no podía más. Yo les dije que se fueran porque ya no podía, estaba muy cansada; había corrido mucho y (para) treparme a eso, como que mis fuerzas ya no me daban. Me dijeron que me iban a ayudar. A las otras muchachas que iban las pasaron. Y cuando yo llegué a la punta, vi que venía Migración, venía solo un carro, y les dije que venía Migración. Ellos se fueron. Para poderme pasar se me atoró esta pierna (la izquierda). Y quedé trabada en el muro. En la reja. Y no la podía sacar ni para pasar ni para darme vuelta. Una muchacha se aventó desde arriba y se dobló el pie. Otra se desmayó y ahí las agarró Migración. Yo, trabada arriba. Llegó el agente de Migración y me dijo que si estaba bien. Entonces yo le decía que por favor me ayudara. Y él marcaba y marcaba para que la ambulancia me fuera a levantar porque estaba muy alta la reja y él no podía. Como nunca llegó la ambulancia, él se trepó a ayudarme, y como pudo, con una mano me destrabó el pie. Él pudo levantarme el pie para que no me raspara. Y ya me bajó”.

—Te quedaste atorada en el muro de la frontera.

—Sí, yo ahí me quedé. Era el 2 de mayo. En la noche, como a las 2 de la mañana.

Ahí, a tres metros de altura, atrapada en la malla del muro fronterizo, se terminó el sueño americano de Edith, la migrante de origen campesino que huía de la miseria.

***

Carlos, el padre campesino de Edith, luego de acomodar a sus cinco vacas en un corral, dice: “Aquí es la pobreza la que hace que la gente emigre a otro país.

—¿Cuánto pagaron?

—Siete mil dólares.

—Les habrá costado ahorrar eso…

—Toda una vida. Es una pérdida. Era todo.

—¿Era todo el dinero que tenían?

—Sí, ajá…

    Carmen, la madre campesina de Edith va a secundarlo...

—Es muchísimo dinero, Carmen, siete mil dólares…

—Sí, es un dineral. Con ese dinero uno podría poner su negocio pero con el problema de la violencia que tenemos no podemos poner ningún negocio. Las extorsiones de las Maras. Si uno no da algo de dinero, pues se lo quitan a uno. Entonces uno no tiene dónde sobrevivir. No puede poner su negocio.

Jura Edith: “Muchas de las mujeres que estaban, presas en Houston, ahí tomamos la decisión de ya no volver a intentar cruzar porque es muy triste que nuestras familias estén aquí y nosotras tan lejos. Es muy triste.