“Si regresas te vamos a matar...”

Integrantes de la 'autodefensa' de Buenavista Tomatlán entablaron el sábado un juicio contra un agrónomo; fueron a su casa, lo sacaron, lo acusaron de pertenecer a los 'templarios' y lo expulsaron ...

La Ruana, Michoacán

La violencia por la guerra entre narcos y autodefensas en la Tierra Caliente de Michoacán ha causado mucho daño: no solo ha provocado cientos de asesinatos y desapariciones, sino que también ha ocasionado que las comunidades se dividan y se enfrentan entre sí.

El sábado pasado el comando femenil de las autodefensas del poblado de La Ruana, ubicado en el municipio de Buenavista Tomatlán, decidió hacer un juicio sumario contra un ciudadano en la plaza central del poblado: lo acusó de colaborar con el cártel de Los caballeros templarios. De ser hermano de un narco. Y fueron por él. Una muchedumbre fue a buscarlo a su casa para expulsarlo del pueblo de 10 mil habitantes. MILENIO, que iba a reportear otro asunto, grabó las imágenes…

***

Sábado 5 de octubre. 17:45 horas. Zócalo de La Ruana.

Una docena de mujeres encapuchadas caminan por un templete. Toman un micrófono. Llevan camisetas blancas de las autodefensas. Están armadas con escopetas. Hablan del acusado. La gente se empieza a arremolinar. Hombres, mujeres, adolescentes y hasta niños. Dicen que es templario. Alguien desde la plaza dice que no, que sus hermanos eran los narcos. Está bien. Pero cuando el pueblo se levantó en armas contra Los templarios en mayo pasado, en vez de quedarse con la raza, se fue con ellos, explica una de las chicas-escopeta. No hay defensa posible contra el inculpado. La justicia de la plaza siempre se decide en turba. Más en esta tierra de miedos y sangre, donde todos buscan sentirse cobijados.

—¿Vamos? ¡Vámonos!.. —ordena la comandanta del pelotón femenil.

Y, sí, ahí van, una cincuentena de ruanenses se echan a andar rumbo al domicilio del acusado. No solo ellos: rugen motonetas. Decenas de motonetas enfilan hacia allá. Todos avanzan un par de cuadras. Las mujeres defensoras del pueblo toman sus radios y teléfonos casi al unísono. Unas cogen una calle y las otras rodean una manzana. Les avisaron que el hombre, enterado por alguien de que iban por él, intentaba huir. No lo logró…

18:30 horas. Frente a la casa del acusado.

El hombre está pálido. Yace sentado en la jardinera, a la entrada de su domicilio. Lo acompañan su esposa, su cuñada y sus hijos. Las mujeres autodefensas han cedido la iniciativa a sus compañeros, a los hombres. Lo increpan. Una y otra vez. Le reprochan que se fue con Los templarios. Que esta guerra ha costado muchas vidas al pueblo. Llegan dos viudas. Le espetan de todo. Que por qué se largó. Arriban heridos. Campesinos limoneros que en las batallas de mayo se la rifaron contra los narcos. Que si quiere ver las heridas, le ofrecen. Él alega que no es narco. Que él no hizo nada. Que de hecho él da asesoría a los limoneros. Es agrónomo. Se llama Adalberto González. Tiene 51 años.

—No queremos herirte, mejor vete… —le grita un hombre.

—Oiga, mi trabajo es dar asistencia técnica a limoneros… —trata de defenderse.

Ira, las palabras salen sobrando, mejor vete ya... —le previene otro hombre.

—Pero yo no he hecho nada… —suplica.

Tiene el rostro de angustia absoluta. Sus familiares también. Un par de cientos de personas ya se han juntado en el área. El acusado ladea la cabeza negando. Su hermano, en efecto, fue ejecutado en Apatzingán hace un mes, cuenta. Pero dice que no sabe si era narco, que solo sabe que organizaba fiestas.

—Súbete a un coche, vete… —le ordenan.

—No se va ir… —se le ocurre decir a su cuñada.

—¿No se va a ir?... ¡Entonces te llevamos! —grita otro integrante del grupo de autodefensa y la muchedumbre enardece. Esto ya se le jodió. Lo empujan, lo jalonean, su familia trata de defenderlo, pero será en vano. Llega hasta su vehículo y ahí su familia le ruega que no se vaya. Estallan en llanto sus familiares. Se percibe que en cualquier momento lo pueden golpear, quizá linchar. La cámara de MILENIO sigue grabando.

—¿Qué pasó, qué quieren? —se les pone el micrófono a los acusadores.

—¡Que se vayan, no los queremos aquí! ¡Son templarios! ¡Compañeros de ellos mataron a mi esposo! El hermano de él era templario… —grita una mujer.

—Yo tengo un hermano muerto, que se vaya, el pueblo está dolido… —le reprocha otro.

Ahora el micrófono va para el acusado:

—Los acusan de pertenecer a los templarios

—No, no, no…

—¿Por qué quieren que se vaya?

—No sé, no he hecho nada. Aquí es mi casa, adónde voy a ir. Adónde voy a ir… —contiene las lágrimas.

Cámaras a la líder de las autodefensas.

—¿Por qué quieren que se vaya?

—Porque es parte de ellos, nomás vio que mataron a su hermano y quiere regresar a que lo proteja el pueblo…

—¿Y ustedes cómo saben qué es templario?

—Porque todos ellos estaban enredados…

La paciencia de la turba se acaba. Seis hombres los toman por la fuerza, se lo arrebatan a su esposa y cuñada, lo trepan en una camioneta de redilas —se sube ahí el camarógrafo— y lo conducen a la carretera La Ruana-Buenavista. Ahí va el hombre, sentado en la caja del vehículo, custodiado, mirando al piso, con las manos entrelazadas, pálido. Aterrado, los ojos inyectados de incertidumbre. La camioneta pasa junto a dos contingentes del Ejército, pero los soldados no saben que en el interior va el hombre. Llegan a la carretera. Lo bajan. Voltea a la cámara un hombre de la autodefensa:

—Es la última advertencia que tiene del pueblo, porque otra vez que se meta, no vamos a responder por él…

—¿Y si regresa?

—Mire… —dice un joven alto, fuerte, retador, que se lleva la mano a la pistola.

Ademán de territorio comanche. Si regresa lo matan, quiere decir. Cámara al acusado.

—¿Qué va a hacer, señor?

—Pues me tengo que retirar, a buscar nuevos horizontes, a trabajar, qué más. Ahorita no sé ni qué… —traga saliva.

Se echa a andar por la carretera. Toma un taxi. Toma el rumbo de Apatzingán. Hasta la noche de este martes no ha vuelto a La Ruana…