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El laboratorio que sacaba 25 kilos de 'cristal' al mes

Marinos arrebataron al cártel de Jalisco una instalación clandestina, de la que por cada kilogramo de la droga obtenía ganancias de 100 mil pesos en México.

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Como en el infierno de Dante, a cada círculo hacia abajo el estupor aumenta. Los elementos de la Secretaría de Marina los llaman “círculos de seguridad”; son los puntos intermedios que los narcotraficantes, presuntos miembros del Cártel de Jalisco Nueva Generación, colocaron en la antesala de lo que al final es un laboratorio clandestino con gran capacidad para producir la droga conocida como cristal. En promedio, de 20 a 25 kilos al mes.

Ya desde el primer círculo no queda lugar a dudas de qué se trata. Una camioneta de redilas, placas JBD-20-33 y con reporte de robo, propiedad de la frutería La Nueva, está arrinconada en una pequeña explanada semicircular. En la caja del vehículo, restos de una despensa y víveres. Alrededor, basura y un colchón viejo y sucio.

Para llegar a este lugar, distante a 20 minutos en vuelo de helicóptero de Cocula, hacia el norte de Guadalajara en la sierra jalisciense, los marinos debieron sorprender el martes pasado a un civil armado, quien al verlos acercarse los repelió a balazos, para luego internarse entre la tupida maleza de la zona. Al buscar al hombre, encontraron un camino de terracería muy bien hecho, por lo que procedieron a acordonar y revisar el sitio.

La brecha, de un solo carril y con tramos muy empinados, se puede bajar a pie o solo con vehículos todoterreno. En camioneta, son aproximadamente 45 minutos de trayecto. Pero los espacios donde se encuentran los cinco círculos de seguridad, solo son accesibles a pie. En el segundo descanso, escondidos bajo árboles y cubiertos con bolsas negras, 25 bidones de 50 litros cada uno, con un rótulo de “alcohol etílico”. Destaca también una enorme manta con mensajes intimidatorios hacia grupos rivales del CJNG en el estado de Michoacán; está firmada el 19 de septiembre. En el tercer círculo, una estufa hechiza y varios utensilios para cocina de plástico.

Al continuar el descenso, hay que internarse en un paraje de arbustos flacos y secos para topar la cuarta parada, que parece ser el dormitorio principal. —“¡Bienvenidos al Gran Hotel 5 Estrellas!”, bromea algún marino, para romper la tensión. Tres colchonetas y varias cobijas descansan en el suelo. Hay otra narcomanta, más grande que la anterior. La advertencia esta vez va contra los enemigos en Colima, y está fechada el 14 de junio de 2017, por lo que se puede deducir que la instalación del campamento y el laboratorio son, por lo menos, posteriores a esa fecha. Hay también fajos de panfletos para azuzar a la población contra la presencia de las fuerzas armadas en las calles.

Metros más adelante, el quinto y penúltimo círculo, antes de llegar a la “joya de la corona”. Sin más, es un simple y pestilente basurero. Un hoyo cavado en la tierra, donde van a parar envases de plástico, costales y sacos de cartón. Siguen luego los 20 minutos más accidentados. La carretera se estrecha y está más llena de grandes piedras, tiene más curvas y más pendientes. Las camionetas de la Marina van a su velocidad mínima. Al final, enclavado en el fondo de la cañada, oculto entre la maleza y a la orilla de un arroyo a donde van a parar decenas de tambos de desecho: el narcolaboratorio.

Alejado del glamur de los laboratorios de anfetaminas que han popularizado las series de televisión, este laboratorio clandestino no es más que un pedazo de tierra aplanada al aire libre, de cuando mucho cinco metros de ancho por unos 30 de largo. Espacio donde se amontonan 10 tanques de gas de 300 kilos, y tres series de estufas o “reactores”: ocho pequeños, cuatro medianos y siete grandes, utilizados para mezclar y “cocinar” los elementos químicos. En una especie de escalón secundario, hay seis grandes tinajas como para lavar algo. Desparramados, por aquí y por allá, bultos y cajas de distintas sustancias: ácido clorhídrico, ácido de sodio, cianuro, acetona y papel aluminio, muchos rollos de papel aluminio.

En un tendedero cuelgan un par de pantalones, tres camisas y una camiseta. En otro, algunos utensilios de cocina. En un tercero, una docena de máscaras antigás para respirar en ese ambiente enrarecido por los gases tóxicos que desprende la combustión de los “agentes precursores”. En un rincón, el más pequeño, la despensa: cajas de cereales, legumbres listas para ser consumidas. Abandonados al huir sus dueños, un cuerno de chivo y una pistola calibre .38.

El narcolaboratorio se encuentra pegado a la falda de la montaña. Y en la ladera hay distribuidos en distintos niveles, al menos tres dormitorios con catres improvisados con troncos y petates. Se calcula que en total trabajaban en este lugar de 25 a 30 personas.

***

Pero lo que le da importancia al hallazgo es que, calculando el precio que alcanza en las calles el cristal, contra lo que se calcula que podía fabricarse en este narcolaboratorio, resulta ser una minifábrica de drogas.

En Sonora, por ejemplo, un “globito” de cristal (un gramo o menos, dentro de una pequeña bolsa de plástico) cuesta 100 pesos. De un kilo se obtienen por lo menos mil globitos; es decir, el kilogramo de cristal dejaría una ganancia de 100 mil pesos. En promedio, en el mercado del narcomenudeo de Estados Unidos, un gramo se vende en 80 dólares (mil 500 pesos redondeados, al tipo de cambio de ayer). Una dosis promedio para un adicto es de un cuarto de gramo, a 20 dólares (390 pesos). Un kilogramo del estupefaciente produciría 8 mil dólares (150 mil pesos).

Las prisas de los delincuentes por huir del narcolaboratorio, al notar la llegada de los elementos de la Marina, no les permitieron cargar consigo varias bolsas de cristal ya listo para distribuirse. Se calcula que son poco más de 60 kilos… ahí, sobre una mesa destartalada, junto a una pequeña báscula, quedaron tirados como si nada, 6 millones de pesos.

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