Los 20 mil Huérfanos de Chihuahua

La entidad trabaja para prevenir un desastre social a futuro; es un alud de niños, niñas y adolescentes con profundas heridas emocionales que necesitan atención psicológica; una generación perdida ...

Ciudad Juárez, Chihuahua

Lilia tiene 13 años, vive en Ciudad Juárez y no puede esperar a ser adulto para matar al hombre que asesinó a su padre.

 “Quiere venganza”, dice Catalina Castillo, activista social de la Red por la Infancia, una organización no gubernamental que atiende desde hace varios meses a esta niña, cuyo padre fue ejecutado frente a sus ojos durante los años de violencia en los que se hundió Chihuahua desde 2008. “Es una niña con muchísimo rencor, mucha violencia atrapada dentro suyo”.

El de Lilia, aunque extremo, no es un caso aislado. La batalla por Chihuahua entre los cárteles de la droga, delincuentes de todo tipo y el gobierno de Felipe Calderón dejó entre 10 y 20 mil niños y jóvenes huérfanos, un universo de menores de uno a 17 años de edad que hoy viven con profundas heridas emocionales y para los que la guerra continua internamente, en medio de sesiones de terapia para tratar de reparar el daño de haber perdido uno –y a veces hasta dos– de sus padres.

Es un verdadero alud de niños, niñas y adolescentes necesitados de atención psicológica y que en muchos aspectos representan un enorme problema social a futuro. Son una potencial generación perdida de la que no existen estadísticas certeras: oficialmente, el gobierno estatal tiene en sus bases de datos a 7 mil 120 huérfanos, pero reconoce que es una cifra incompleta, debido a que no todos han sido contabilizados por diferentes razones; la Comisión Estatal de Derechos Humanos ha calculado El dato en 20 mil, mientras que organizaciones no gubernamentales ubican el número en quizá hasta 30 mil. Lo único claro es el número de muertes violentas de 2008 a 2012: 14 mil 171, según el Sistema Nacional de Seguridad Pública.

En lo que todos coinciden es en que estos niños y jóvenes son un sector que requiere de ayuda en lo físico y emocional. “Si no los atendíamos, ellos iban a ser los secuestradores y sicarios de mañana”, sostiene José Luis Armendáriz, presidente de la Comisión Estatal de Derechos Humanos. “Iban a buscar no a quién se las debía, sino quién se las pagara”, concuerda Jorge González, fiscal General de Chihuahua.

Frente a la perspectiva de un potencial desastre social a largo plazo, en Juárez y Chihuahua distintas organizaciones y agencias gubernamentales enfrentan a diario una  labor terriblemente difícil: intentar reparar por distintos medios los traumas generados por la violencia entre miles de niños y adolescentes que, en los peores casos, presenciaron directamente el homicidio de familiares. Se trata de víctimas que ahora sufren las secuelas de la pérdida en la forma de depresiones, aislamiento, ira, bajas calificaciones y conductas potencialmente antisociales. Es decir, hay quienes quieren salir a vengarse.

Una de las principales iniciativas es coordinada por el gobierno del estado, que mantiene desde hace tres años un Fondo de Atención a Niños y Niñas Hijos de las Víctimas de la Lucha contra el Crimen (FANVI), un fideicomiso de cien millones de pesos con el que se costea la atención psicológica, la asistencia educativa y apoyos alimentarios para menores que perdieron a sus padres en el asalto, la ejecución, el levantón ó la balacera.

Cada día, durante 14 horas diarias, un equipo de psicólogos atiende a huérfanos, viudos y deudos en las instalaciones de la fiscalía. Las terapias suelen estar marcadas por momentos emotivos, en los que los niños confrontan su pérdida de varias formas, como conversaciones, ejercicios o pinturas a mano. Un dibujo –que aquí se reproduce—fue creado por un menor que vio la ejecución de su padre; iba en el asiento trasero de un vehículo, sentado en su sillita de bebé.

“Esta pintura me tiene atrapada. Me la dejaron porque la mamá no pudo con ella y pidió no llevársela”, dice Marisol Chaparro, la psicóloga que atiende al niño. Es un retrato de lo que queda de la familia tras la ejecución. En colores vívidos se muestran dos figuras: la madre y una hermana. Y en el espacio en el que iría el padre sólo un par de puntos negros –ojos–, ocultos en una especie de bruma; la memoria del papá, ya desvaneciéndose.

Oficialmente, la lista de beneficiarios del fondo –y por ende, de huérfanos bajo atención estatal– asciende a 7 mil 120 niños y adolescentes. La mayoría se concentra en Ciudad Juárez, con 2 mil 562 menores de edad en cuidados psicológicos y médicos, recibiendo apoyos escolares o todas las opciones en conjunto. Le sigue Chihuahua con mil 702 casos e Hidalgo del Parral, en un distante tercer lugar con 389 expedientes.

Las estadísticas, a las que tuvo acceso MILENIO, detallan parte del enorme panorama de daño social que dejaron los años de violencia en Chihuahua. Por ejemplo, 134 niños del estado perdieron a ambos padres y hoy se encuentran en instalaciones del DIF a la espera de ser adoptados o, si tuvieron suerte, bajo custodia de sus abuelos o hermanos mayores de edad.

El grupo más fuertemente golpeado es el de niños de 6 a 13 años de edad, aquellos que en muchos casos apenas habían nacido cuando la seguridad pública comenzó a deteriorarse notablemente por todo el estado, en 2008. Un total de 3 mil 485 menores en este rango, quizá el más vulnerable, sufrieron la muerte de uno de sus padres.

Si bien Juárez y Chihuahua concentran la mayor parte de los huérfanos del estado –son las dos ciudades más grandes, después de todo—hay municipios que fueron golpeados de forma desproporcional y cuya tragedia es aún mayor. Guadalupe y Calvo, un municipio con apenas 53 mil habitantes que se encuentra enclavado en el Triángulo Dorado –y que hace frontera con Durango y Sinaloa–, tiene 373 niños enrolados en el FANVI, una tasa de 6.97 huérfanos por cada mil habitantes, la más alta de toda la entidad y, probablemente, del país.

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Como todo programa estatal, el fondo tiene límites. Con 14 mil ejecutados tan sólo entre 2008 y 2012, se estima que el número de personas que necesitan de atención psicológica –incluyendo a viudas y viudos– puede ascender a tres veces esa cifra. Organizaciones no gubernamentales calculan que quizás hasta 20 mil niños no han podido acceder a la asistencia gubernamental debido a diferentes problemas, particularmente haber quedado bajo cuidado de abuelos o amigos de sus padres sin la debida patria potestad acreditada.

En Juárez, al menos dos agrupaciones de la sociedad civil se han dado a la tarea de cubrir el hueco al que el Estado no ha podido llegar. De forma paralela, la Organización Popular Independiente y Casa Amiga, dos ONG basadas en la ciudad fronteriza, han creado “talleres de duelo” para huérfanos mediante los que se busca ayudar a los niños liberar sus emociones. Una terapia muy popular pasa por pegar a un costal de boxeo: se le pide a los niños visualizar en ese saco de arena a la persona que hizo daño a sus padres. Hay quienes gritan. Otros, con guantes de box, le pegan hasta el cansancio.

“Terminan muy cansados y acostados”, dice Sihulin Castellanos, una de las terapeutas de Casa Amiga. “Lo que yo he visto es que los niños y niñas que perdieron a su papá o mamá apenas están en un proceso inicial. Muchos están enojados. Se les puede ver claramente el enojo y la ira”.

Las historias de tragedia de estos niños son numerosas. En una de las estancias infantiles de la OPI, Tania Gutiérrez, una de las terapeutas, presenció el momento en el que un salón entero de juego descendió en llanto. Eran niños y niñas a los que sin excepción les habían ejecutado a un padre.

“Hay ocasiones en las que los niños no quieren hablar por el dolor que sienten. Hubo una actividad que era relajarnos e imaginar cosas bonitas, simplemente que estuvieran pensando en cosas bonitas como en un bosque o en el mar, y a mí lo que me sucedió es que empezaron a llorar mis niños, la verdad yo no supe qué hacer en esos momentos y les dije que se desahogaran. Minutos después les pregunté qué que les pasaba  y ellos decían que querían ver a su papá, que lo que más querían era ver a su papá porque lo extrañan mucho”, dice.

Si bien muchos relatos pasan por el deseo de venganza y la ira, la mayoría muestra claras señales de mejora. Castellanos recuerda en particular el caso de un niño que estaba en su casa, ya dormido, cuando un comando irrumpió y asesinó a sus dos padres. Tras la conmoción, encontró sus cuerpos tendidos en la sala.  Esto ocurrió en 2010 y desde entonces el menor –cuya identidad, como la de todos los niños en este reportaje no se detallará por respeto a su privacidad—ha permanecido en un estado de aislamiento emocional profundo.

“No quería expresar lo que siente”, recuerda Castellanos. Pero luego de varias sesiones con el saco de arena, llegó a un  punto más positivo: ‘doctora, yo no quiero vengarme’, le dijo el niño a la terapeuta, quien confesó haber quedado profundamente conmovida.

“Perdonó al asesino”, dijo.