“Nos ofrecieron $120 diarios, 2 comidas y hasta medicinas”

Quisieron renunciar cuando se dieron cuenta que no recibían lo prometido; debían cumplir un contrato abusivo.
Elena de la Cruz y Camerino Sánchez, originarios de Veracruz.
Elena de la Cruz y Camerino Sánchez, originarios de Veracruz. (Ana Ponce)

Camerino Sánchez Teresa, de 39 años, es originario de Santacumatlán, Veracruz. Escuchó en la radio que ofrecían trabajo de jornalero en el norte del país. Como se encontraba desempleado desde hacía varias semanas, no tardó mucho en tomar la decisión de contactar con la persona que lo contrataría.

No sabía a qué ciudad se dirigía, solo que era un buen trabajo por el que le pagarían 120 pesos al día. Llegó hace poco más de un mes al rancho Santa Cruz, ubicado en el Ejido Higo del municipio de Ramos Arizpe, Coahuila, donde su jornada laboral empezaba a las 7 de la mañana y terminaba a las 4 de la tarde de lunes a domingo.

Solo le daban dos comidas, una era al mediodía y otra a las 5 de la tarde, pero siempre era arroz y frijoles, pasta, lentejas, papas y, los domingos, pollo.

Dormía en la galera para parejas que no tenía puerta; su cama era una colchoneta improvisada en el piso sobre tarimas; acompañado en todo momento por su novia, Elena de la Cruz Isabel, también originaria de Veracruz, pero a quien conoció en el mismo rancho.

Aunque señaló que no está molesto por haber perdido su trabajo, dijo que espera se resuelva pronto lo del pago que se le había prometido antes de regresar con su familia en Veracruz.

Indicó que las condiciones laborales en las que se encontraba no le parecían adecuadas; sin embargo, ya había firmado un contrato y debía esperar a que concluyera el plazo. Además, no tenía dinero para irse.

Araceli Hernández, de 20 años, originaria de Rancho Nuevo, Hidalgo, fue enganchada por Fidel, al igual que sus cuatro primos, un hermano y un tío, con la promesa de que era un trabajo tranquilo y bien pagado.

“Nos dijo que nos iba a pagar 120 pesos diarios, que el lugar estaba bien, que daban medicamento si te llegabas a enfermar, que el lugar estaba tranquilo. Incluso nos dijo que el trabajo era por día, que había dos comidas libres”, comentó.

Sin embargo, la realidad fue otra: se enfermó en dos ocasiones y no recibió atención ni medicina. Solicitó regresar a casa, pero no se lo permitieron.

Al ver en las condiciones en las que dormía, el trabajo que realizaba, la situación en la que se encontraba, el estar enferma, fueron factores que la hicieron renunciar en más de una ocasión, aunque nunca fue escuchada ni liberada para regresar a su casa.

“Queríamos irnos, pero no teníamos cómo hacerlo. No había dinero, no había transporte y  no nos dejaban que nos fuéramos”, precisó.

Consideró muy oportuna la intervención de las autoridades de Coahuila, pues tanto su familia como ella ya no querían estar en ese lugar. Debieron hacerse a la idea de que tenían que cumplir con el tiempo establecido en el contrato para recibir su pago. Era cuestión de días, pues ya llevaban poco más de 30 con la pizca de cebollín.

“La comida, el lugar... todo esto no estaba bien. Al principio el trabajo no era tan pesado, hasta que nos empezaron a exigir 3 mil 600 docenas de cebollín entre 10 personas”, dijo.

Confió en regresar con sus padres para luego buscar un trabajo digno y no tenga que volver a pasar lo que vivió en Coahuila.