Soy libre, pero me faltan mis hijos: mujer presa por turba

Adriana Manzanares salió en libertad después de siete años, pero ahora le toca recuperar a unos hijos que en ese tiempo vio una sola vez, y de los que no sabe ni qué comida les gusta.
Adriana Manzanares Cayetano fue recibida por la activistas de derechos humanos a favor de la mujer, Silvia Castillo Díaz y la subsecretaria de la Mujer del gobierno estatal.
Adriana Manzanares estuvo más de 7 años en prisión, condenada por una turba de su comunidad (Rogelio Agustín Esteban)

Ciudad de México

Adriana Manzanares preparaba una carne de puerco con salsa de cacahuate en la cocina de la prisión cuando entró la directora. La Suprema Corte de Justicia había ordenado su libertad. Era la última comida que hacía para sus compañeras reclusas.

Hasta donde pudo contuvo la felicidad. "Si no me da un infarto".

Quizá pronto podría cocinar para sus hijos, por primera vez desde que aprendió a cocinar: en prisión, hace 7 años y nueve meses.

"No tengo comunicación con ellos porque no tengo número donde comunicarme con ellos ", dice por teléfono.

***

En 2006 Adriana Manzanares fue acusada por una turba de su pueblo, El Camalote, Guerrero, de haber asesinado a su hijo recién nacido, el que había tenido, decían, con un hombre que no era su marido.

A gritos y escupitajos le sacaron el nombre del hombre con el que había deshonrado al padre de sus dos hijos, que se había ido a Estados Unidos para luego abandonar a su familia. A gritos y escupitajos los obligaron a ella y Virgilio, su pareja, a llevarlos a la barranca donde estaba enterrado el cuerpo. El pueblo lo desenterró y lo bautizó como Jesús.

A gritos y escupitajos les sacaron una confesión en me'phaa, su lengua tlapaneca, que más tarde el ministerio público retomó en español, sin intérprete de por medio. Adriana y Virgilio dijeron que el niño había nacido, que Adriana lo había tirado al piso de cabeza, que había muerto y lo habían enterrado. Con eso un juez la condenó a 27 años de prisión.

Durante el juicio Adriana explicó que después de haber sido golpeada durante dos meses por su marido y por su padre había sentido un dolor, algo había salido de su cuerpo, lo siguiente que supo era que su hijo estaba muerto. El juez aceptó la retracción de la confesión de Virgilio por haber sido tomada bajo violencia, pero no aceptó la de Adriana. Él salió libre, ella siguió presa.

El miércoles una sala de la Suprema Corte de Justicia ordenó su libertad.

***

El día del linchamiento Adriana sangraba todavía. De ahí se la llevaron a la cárcel. Nunca se despidió de sus hijos, que entonces tenían cuatro y dos años. Los volvió a ver una sola vez, hace tres años que su madre y su hermana los llevaron a la cárcel en Chilpancingo.

Durante siete años pasó el día imaginando si comieron, si siguen en la escuela, si tomaron agua pura de la que no hay mucha en su pueblo.

Ayer, en su primera comida en libertad, se le llenaban los ojos de lágrimas mientras mordía una hamburguesa. ¿Habrían comido sus hijos? ¿Habrían ya hecho la tarea?

La niña de 11 años y el niño de 9 -Adriana prefiere no hacer públicos sus nombres- se quedaron a vivir con los padres de ella. El mismo padre que llevó a Adriana ante el comisario del pueblo para que la obligara a confesar quién era el padre del hijo y qué había pasado con él. Don Modesto, el mismo padre que participó en la turba, miembro del comisariado ejidal que condenó a Adriana como asesina, pero sobretodo como una mujerzuela infiel.

"Mis hijos son parte de mi vida (pero) no creo que quieran venir porque soy una madre extraña para ellos", dice Adriana, ahora de 28 años.

Primero tiene que recuperarse emocionalmente, luego emprender la batalla -quizá legal- por sus hijos, y sacarlos de ese lugar al que ella no quiere volver. "No quiere que crezcan en El Camalote, que no crezcan allá donde la gente no entiende, porque juzgan gente inocente de por sí".

Adriana está enojada, pero el mundo lo ve todavía muy borroso. No sabe si está enojada con su padre, o con el comisario, o con su ex pareja. Sabe que está enojada con la justicia. Quisiera conocer al juez que la condenó. "A pedirle que lo quiero conocer, por qué me puso tantos años. Quisiera conocerlo para decir que por qué no hizo justicia", dice en el español que tuvo que aprender en la cárcel.

Antes de ese maldito día de 2006 Adriana quería estudiar: ir a la preparatoria, luego a la universidad. Ser maestra o doctora. Hoy quisiera retomar esos planes: ser una profesionista. Cualquier cosa menos jueza o gobernadora, porque "me enseñaría a lo corrupto". Quizá aprovechar su gusto por la cocina y poner un restaurante. "Te preparo lo que quieras, mole verde, mole rojo, albóndigas, mole de olla, carne de puerco en salsa verde", dice y se ríe. Como si la cocina fuera lo único que la recuperara momentáneamente del dolor y el enojo.

"Cocinando soy buena, pero ante la justicia no soy buena", dice. "Para poner una cocina. ¿me regala dinero, a poner una cocina? sí lo pongo, cómo no. No tengo ni un peso".

Las organización que se encargaron de su defensa legal ahora la ayudarán a recuperarse emocionalmente, a poner los dos pies en la calle, a hacerse una vida, y después a reencontrarse y recuperar a sus hijos.

"Les voy a preguntar qué es lo que comen para poder hacerlo", dice.