“Se va perdiendo la guerra contra el narcotráfico”

José Mujica, presidente de Uruguay, considera que no es un problema que se resolverá con más violencia.

Guadalajara

El presidente de Uruguay, José Mujica, advirtió este domingo, durante una charla en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, que la guerra contra el narco (“una guerra sorda y declarada que no queremos ver intelectualmente”) se va perdiendo.

Afirmó que el narcotráfico está envenenando a la sociedad y al Estado en todo el Continente, consideró que no es un problema que se resolverá con más violencia, e invitó a los mexicanos a no desgarrarse en este lucha y pensar si no deben emprender otro camino, como el que ha seguido su país, donde se decidió despenalizar todo lo relativo a la producción, comercio y consumo de la mariguana.

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El hombre, canoso y bigotón, oriundo de Paso de la Arena, cerca de Montevideo, se portó bien. El viejo de 79 años, de andar lento y dificultoso, se comportó de acuerdo con la etiqueta impuesta por la diplomacia mexicana. Hace apenas unas semanas había dicho que el caso Ayotzinapa evidenciaba que en México había un Estado fallido. Días después, ante la molestia del gobierno de nuestro país, se tuvo que desdecir. Así que charló amablemente, cortésmente, diplomáticamente con Ricardo Rocha. Lo hizo ante cientos de personas que abarrotaron el enorme salón Juan Rulfo de la FIL.

De traje claro sin corbata, llegó casi una hora tarde a la cita, pero aun así fue ovacionado el hombre del vochito azul celeste (fusca, le llaman a ese modelo de vehículo en Uruguay), el auto modelo 1987 placas SAD-1653, valuado en 70 mil pesos, que ha querido comprarle un jeque árabe en un millón de dólares, el mismo que ha intentado adquirir el embajador mexicano en su país, Felipe Enríquez, quien ofreció cuatro camionetas todo terreno a cambio.

Pero nada, el ex guerrillero del Movimiento de Liberación Tupamaro, el “ateo, pero no blasfemo, porque hay Iglesia abominable, pero también del corazón”, el que dice de sí mismo que siempre fue un poco loco porque en su juventud era pecado querer cambiar el mundo, el lector que establece que el portugués es el hermano dulce del castellano y más si lo pronuncia una mujer, el ranchero que tiene una perrita de solo tres patas, el mandatario que ha sido mencionado por la revista Time como una de las personalidades más influyentes del mundo, el mismo ser que pasó 15 años preso, este hombre bajito de mirada pícara que durante su insurgencia recibió seis balazos (dos de los proyectiles permanecen en su cuerpo), el que fue detenido cuatro veces, pero que se fugó en dos ocasiones, el hombre que dice que la cultura y el idioma se hace en las cárceles, este peculiar político que cada mes renuncia a 90 por ciento de su salario y que se niega a vivir en la sede presidencial, según decía Rocha, declina afablemente —una vez más— a vender su cochecito cuando el periodista le pide que lo haga, que lo deje en México, como un recuerdo emotivo de su visita:

“Los fierros no tienen sensibilidad”, bromea. Rocha lo estimula entonces para que hable de Ayotzinapa, pero él es toda cortesía hoy:

—No se olviden que soy Presidente por ahora. No me hagan alargar el rollo —suplica, y la audiencia, que le festeja todo, ríe. Eso sí, enfatiza cuando habla del narco. Sube el tono de su voz cuando afirma que este es un problema que proviene de la desigualdad:

“Somos el continente más desigual y el más violento”.

También cuando dice que esta guerra no se va ganando.

—Antes, el mundo delictivo tenía códigos. Ahora es plata o plomo. Hay una epidemia del sicariato. Las cuentas se arreglan hoy a balazos, de arriba o debajo de la cintura, según convenga. Esta guerra se está perdiendo.

El presidente de Uruguay se pone serio cuando alude a los riesgos de infiltración de los criminales en todos los ámbitos del Estado, del Estado de cualquier país. Narra lo que le dijo un alto militar de su oriental república.

“No nos vayan a meter a nosotros en esta guerra, porque los únicos granadazos que no resiste el Ejército son los de 100 dólares.”

Por ello, Mujica dijo que los países no deben seguir haciendo “lo mismo”. Y por eso mismo su país, recordó, ha intentado “algo distinto”: regular toda la cadena productiva de la mariguana. “Hay que combatir el mundo conservador del prejuicio”, dijo.

Pasaban los minutos y el activista social desde los 14 años (“y hasta que los huesos respondan”, subrayó), volvía a México y al mundo de las drogas en el continente.

—México, tan cerca de Dios, pero tan cerca del mayor mercado de droga (aludía a Estados Unidos). No se desgarren como sociedad. Hay que romper el mercado. Hay que mitigar sus consecuencias funestas, hay que rescatar a los jóvenes. Discutamos estas cosas y no nos matemos. No se resuelve esto a garrotazos. México no se va a pulverizar por esto. Hay un camino de justicia e investigación policial. Es el camino que va a encontrar México. No pido que estén de acuerdo, pido que lo piensen.

Cerró hablándole a los jóvenes mexicanos, a esos que por estos días andan en las calles: Siempre amanece después de las noches. Los únicos derrotados son los que dejan de luchar. No hay premio, tierra prometida al final del camino, el camino es el premio.