Deportados de EU plasman su 'derrota' en lienzos

Decenas de indocumentados que llegan a ese sitio no superan la depresión que significa haber sido expulsados del vecino país y se suicidan; otro grupo importante vuelca esa energía en la pintura.

Reynosa, Tamaulipas

Para un deportado, digerir la derrota de haberlo perdido todo en Estados Unidos y de repente encontrarse nadando en el caldo criminal de Tamaulipas dura varios días. Pasado el tiempo, algunos se cansarán de la depresión, tomarán sus cosas y volverán al sur, con maletas sucias y carteras vacías, además de un relato espectacular que contar a familias a las que hace mucho no han visto. Sobrevivieron y eso en la frontera chica ya es ganancia en estos días.

Otros no y entre esos se encuentran algunos verdaderos artistas. Me explico: no es para todos aquello de asimilar de inmediato el golpe de que su vida como la conocían terminó y que fueron desechados por la Border Patrol en Reynosa, al alcance de depredadores como halcones, coyotes y polleros.

Sufren luego de perder la casita en el suburbio, el empleo en el mall, la rutina en alguna parte de América, además de amigos, familia, novias y novios que están al otro lado del río Bravo. Parten de cero y se deprimen en serio. A veces quieren suicidarse. Tienen emociones intensas atrapadas dentro.

—Hijo, he visto y oído cosas terribles —cuenta Francisco Gallardo, sacerdote de la Casa del Migrante de Reynosa, un oasis para indocumentados mexicanos y centroamericanos en una de las zonas más peligrosas del país.

De esas cosas terribles, muchas indecibles, no se habla por seguridad y porque aquí el que abre la boca corre el riesgo de que se la cierren a la mala. Mejor, se pinta. Que las acuarelas expliquen: Como parte de sus terapias psicológicas, se insta a los migrantes deprimidos a pintar lienzos con sus experiencias en la frontera mexicana y Estados Unidos. Es un ejercicio que intenta ser catártico y que a la vez ha servido para crear testimonios artísticos y vívidos del infierno fronterizo.

Los cuadros, que uno puede adivinar han sido pintados en sesiones furiosas y emotivas, son tan sorprendentes como inquietantes. Uno muestra a hombres de negro, bajo un cielo estrellado, apuntando con armas a un grupo de migrantes. En otro, una fila de personas es utilizada como tiro al blanco por un policía. En el centro se ve el río, dividiendo a México de Estados Unidos.

Del lado mexicano, un hombre cocina a un migrante vivo. La cabeza de algún desafortunado asoma de un saco. La pesadilla convertida en arte.

Muchos de esos cuadros adornan la oficina de Edith Hinojosa, delegada en Reynosa del Instituto Tamaulipeco del Migrante. Los atesora. “Me encantan. Son hermosísimos y muestran su proceso de recuperación. Pintar les ayuda a expresar sus emociones”. ¿Y qué mejor alimento para un artista que emociones fuertes, de esas que aquí en una tierra que vive en guerra abundan?

II

Los sacerdotes y monjas cuentan que a veces la cosa termina mal, con una sábana alrededor del cuello, una navaja en la muñeca, un puño de pastillas en la panza y los paramédicos luchando por revivir a un migrante que ha decidido rendirse.

Para muchos mexicanos deportados, la Casa del Migrante de Reynosa juega el papel de refugio del crimen organizado, diván de psicólogo y paño de lágrimas. Aquí llegan a diario decenas de desechos humanos, andrajosos hombres y mujeres a los que la migra arrancó de sus vidas, hogares y familias en Estados Unidos.

Llegan sumidos en profundas depresiones y conmocionados, la expresión del fracaso mismo marcada en sus rostros.

“Esta casa es una experiencia dura”, dice Gallardo. “Vienen demolidos. Hechos pedazos. Lo perdieron todo y tenemos que luchar para que muchos no se suiciden”.

El gobierno del estado reconoce esa realidad. “Los vemos totalmente derrotados”, dice Hinojosa. “Pero tenemos que ayudarlos a levantarse”.

Y a veces esa recuperación, añade, parte de un pincel, unas acuarelas y unos cuantos lienzos para llorar la derrota.