El festín de los 'halcones'

A diario decenas de migrantes son deportados por EU a México, usando Reynosa como punto de reingreso, donde quedan a merced de los espías de la delincuencia organizada para ser extorsionados, ...

Tamaulipas

El festín del halcón empieza hacia el mediodía, cuando la mesa se sirve para que los soplones del cártel del Golfo en la garita de Reynosa arrasen con tanto como puedan, casi a puño lleno: llega el primer camión del gobierno estadunidense cargado de un centenar de deportados al puente Reynosa-Hidalgo, puerta de entrada a una de las ciudades más peligrosas de México, donde a toda hora hay espías vigilando.

Lo peor de Tamaulipas engulle a diario manjares como estos, que deambulan por la margen del río con cara de miedo. Son decenas de migrantes expulsados, hombres mujeres y niños que bajan del puente sin papeles, sin dinero, muchos de ellos traídos de tan lejos como Alaska, Ohio o Nueva York y con familias tan distantes como en Chiapas, Oaxaca y Michoacán. Una patada gringa y ya están en México, el camión que les trajo alejándose de vuelta a Texas.

(Parte del grupo al que hoy toca caer al fuego tamaulipeco viene de Morelos, Tabasco, Distrito Federal y Oaxaca. Son 15 personas que caminan juntas, mientras el resto de los deportados se disgrega en las calles reynosenses. Quizá se conocieron del otro lado, en la estación migratoria y eso hace que permanezcan unidos. Se trata de tres mujeres, tres niños y nueve hombres. Lucen exhaustos y asustados. Cabizbajos, caminan hacia las instalaciones del Instituto Tamaulipeco para los Migrantes, a unas dos cuadras de distancia. Siguen algunas hojas pegadas en los postes a manera de señalización.)

La garita es un halconario. Los hay de a pie, recargados contra los postes y en coches, en una larga fila de taxis estacionados desde los que se informa lo que ocurre vía radio. Tras la llamada, no tardan mucho en llegar: lentamente, depredadoras, camionetas con vidrios negros transitan por la calle Miguel Alemán. Sus conductores, uno piensa, deberán estar relamiéndose los labios justo en este momento. Carne fresca.

"¡Bienvenido a Reynosa, paisano!", dice un puesto de atención vacío.

II

Muchos de estos migrantes serán extorsionados. En otros casos, secuestrados. En los peores, reclutados o asesinados. Es un banquete que se repite a diario dos veces, una por la mañana, la otra por la tarde: cientos de indocumentados son literalmente entregados al crimen organizado, en bandeja de plata, por la Patrulla Fronteriza de lunes a viernes. Contra todo sentido común, el gobierno estadunidense ha hecho de la frontera chica —una de las regiones más peligrosas de México— su principal punto de deportación para mexicanos.

"Desde hace cuatro años comenzamos a notar estas deportaciones masivas que son eventos de más de 80 personas por viaje", dice Edith Hinojosa, delegada del Instituto Tamaulipeco de los Migrantes. "Estas personas vienen sin nada y para colmo los asaltan. También nos preocupa muchísimo que quedan expuestos a las bandas que hay en la ciudad y que pueden reclutarlos".

El temor del reclutamiento está fundado. Son numerosos los testimonios de migrantes a los que se les ha planteado la disyuntiva de unirse o morirse, como lo revela la narración de uno de los pocos sobrevivientes de la segunda masacre de San Fernando, cuando 193 personas fueron asesinadas por no enrolarse con Los Zetas. Una leva recorre la frontera chica.

De la memoria de ese sobreviviente, según el Informe Especial sobre Secuestros de Migrantes de la CNDH de 2011: "...Se presentaron que eran de Los Zetas y que peleaban contra los del Golfo y el Ejército. Que podíamos trabajar por ellos por mil dólares a la semana. Tres aceptaron. Pasaron al frente".

El resto —193 hombres, mujeres y niños— fueron llevados a una bodega y acribillados.

III

Aquí es en donde se resiente, a ras de tierra, el récord de deportados de la administración de Barack Obama. Pese a reiterados llamados del gobierno mexicano y organizaciones no gubernamentales a redirigir el flujo migratorio a puntos menos riesgosos, algún burócrata en Washington insiste en usar Tamaulipas como punto de expulsión.

Tan solo el año pasado, según cifras gubernamentales, 116 mil personas fueron deportadas por Matamoros, Nuevo Laredo y Reynosa, en donde campean y se robustecen las organizaciones dedicadas al secuestro de migrantes. A última cuenta, la Secretaría de la Defensa Nacional estimaba que un migrante era secuestrado a diario. De 2009 a 2014, mil 484 han sido rescatados por el Ejército, 691 de ellos extranjeros, 793 mexicanos.

Al arranque de su cruzada por pacificar Tamaulipas, el gobierno federal se fijó como meta de-
sarticular las redes de tráfico de personas que se han establecido a sus anchas en la región. En Reynosa las fuerzas federales tendrán las manos llenas: desde 2006, medio centenar de casas de seguridad han sido halladas en esta, la ciudad del estado en donde más ha prosperado la industria del secuestro. En lo que va de mayo, han sido rescatados 200 migrantes.

No existe una cifra clara de cuántos han muerto, pero sí de cuánto genera la industria del secuestro: 50 millones de dólares anuales, según el padre Alejandro Solalinde.

IV

"Aquí los abandonan sin dinero, lejos de sus lugares de origen y sin tener a quien recurrir. Los dejan en una condición extremadamente vulnerable, listos para que hagan con ellos lo que quieran", dice Francisco Gallardo, sacerdote de la Casa de Migrante de Reynosa, un refugio en el que se trata de recibir a tantos deportados como se puede.

El grupo de 15 migrantes que fue lanzado a la calle esta mañana logra llegar intacto al interior del refugio, ubicado cerca de lo que alguna vez fue la zona roja de Reynosa, lo único que sobrevive es el viejo letrero de neón que dice Welcome to Lipstick.

Esto es lo que dicen:

García, de Tabasco: "Horrible... horrible. Puro plomo aquí".

Neyla, de Morelos: "nos querían hacer cruzar con droga con unos niños".

Romualdo, del DF: "no quiero volver a Tamaulipas".

En cosa de minutos estarán en una camioneta rumbo a la central camionera. El gobierno estatal les paga el pasaje, para evitar que les recluten o les maten.

A bordo, todos responden al unísono cuando se les pregunta si volverían a Tamaulipas ahora que han logrado escapar de la fiesta de los halcones:

"¡Nunca!".