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Miércoles , 26.09.2018 / 04:55 Hoy

Un panadero extorsionado, la víctima 100 mil de la violencia

El homicidio ocurrió en Acapulco, pero pudo haber pasado en cualquier otro punto del país. La ‘guerra’ entre cárteles y el combate contra a delincuencia han dejado decenas de miles de muertos.

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Agustín Rosales, de 47 años, fue asesinado hace unos días. Le dieron un balazo en la cabeza. Un grupo de hombres armados lo siguió, le cerró el paso, lo bajó de su camioneta y le disparó. También ejecutó a su esposa, de la misma edad, y a la hija de ésta, de 22 años. A su bebé, de un año de edad, le perdonaron la vida. Fue un comando de extorsionadores.

Esto ocurrió en Acapulco, Guerrero, pero pudo haber pasado en cualquier otro punto del país. México lleva más de 10 años de guerra entre narcos y de combate contra el crimen organizado y decenas de miles de muertos han manchado las calles de sangre. Y de todos esos ejecutados, apenas unos cuantos tuvieron un rostro, un nombre, una historia que conociéramos. Como el 100 mil.

***

Lo conocían como Mingo. Le decían así desde niño porque traía el cabello largo y sus amigos le vieron parecido al indio cheroqui que acompañaba a Daniel Boone en la serie de televisión estadunidense del mismo nombre que se transmitió en la década de los 60.

“Le decían Don Mingo, es más, muchos no sabían que se llamaba Agustín, todos pensaban que se llamaba Domingo”, explica una de sus hermanas.

Durante un par de días la familia accede a contar parte de la historia de Agustín, pero ellos no dicen sus nombres. No es por falta de educación, es por miedo. Mejor así.

Agustín era panadero. Desde hace años se encargaba del negocio que su padre comenzó allá por 1960, con un horno casero. Toda la familia ha trabajado en el negocio.

“La gente ve que salimos y entramos con nuestros canastos, con nuestra camioneta toda destartalada, porque hace ruido al subir. Somos gente honrada, trabajadora”, relata otra hermana.

Por eso les indignó más lo que pasó, susurra uno de los vecinos que esta tarde llegó temprano “a los rezos de Mingo”. La familia organizó un novenario. El pequeño patio de la casa está llenó de sillas de plástico y en una habitación pusieron unas cuantas más y un ventilador para aminorar los más de 30 grados centígrados que se sienten aquí, en una de las zonas altas del puerto.

En ese cuarto también colocaron un altar con un retrato de Agustín al centro: Mingo era moreno y de estatura baja. Ese día posó sonriente. Traía un sombreo y un pantalón color negro, una camisa azul cielo y botas claras.

“Era una persona muy carismática, usted hablaba con él y enseguida lo hacía su amigo. Era una persona bien alegre, con un chiste en la boca, siempre nos hacía reír”, evoca, melancólica, una tercera hermana.

Agustín fue el único varón de cinco hermanos. Él tuvo cuatro hijos. Los más pequeños tienen uno y tres años. Los otros dos ya son adolescentes. Los familiares han recibido apoyo de los vecinos de la colonia desde el asesinato. La gente ha dado pañales para el bebé y ropa para el otro niño, principalmente. Eso duele aún más, los niños, exclama una de las hermanas.

“No sabemos realmente por qué hicieron eso, si ya tenían lo poco que le habían quitado; ¿por qué le quitaron la vida?, esas monedas no valían su vida ni la de su familia, ni el futuro de sus hijos”, reprocha la mujer.

Agustín también fue migrante. En su adolescencia se fue de mojado a Estados Unidos con una de sus hermanas que por aquellos días vivía en Los Ángeles. Regresó al cabo de unos años, porque había problemas económicos en la familia y se necesitaban más manos en la panadería.

Desde entonces, Agustín vivió aquí, en una de las colonias populares de Acapulco, de la cual, por cierto, su padre es fundador.

“Somos muy conocidos aquí, la gente de la colonia dice: ‘Somos de allá arriba, de los de la panadería’. Nos sentimos tan orgullosos de pertenecer a esta familia”, cuenta una de las hermanas.

El Acapulco pacífico de cuando la familia empezó el negocio se ha esfumado, ahora se ha vuelto inseguro, como todo Guerrero, que en los últimos años convirtió en el estado más letal de México.

“Ahorita ya no somos libres de estar en las calles. Antes llegábamos a las 10, 11 de la noche, íbamos hasta el centro y veníamos y no pasaba nada, ahora ya no podemos salir, ya nuestros hijos no salen. Más arriba del cerro se han encontrado fosas clandestinas, cuerpos”, cuenta alguien de la familia.

Desde que Agustín fue asesinado, la panadería ha estado cerrada. La familia tiene miedo del crimen organizado y todavía no sabe si volverán a abrir el negocio. Las investigaciones revelan que una banda delincuencial cobraba derecho piso a ellos y a muchos más.

“El crimen ya cobra mucho”, dice, escueto, el padre de Agustín, quien se levanta de la silla para ponerse una camisa porque están a punto de llegar los familiares, amigos y vecinos a los rezos.

“Esto ya nos rebasó, no nos dejan trabajar, no permiten que nadie salga adelante, porque enseguida empiezan a poner a trabas, y cosas así como esta que pasó, más otras también”, complementa una hermana, que deja en enigma la frase.

No solo los hijos de Agustín se han quedado sin sustento, los empleados de la panadería que dependían totalmente del negocio, una decena, tampoco saben qué harán.

“No tenemos la menor idea de qué vamos a hacer, pero sí tenemos esa responsabilidad moral con la gente que nos ha apoyado, en este caso con los trabajadores que somos su única fuente de ingreso para su familia”, dice una hermana.

Agustín fue enterrado en el panteón municipal de Acapulco. Su tumba tiene las flores más frescas. Cuando termine el novenario, la familia colocará una placa con su nombre y una fotografía para que no se olvide nunca quién fue Mingo, y no sea un número más en esta guerra. Para que el ejecutado 100 mil tenga rostro.

Con información de Javier Trujillo

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