Los intentos por paliar el hambre en Guerrero

A 2 años de su inicio, la Cruzada Nacional contra el Hambre presenta avances en el municipio Mártir de Cuilapan, que tenía grado de marginación "muy alto" y de rezago social "alto".

Mártir de Cuilapan, Guerrero

Este municipio de más de 17 mil habitantes, localizado a 35 kilómetros de la capital guerrerense, fue escogido hace dos años como enclave rural piloto de la Cruzada Nacional contra el Hambre. Y vaya que había razones para que se tomara tal decisión.

De acuerdo con indicadores oficiales (censo de 2010 y datos más recientes de Coneval) que el gobierno federal halló en 2013, Mártir de Cuilapan tenía un grado de marginación "muy alto" y un grado de rezago social "alto". Casi ocho de cada 10 pobladores (78%) tenían un ingreso máximo equivalente a dos salarios mínimos: $126 pesos al día. Aproximadamente nueve dólares por jornada.

Casi nueve de cada 10 personas vivían en pobreza (86%). Tres de cada 10 (35%) subsistían "en pobreza extrema y sin acceso a alimentación". En los "indicadores de carencia", casi la mitad, cuatro de cada 10 (47%), padecía "carencia por acceso a la alimentación".

¿Qué es lo que ha ocurrido dos años después? Tres de cada 10 personas con hambre ya son auxiliadas permanentemente (35%), pero todavía seis de cada 10 habitantes (65%) del total (5 mil 950 habitantes) subsisten en esas condiciones, si se basa uno en los datos oficiales de la población que es atendida en comedores y escuelas donde les dan alimentos cada día.

Lo primero que se hizo para intentar paliar el hambre fue constituir, con ayuda del Ejército, siete comedores comunitarios que ayudan diariamente a más de mil habitantes. Adicionalmente en 19 escuelas se proporcionan desayunos a más de mil alumnos de preescolar y primaria. Es decir, se atiende a alrededor de 35% de la población que estaba en pobreza extrema y que padecía hambre (2 mil 82 personas).

También se apoyó a 2 mil 100 productores de maíz con semilla mejorada. Asimismo se ayudó a mil 350 familias con proyectos de traspatio para elaborar 130 toneladas de alimento y una producción adicional de maíz de mil 100 toneladas por año, lo que se destina en 90% al autoconsumo.

Sin embargo, con estos últimos datos no es posible saber aún si esa gente dejó de padecer hambre permanentemente o no, y menos si salió ya de la miseria: serán las mediciones de Coneval y el Inegi las que lo determinen. En su más reciente reporte sobre la cruzada, del 17 de diciembre pasado, Coneval señala: "La observación en campo muestra que la población objetivo de la estrategia (población en pobreza extrema con carencia alimentaria) efectivamente tiene carencias importantes y un muy bajo nivel de ingreso, en zonas de atención prioritarias tanto rurales como urbanas".

De forma más rotunda, apunta: "En el trabajo de campo se observó que la capacidad productiva de los pequeños productores rurales es limitada y no hay suficientes herramientas de política pública para mejorar esta situación".

A quien sí le ha empezado a cambiar la vida es a los habitantes que, más allá de la comida diaria que reciben para paliar el hambre, se han involucrado en proyectos productivos. El gobierno federal ha financiado 122 de este tipo con una inversión de 32 millones de pesos. Con ello se generan 625 empleos directos permanentes, que son valiosos por aún insuficientes para el tamaño de la población afectada por la miseria (más de cinco mil personas).

Y es ahí donde han surgido algunas estampas de lo que es la lucha cotidiana para salir de la miseria...

LOS CARPINTEROS

Hueyitlalpan es una de las 19 localidades que existen en el municipio de Mártir de Cuilapan. Tiene mil 800 habitantes. Su grado de marginación es "muy alto" (Conapo). Julio Navarrete forma parte de una familia de carpinteros que lleva 20 años martillando y tallando madera. A través del Instituto Nacional de la Economía Social se le financió la adquisición de 15 máquinas con un valor de 150 mil pesos. Aquí, en su pequeño taller, en medio del ruido de las pequeñas y relucientes sierras eléctricas, sus ojos literalmente brillan cuando narra cómo les ha mejorado la vida a él y a la docena de personas que laboran en su negocio: Navarretes carpinteros.

—Ahora todo es más preciso, más rápido, podemos tener más competencia. Entregamos un mueble de más calidad. Tenemos pedidos a diferentes partes de la región. Por ejemplo, vamos a Acapulco, Iguala, Cuernavaca, incluso a Puebla hemos llegado.

—¿Y los ingresos mejoraron?

—Ah, sí, bastante. Ya podemos ganar un poquito más, tener más gente con nosotros trabajando. En sí, de como estábamos antes, hoy hay más monedas, nos va quedando un poquito más.

—¿Cuántos escalones han subido ustedes encima de la pobreza?

—Pues yo creo que ya vamos subiendo quizás unos siete, ocho escalones. Pues carambas, es mucho más. Más-más-más. No nos podemos quejar...

MIEL QUE SABE A EUROS

Moisés Morales y sus hermanos producen miel desde niños. Miel Tierra Grande se llama su marca. Son ocho socios que benefician laboralmente hasta a 60 personas. Tienen hasta cosméticos caseros pero son manufacturados de forma casera con polen y jalea real. Cuentan con criadero de abejas reinas. Con ello han logrado ganar hasta 200 mil pesos al año, 16 mil pesos mensuales. Pero ahora han adquirido maquinaria financiada por el gobierno y en una enorme construcción de cemento que sobresale en medio de los hogares modestos de Hueyitlalpan, los Morales piensan ya en certificar su producción y exportar hacia Europa. Con una enorme sonrisa de esperanza, Moisés da a probar la deliciosa miel, presenta a sus trabajadores que raspan los paneles de madera que han recogido en el campo, y cuenta: "Hacerlo a gran escala te implica un recurso. Y un recurso fuerte. Gracias a Dios el gobierno nos ha apoyado y ese recurso nos ayudará a buscar la certificación más rápida. Un añito más y a lo mejor ya estamos certificados. Al certificarnos podemos adquirir un mejor precio para la venta de nuestro producto. Realmente la certificación es un paso para la exportación, para la industrialización.

—Les puede cambiar la vida...

—Sí, definitivamente. El hecho ya de pensar en exportar, lo mejor, estamos pensando ya en los euros —ríe sonoramente.

SOMBREROS QUE BUSCAN CABEZAS

Zotoltitlán tiene casi 2 mil 300 pobladores que viven con un grado de marginación "alto". Los campesinos, desde que recuerdan, han cortado palma en los cerros. Las mujeres, a donde van, tejen las tiras de la planta. Sentadas, paradas, calladas, hablando, sus dedos todo el tiempo hacen rápidos movimientos: hilan el producto. Siempre lo han vendido en tiras por las que les pagan una miseria: 2 pesos por cada cinta de 20 metros.

Son intermediarios quienes se las compran para llevarlas a lugares como Chilapa, donde artesanos les dan forma de sombreros, manteles, canastas, etcétera. Y ahí esas artesanías se venden a buenos precios.

Elena Jerónimo Chauteco y un grupo de nueve mujeres más oriundas de este remoto lugar dicen que ellas son las verdaderas artesanas, que ellas son las que deberían ganar buen dinero. Por eso se organizaron y el gobierno federal les financió la adquisición de máquinas de coser, moldes para sombreros y una prensa que trabaja a base de gas. Una inversión de más de 100 mil pesos.

Y aquí anda las señoras del pueblo, con la ilusión en la mirada de vender sus sombreros, mantelitos, tortilleros y canastas.

Dice Elena, en cuya casita están las máquinas: "Cuando me dijeron que salí con mi taller no lo podía yo creer. Las máquinas, aunque a veces me muerden mis dedos, máquinas borrachas o enojadas (bromea), nunca se casan. Puedes estar cosiendo 24 horas la palma".

Pero hay un problema: la comercialización. Los intermediarios no les quieren comprar sus productos, quieren seguir explotando a las campesinas por 2 pesos la cinta.

"Si encontráramos mercado tendríamos dónde entregar nuestra artesanía. Y tuviéramos más ingreso. Y nuestros esposos ya no emigrarían a Estados Unidos".

—Sin mercado esto no va a funcionar.

—No. Sí funcionaría y sí saldríamos de la pobreza si tuviéramos un lugar donde llevar nuestra artesanía. Quisiera que si algún proveedor me llegara a ver que me compre mis sombreros. Quiero vender sombreros. Ya no quiero que mi esposo emigre a Estados Unidos —ruega y las demás mujeres asienten.

—Si no consiguen, dicen, se frustrarán y quedarán como siempre: en la miseria. Y el proyecto no habrá servido para nada.

JITOMATES ANTIINMIGRANTES

Isela Godínez es una mujer cabeza de un grupo de campesinos (15 familias) también de Zotoltitlán. Apenas en mayo empezaron a funcionar sus dos invernaderos de jitomates. Antes estuvieron en una "etapa escuela" donde los capacitaron agrónomos.

Nos invitan a comer. Están casi eufóricos: "Entregamos cada ocho días 110 o 115 cajas de jitomate por cada invernadero. Son 30 kilos por caja que nos pagan a 200 pesos cada una".

Son alrededor de 46 mil pesos divididos entre 15 familias cada semana: tres mil pesos para cada una, más de 12 mil pesos al mes por familia.

—Eso les puede cambiar la vida...

—Sí, es lo que esperamos y lo que queremos: que nos cambie nuestra vida —dice la orgullosa mujer que obliga a los visitantes a tomar precauciones para ingresar a uno de los invernaderos: solo de tres en tres pueden entrar, después de que se lavan las manos y de cerrar rápidamente la puerta para que no ingrese "la mosca blanca" que eche a perder la cosecha de enormes frutos rojos.

—Va siendo un antes y un después del invernadero.

—Sí. Antes nuestros maridos tenían que salir a trabajar fuera. Muchos de los compañeros tenían que emigrar al otro lado. Y ahora no, ya tenemos un trabajo estable y fijo. Con el tiempo pensamos generar empleo para que se beneficie mucho más gente.

"Sí, tenemos muchas esperanzas de que esto cambie nuestra vida. Queremos un futuro mejor para nuestros hijos".

Estampas de la lucha para salir de la miseria. Muchos más sueñan con oportunidades . Como los productores de mezcal, que buscan elaborar en condiciones de higiene su bebida (no al aire libre), certificarla, embotellarla y ganar dinero que ahora se llevan otros.