Una turba la condena: 'asesina e infiel'

Hoy la SCJN decidirá si una mujer indígena que fue linchada por una turba de su pueblo, acusada de ser infiel y de matar a su bebé, debe seguir en la cárcel.

Ciudad de México

A Adriana Manzanares la justicia la trató a escupitajos. Escupitajos, cachetadas y gritos de treinta personas de El Camalote, Guerrero, que la acusaban de haber abortado, -o haber parido y asesinado a su hijo-, pero sobretodo, de haberse embarazado de un hombre que no era su marido.

Hace siete años que Adriana está en la cárcel acusada de homicidio en razón de parentesco.

Tenía 21 años cuando su padre la llevó con el comisario ejidal del pueblo, Romualdo Santiago -que era su tío-. Don Modesto Manzanares quería que el comisario, esa figura de tiempos del ejido que aún existe en algunos pueblos y que en El Camalote es una especie de dictador plenipotenciario, la cuestionara sobre su embarazo.

Esa mañana el comisario tocó las campanas del pueblo y los 30 miembros del comisariado ejidal -un cuerpo colegiado que existe para velar por los intereses agrarios de los ejidatarios- aparecieron. Rodearon a Adriana Manzanares. Adriana había estado embarazada, parecía ya no estarlo y el hijo -que asumían había tenido- no podía ser de Claudio, su marido, el padre de sus dos hijos, que había migrado años antes a Estados Unidos y se había olvidado que tenía una familia.

La turba estaba indignada. Le escupían, le gritaban en me'phaa, su lengua tlapaneca. Su padre presente, parte de la turba, al lado del oficial del registro civil, del policía rural, del comisario y otros veintitantos honorables camalotenses, todos histéricos, deshonrados. Adriana era una mujerzuela y tenía que confesar quién era el padre de ese hijo que alguna vez había cargado, el hombre con el que había engañado a su marido, con el que lo había deshonrado.

Adriana, bajo la amenaza de meterla a la cárcel, finalmente soltó el nombre que se había guardado por meses: Virgilio Cruz Ortega.

La turba juzgadora mandó traer a Virgilio.

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El Camalote es una ranchería de 561 habitantes, calificada como de alta marginación, donde se habla me'phaa y donde, según algunos documentos, a finales de los noventas unas treinta mujeres indígenas fueron esterilizadas por autoridades de salud, sin que supieran qué les hacían. Es esa zona de Guerrero donde operan las policías comunitarias.

Es por ahí donde el año pasado los medios internacionales pusieron los ojos cuando un grupo de autodefensas armó un juicio público en el que exhibía a sus detenidos en pasarela, algunos de ellos acusados de actos que la ley no condena, como ser la madre o la novia de un narcotraficante.

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Según los documentos judiciales, en julio de 2005 Adriana había iniciado una relación con Virgilio, camalotense, casado. Para enero se habían embarazado. La suegra de Adriana, madre del esposo al que tenía años sin ver, notó el embarazo y avisó a su hijo. Claudio regresó de Nueva York. Se llevó a Adriana a su casa. La golpeó durante un mes y la regresó a casa de su padre. En febrero le tocó a Don Modesto. También la golpeó durante un mes.

Según la declaración ministerial, Adriana confesó que en la madrugada del 17 de abril estaba sola en casa de sus padres cuando sintió que estaba a punto de parir. Parió sola. Horas después se levantó de la cama, cruzó el patio y caminó hacia la letrina con el bebé en brazos. Lo dejó caer al piso de cabeza. Metió el cuerpo en una bolsa y a las 10 de la mañana le avisó a Virgilio. Juntos lo enterraron en una barranca.

Cuando los padres regresaron se dieron cuenta que Adriana ya no estaba embarazada, y la llevaron con el comisario.

Eso le dijeron Adriana y Virgilio a los del comisariado ejidal aquel día, y los llevaron a desenterrar el cuerpo. Jesús le puso la turba al niño -no está claro cómo lograron registrarlo.

En algún momento de aquel día llegó un agente del ministerio público, uno que sólo hablaba español, que no estuvo durante el linchamiento, pero que dio fe de la confesión de Adriana y Virgilio en español. Aunque Adriana sólo hablaba me'phaa y aunque no había estado presente cuando confesó.

Lo que hizo el comisariato lo retomó el ministerio público y sirvió como prueba en el juicio, explica Javier Cruz Angulo, abogado del CIDE, que junto con Verónica Cruz, de la organización Las Libres, tomó la defensa de Adriana.

Durante el juicio Adriana y Virgilio insistieron: aquel día de la turba habían declarado lo que los demás querían. Lo cierto era que aquella noche en casa de sus padres, Adriana, que nunca había visitado a un médico y no sabía cuántos meses de embarazo tenía, sintió un dolor. Salió algo, no supo si el cuerpo estaba vivo o muerto. Se cayó. Lo siguiente que supo era que no estaba vivo. Pudo haber sido un aborto espontáneo o un parto prematuro. La necropsia, realizada con métodos prehistóricos - se cortan los pulmones en cuatro, se avientan al agua, si flotan es que alguna vez respiraron-, dijo que habría nacido vivo, pero no especificó las causas de la muerte.

Parientes, comisario, oficiales del pueblo, Don Modesto, testificaron que Adriana había confesado haber engañado a su marido. Eso no se le hacía a un hombre. Virgilio en cambio, también casado, no parece haber cometido actos inmorales.

Adriana fue sentenciada por homicidio a 27 años de prisión. Virgilio otro tanto.

"En la sentencia el juez está siempre a dos minutos de llamarla puta", dice Cruz Angulo.

En la apelación el juez dejó a Virgilio en libertad por considerar que su confesión no era válida por haber sido tomado con violencia. Pero el mismo juez determinó que en el caso de Adriana la confesión que le tomó la turba sí era válida. Le bajó la condena: 22 años.

Hoy una sala de la Suprema Corte de Justicia determinará si Adriana cumple los 22 años o si sale libre.

Si saliera en libertad no quiere regresar a El Camalote, ni volver a ver a su padre.