Uno o dos niños muertos al día

De acuerdo con el Unicef, el país centroamericano tiene la tasa más elevada de homicidio infantil en todo el continente, con 22 homicidios por cada 100 mil personas.
Los niños en situación de calle sobreviven con apenas un dólar diario.
Los niños en situación de calle sobreviven con apenas un dólar diario. (Especial)

Tegucigalpa, Honduras

Como todos los miércoles, Carlos Lazo llega renuente a la puerta de la morgue de Tegucigalpa hacia el mediodía. Acude al menos una vez por semana en busca de cuerpos de niños y adolescentes asesinados. Es algo que no falla: a diario aparece uno o dos en las calles de la capital de Honduras. Baleados, acuchillados. Atropellados a propósito. Últimamente se deprime más, porque cada vez hay más desmembrados.

—Buenas tardes, señorita —dice este activista de Casa Alianza a la encargada de identificación de cuerpos.

—¿No ha aparecido un muchacho de unos 16 años?

—Tenemos uno nuevo, pero está desmembrado —responde ésta.

Sigue un denso silencio.

Esta es la dinámica cotidiana en Honduras, uno de los países más peligrosos del mundo y con la tasa más elevada de homicidio infantil y adolescentes en todo el continente americano, con 22 homicidios por cada 100 mil personas de acuerdo con el Unicef.

Poco antes de pasar a revisar en los archivos del forense para determinar si el cuerpo en cuestión pertenecía al muchacho, Lazo admitió que su trabajo se ha complicado, en especial ante el incremento de la violencia. Desde 1998, Casa Alianza, una organización no gubernamental dedicada a la atención de la niñez, tiene documentadas 10 mil ejecuciones de menores de edad.

—He llegado a ver niños de 13 años —reconoce.

—Es muy común encontrar jóvenes. Pertenecen a las pandillas, a las maras, desde muy temprano. Hay enfrentamientos entre colonias enteras. Y entonces venimos aquí y encontramos a muchos.

¿A quién buscaba Lazo? A un joven que desapareció del mercado de las Américas, a unos tres kilómetros de distancia. 

***

El joven que desapareció bien podría haber sido este: a sus 8 años y como un típico niño hondureño de la calle dedicado a la pepena de basura en el mercado de las Américas, Alberto M. tiene las mismas esperanzas matemáticas de llegar a viejo que un menor de edad en medio de las guerras civiles de Afganistán, Siria o Irak. Si se saca la idea de migrar a Estados Unidos de la ecuación, uno puede decir que su perspectiva de vida luce negra: pasa por enfermarse, morir asesinado de 100 formas, volarse la tapa de la cabeza con resistol o unirse a la mara y sumarse a la matanza callejera que ha devastado a Honduras. 

Es un niño bajito, moreno, con unos dientes brillantes y blancos. Es tan flaco como parco de palabras. Responde a la defensiva: ¿Te gustaría irte a Estados Unidos? No sé. ¿Ya lo intentaste? Sí. ¿Tienes familia? Mamá está muerta. ¿Tu papá? Se fue. ¿Por qué tienes tantas heridas? Silencio.

Sólo una cosa le saca de su concha.

—¡Vamo’ a jugar! —le dice alegre a los trabajadores sociales que le visitan en el basurero del mercado donde vive y trabaja recolectando desechos. Para ganarse su confianza le han llevado un tablero de Conecta 4, un juego de estrategia en el que gana quien logra juntar cuatro fichas del mismo color. Por un instante, Beto deja de ser el hombre lacónico y prematuramente viejo que todos los días empuja un carro de basura para regresar a la infancia.

—¿Qué te pasó en el brazo, Beto? —pregunta Lazo.

El niño trae un profundo tajo en la muñeca. La sangre todavía está fresca. Vuelve al silencio y no responde.

Si se quiere entender la oleada migratoria que tiene a Estados Unidos, México y Centroamérica en estado de alerta, hay que venir aquí, a la fétida margen del río Choluteca, al mercado de las Américas, donde miles de niños como Alberto viven en durísimas condiciones de subsistencia, a veces bajo riesgo de muerte. Esta zona ha expulsado a cientos de migrantes en los últimos meses, de acuerdo con el Departamento de Seguridad Interna de Estados Unidos.

¿Podría definírseles como refugiados? Washington dice que no. Organizaciones no gubernamentales, que sí.

—La vida de estos niños es dificilísima y su expectativa de vida muy corta. Imagínese a lo que están expuestos aquí —dice Connie Ferrari, especialista en atención a niños de Casa Alianza.

La única forma que tienen de sobrevivir es haciendo esto.

Los números y los ejemplos que le rodean dicen que las cosas pintan mal para Alberto, que vive al día con poco más de un dólar, junto con otros dos millones de personas en Honduras. Estadísticamente tiene grandes posibilidades de terminar como uno de los 10 mil niños que han sido ejecutados en el país desde 1998, algunos de ellos pepenadores.

También puede tener hijos con una de las 50 mil adolescentes que al año quedan embarazadas en Honduras, como su vecina de carrito, Carolina, una niña de 15 años que parece de 40 y que ya tiene una hija de 3 a la que maltrata a golpes, según Ferrari.

—“La niña está muy mal” —dice.

Pero de vuelta a Alberto. Otra opción que tiene sería la de tomar camino y ser uno de los 13 mil menores que están buscando asilo en Estados Unidos, como algunos de sus compañeros que en las últimas semanas han agarrado ruta al norte.

O puede pasar el resto de su vida en la basura. Como sea, los números de la vida no le sonríen.  En el inter, acumula cicatrices. Su cuerpo parece un mapa de lo dura que puede ser la vida callejera en las calles de México y Centroamérica: un alambre de púas le abrió el antebrazo cuando saltó por una barda. Una botella que alguien le aventó desde un coche, la ceja. Algo que parece ser una cuchillada rodea el codo.

Después de un rato de jugar Conecta 4 se abrió un poco.

—¿Qué te pasó?

—Un machetazo en el monte —respondió lacónico, después de mucho insistirle.

—¿Y ahí?

—Un vidrio.

—¿Y esa?

—Un perro.

—¿Tienes más?

—Sí.