ENTREVISTA | POR LILIANA CAVAZOS

Humberto Ríos Navarrete | Omar Meneses Periodista | Fotoperiodista

En 1994, Chiapas fue destino obligado de las asignaciones de los principales medios mexicanos; el fotógrafo Omar Meneses y el periodista Humberto Ríos, comparten anécdotas de aquella cobertura.

EZLN: Apuntes de libreta y negativos para revelar

Finca Liquidabar, Chiapas,1994
Finca Liquidabar,Chiapas,1994 (Omar Meneses)

Ciudad de México

1993. Humberto Ríos Navarrete regresaba de Nueva York. En la libreta del reportero había mil apuntes que quería vaciar en una crónica. Pero su publicación se pospuso.

En la redacción le aguardaba una nueva asignación: gira de trabajo del gobernador chiapaneco Patrocinio González Garrido por la entidad.

“Querían crónicas de Chiapas. Me llevé una primera plana, el conflicto del 94 se estaba gestando”, comparte Humberto.


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Omar Meneses cumplía sus primeros cinco años como fotoperiodista. Era un punto intermedio: ya no era novato, pero aún faltaban años para consagrarse. Esto parecía quedar claro cuando al darse a conocer la insurrección zapatista, no fue elegido para la cobertura.

El fotógrafo lo tomó con calma y pronto descartó la idea de andar por la selva tomando fotos. “Había compañeros con más años que yo, era lógico que los enviaran a ellos”.

Cuando dejó de esperarlo sucedió, y fue muy pronto. Pasó dos años de su vida yendo y viniendo: Chiapas-Ciudad de México. Se aferró a la selva porque entendió desde un principio que era una cobertura única… pero hubo una foto que nunca llegó.

Finca La Floresta, Chiapas, 1994. Omar Meneses.


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“Estuve ahí (en Chiapas), antes, durante y después del 94. Como un año antes de que el conflicto estallara, aquello ya se veía venir, pero era algo de lo que no se hablaba, a lo mejor porque esas movilizaciones siempre se han dado, que se yo, y el gobierno no les tomó importancia, pero la situación siempre estuvo ahí”, Humberto Ríos Navarrete.

“Estuve ahí (en Chiapas), antes, durante y después del 94. Como un año antes de que el conflicto estallara, aquello ya se veía venir, pero era algo de lo que no se hablaba, a lo mejor porque esas movilizaciones siempre se han dado, que se yo, y el gobierno no les tomó importancia, pero la situación siempre estuvo ahí”, narra Humberto.

En aquel 93, cuando el reportero anduvo en Chiapas, anotó los detalles de la vida en las comunidades de la selva en la misma libreta donde describió como brillaban las luces nocturnas de Nueva York.


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El seis de enero de 1994, Omar Meneses llegó a Chiapas. Ya no había tiempo para digerir cómo fue que de un segundo a otro sus jefes resolvieron enviarlo. Había que tomar fotos.

Todos hablaban de Marcos. “Era el centro de atención”, recuerda Omar. “Todos (los fotógrafos) buscaban la foto del zapatista”.

Omar hizo base en San Cristóbal de las Casas. En los siguientes 24 meses viajaba a la Ciudad de México para hacer pequeños descansos; la mayor parte del tiempo estaba en Chiapas.

Su ojo en el visor, el dedo índice derecho bailando en el disparador mientras la mano izquierda abre y cierra el obturador manual tantas veces sea necesario hasta que la luz ideal lo permita.

Tuvo a Marcos de frente. La cámara hizo click. Sacó fotos de los zapatistas, en la zona que ellos bautizaron como “La Realidad”, también estuvo en Guadalupe Tepeyac. Disparando fotos desde un jeep en movimiento, desde lo alto de una colina y a veces recargado junto con su cámara a ras de suelo.


La Realidad, Chiapas, 1994. Omar Meneses.

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La cobertura del 93 dejó una primera plana que el reportero Ríos Navarrete logró durante una cobertura en Ocosingo, donde el gobernador realizaba un acto público.

Era la suma de todos estos elementos: maestros de la CNTE externando sus reclamos al mandatario estatal, indígenas campesinos preocupados y molestos por la tala de árboles y por la desigualdad, un gobernador prometiendo cárcel para quienes realizaban la tala ilegal. Era el mismo gobernador que promovía con senadores temas como la legislación pro aborto y del que se presumía había encarcelado al párroco de Simojovel, Joel Padrón.

El reportero recuerda el calor de su emoción y sonríe; “me emocionó tanto la nota que la mandé; había mucho de qué hablar, había mucho que decir de Chiapas, porque para donde quiera que voletabas había una crónica, estaban pasando cosas en Chiapas pero no las estábamos viendo hasta que llegó Marcos”, recuerda.


“El pasamontañas era tan impersonal (...) no me gustaban tanto las fotos de los zapatistas, era algo tan inexpresivo. Yo prefiero los rostros. Había tantas cosas que fotografiar”, Omar Meneses.

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“El pasamontañas era tan impersonal”, recuerda Omar. “No me gustaban tanto las fotos de los zapatistas, era algo tan inexpresivo. Yo prefiero los rostros. Había tantas cosas que fotografiar”.

Poco a poco, Omar y sus colegas se aprendieron los caminos de la selva. Iban con los zapatistas, con el ejército, con la gente a las demás comunidades. Había de todo en la camaradería de la prensa: los que querían regresar pronto a casa, los que como él se aferraban a esa cobertura histórica y los que hablaban de más.

“Había unos que se ponían ‘corresponsal de guerra”, platica. Es cierto, había días quietos y otros de mucha actividad y flujo de adrenalina. Pero para él, a la firma de la foto sólo valía el llano término “corresponsal”. Así, sin decoros.

Aún así no había mucha distancia con la palabra “guerra” y su significado, porque al igual que aquellos, los ‘corresponsales de guerra’, había que andar con un pañuelo blanco.

Una tarde, Omar y sus colegas alzaron ese pañuelo. Lo levantaron como bandera implorando cese al fuego.

“Un helicóptero nos disparaba, fue algo que nos costó trabajar platicar”. Los reporteros y fotógrafos que integraban la comitiva soltaron sus cosas y se resguardaron bajo unos arbustos, porque la aeronave militar había detectado movimiento y disparaba al azar.

Ninguna bala dio en ellos, convirtiendo la anécdota en increíble. “Nos decían que no era cierto, porque nos decían que si un helicóptero nos hubiera disparado, pues nos hubiera dado”.


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2001. Humberto estaba de vuelta en Chiapas. Era la tercera vez que andaba por esos lares en cobertura. Esta vez la selva fue caprichosa; él y su fotógrafo se perdieron en los caminos.

Cuando llegaron a una comunidad, los zapatistas increparon a su fotógrafo. “Le decían que él era el hijo de un terrateniente y no lo querían dejar ir”. Convencer no fue fácil: mostraron la credencial del periódico para el que trabajaban y sus credenciales de elector.

Se repusieron del miedo y prosiguieron. De nuevo en la caprichosa selva. Mientras el fotógrafo conducía, Humberto escribía su nota para dictarla inmediatamente llegaran al hotel. Esta vez era una crónica acerca de un enfrentamiento en el que habían muerto varias indígenas; uno de ellos, un zapatista encapuchado que vestía una camisa de la Virgen de Guadalupe.

Llevaban también la foto, pero si querían que se publicara, el fotógrafo y el reportero debían ganarle a la oscuridad de la selva. No pudieron.

“Cuando llegué alcancé a dictar la nota, y el fotógrafo mandó la foto pero ya no llegó al cierre de edición”.


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En medio de la selva, Omar y sus colegas se detuvieron a un par de kilómetros donde estaba un campamento de los zapatistas. “No nos dejaron avanzar”. Los zapatistas prometieron a los fotógrafos y reporteros que iban a analizar si les permitían el acceso.

Sin más remedio, el equipo montó un campamento en la selva. Esperaron una semana para la respuesta, mientras, tenían prohíbo tomar fotografías.


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1994. Otra vez en Chiapas. Los comunicados de Marcos no eran enviados a todos los medios de comunicación, pero, con suerte –de reportero-, Humberto conseguía la información. No siempre se podía, así que el periodista giró su vista a otro lado.

El otro tema en Chiapas, eran los desplazados, el efecto dómino que recaía sobre los dueños de pequeñas parcelas y ganaderos de dos vacas. Marcos no era fácil.


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Zincatán, Chiapas, 1994. Omar Meneses.


Cada día, los zapatistas bajaban hasta el campamento de Omar y sus colegas para llevarles comida.  Para Omar, comer fue un suplicio, porque la comitiva que traía los alimentos, conformaban para el un retrato imposible.

“No podía sacar mi cámara”, y lo repite Omar tres veces más en la entrevista. Con resignación, con enojo y con ironía.

Era la teniente Matilda, una zapatista ataviada del pasamontañas, cargando armas largas en el lomo, con una rielera cruzada en el pecho, con botas negras llenas de barro,  bajando por un camino serpenteado, blanco, rodeado de maleza verde.

Detrás de ella los hombres, sus hombres cargando itacates. Y de pronto la mujer, sus botas y su poderío pisan un charco. El agua se ondula y pequeñas mariposas blancas se escapan.

Aquella imagen es hoy un negativo que el fotógrafo revela narrando recuerdos.


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2014. Ya pasaron 20 años, y también un poco más de cuando Humberto estuvo en Chiapas. De Marcos, del gobernador, de los indígenas.

A la pregunta expresa ¿qué te queda de Chiapas?, el reportero y cronista dedica una pausa. Un silencio. Y luego, en privado, apunta algo para su cuaderno.