Los 'templarios' se están quedando sin espacio

Fueron barridos del retén en La Mira por autodefensas, quienes ahora esperan dar la arremetida final en Lázaro Cárdenas.
Un autodefensa revisa su arma en la entrada de un poblado costero.
Un autodefensa revisa su arma en la entrada de un poblado costero. (Héctor Téllez)

Caleta de Campos, Mich.

Junto al Océano Pacífico, la guerra michoacana se está terminando. Aquí se percibe el principio del fin, con las que probablemente serán las últimas grandes movilizaciones de las autodefensas en el conflicto por erradicar a Los caballeros templarios.

Hasta hace unos días y durante varios meses, el retén de La Mira, un desfiladero desde el que se puede apreciar el mar y controlar varios kilómetros a la redonda, fue la frontera informal que marcaba el límite entre el cada vez más pequeño territorio templario y los poblados de pescadores que ya están bajo custodia de las autodefensas en la costa de Michoacán, a unas dos horas de camino al oeste de Lázaro Cárdenas.

Desde el domingo pasado, la zona está libre: las últimas trincheras templarias en la carretera, entre las playa La Saladita y La Nopalita, fueron reventadas en un enfrentamiento armado que dejó a cinco presuntos sicarios muertos. Eran los encargados de comandar los retenes, compuestos por sacos de arena y enramadas y en los que hoy yacen abandonadas maletas, ropa, alimentos, tiendas de campaña y cigarrillos, además de, extrañamente, algunos juguetes. En el piso hay charcos de sangre evaporada.

En su restaurante, ubicado a solo unos pasos, Laura pudo ver el inicio de la batalla, cuando en varias camionetas decenas de autodefensas se lanzaron por el control del puesto de vigía templario, en lo que se podría definir como una blitzkrieg de trocas, un asalto en masa diseñado para sobrecoger al rival. "Escuchamos la balacera y nos metimos a la casa", narró esta chica, embarazada de varios meses. El choque se prolongó por varias horas, tiempo durante el que la Policía Federal —en su papel de acompañamiento de los comunitarios— tocó la puerta para pedirles evacuar la zona.

—Puede haber más balaceras, señora. No están seguras aquí— dijo un oficial federal.

No se equivocó. Las hubo y el retén —que marcaba uno de los últimos puntos de resistencia abierta de los templarios en la zona— fue barrido por completo, evidenciando también que la diferencia de poder de fuego entre templarios y comunitarios ya se ha inclinado fuertemente a favor de los segundos.

La ofensiva del domingo tiene ahora a las autodefensas a menos de una hora de distancia de Lázaro Cárdenas y con el camino franco hacia el puerto más importante del Pacífico michoacano, listos a dar el golpe final sobre una de las pocas grandes ciudades del estado que aún no controlan y en la que se sospecha aún hay varios operadores del grupo criminal encubiertos.

Los templarios se están quedando sin espacio.

La Mira fue la frontera. Ya no lo es. Este paraje a la altura del kilómetro 33 de la carretera Tecomán-Zihuatanejo, se convirtió desde febrero pasado en la línea informal del frente de batalla noroccidental michoacano, un arco de unos 200 kilómetros que se extiende desde Aquila y Coalcomán, en las fronteras con Jalisco y Colima, hasta los suburbios de Lázaro Cárdenas y en el que poco a poco se ha eliminado toda la resistencia templaria.

Fue el 24 de ese mes cuando la primera columna de autodefensas entró a Caleta, un poblado junto a la playa coronado por una pequeña bahía y arenas blancas. Hasta entonces, había sido utilizado como centro vacacional por sicarios al mando de Pablo Toscano Padilla, El 500 o El Quinin, jefe de plaza en la zona.

"Aquí armaban sus fiestas. No teníamos tantos problemas con secuestros. Más bien era cobro de piso", dijo Javier Anguiano, jefe de tenencia de la localidad, que básicamente es solo un anexo al municipio de Lázaro Cárdenas. Quizás debido a su infraestructura turística, Caleta capoteó los años de dominación templaria con un reducido número de desaparecidos, aunque sí los hubo: durante las operaciones de limpieza en los campos circundantes al menos dos cuerpos fueron descubiertos en fosas clandestinas.

Pero Caleta cayó sin un tiro y durante las últimas semanas ha servido de punto final a la larga cadena de suministros de las autodefensas, un camino que tiene en la retaguardia a los bastiones de Aquila y Coalcomán. Apenas el lunes pasado, José Manuel Mireles estuvo en la zona, verificando los preparativos para la irrupción a Lázaro Cárdenas.

El camino, una carretera que abraza la costa a lo largo de varios kilómetros de playas de arena blanca, está prácticamente despejado, patrullado por vehículos con listones rojos, el nuevo distintivo de los autodefensas. "Ya estamos esperando para avanzar pero la Policía Federal nos tiene esperando", dijo un comunitario.

En el pueblo, decenas de camionetas y cientos de hombres están a la espera de la orden para movilizarse. El objetivo yace al alcance de su mano: barrer y limpiar Lázaro Cárdenas de los últimos templarios, hoy ya sin puestos de mando, sin radios, con sus ingresos mermados y sus principales liderazgos en fuga o abatidos.

Armado del optimismo que les ha brindado una serie de victorias consecutivas, en el escuadrón de autodefensas apostado en Caleta de Campos se asegura que ya solo es cuestión de tiempo para algo que en toda la definición de la palabra ha sido una guerra, termine. "Pronto", resumió un comunitario sonriente.