CRÓNICA | POR JUAN PABLO BECERRA-ACOSTA M.

Un día de desarme, 24 horas de tregua

Tierra Caliente - Zona de conflicto

Integrantes de grupos de autodefensa se mostraron sin sus fusiles y sus pistolas, mismas que el pasado lunes les quitaron los soldados y que luego les devolvieron; los guardaron en sus casas y dijeron que ya no los usarán más.

Policías federales vigilan la entrada a Nueva Italia.
Policías federales vigilan la entrada a Nueva Italia. (Jorge Carballo)

Michoacán

Ayer parecía ser el día en que la guerra en esta región llegaba a su fin. Fue un día sin armas percutidas. Un día de desarme. Un día de acuerdos. Un día con muchas tropas desplegadas por tierra. Un día de muchos vuelos militares y policiales. Un día sin enfrentamientos. Un día sin muertos.

Recorrimos carreteras y poblados de Tierra Caliente rumbo a la zona donde surgieron las autodefensas. En ese camino hacia Buenavista Tomatlán, La Ruana y Tepalcatepec, llegamos a las afueras de Nueva Italia, cabecera municipal de Múgica, y ahí, en el cruce carretero de Cuatro Caminos, zona de enfrentamientos frecuentes entre Los caballeros templarios y autodefensas, en la área de quema de camiones, de choques entre el Ejército mexicano y esas mismas autodefensas ocurridos la víspera, este día, esos civiles armados guardaron sus fusiles, los mismos que ayer les habían quitado los soldados y que luego les fueron devueltos. Este día los guardaban en sus casas y dijeron que ya no los usarán más, que si es necesario se defenderán de los criminales con palos y piedras. Eso sí, se negaban a retirarse del lugar, de sus puntos de vigilancia. Compartían retenes con la Policía Federal, pero esta vez únicamente portaban palos al revisar los vehículos que iban y venían.

Cientos de personas, lugareños, se juntaron ahí, en los camellones y las aceras del cruce de cuatro vías vehiculares, y les mostraban su apoyo, les rogaban a gritos que no se fueran, que si ya habían limpiado de criminales el lugar, no los volvieran a abandonar, espetaba una mujer casi en lágrimas que se resguardaba del sol bajo una sombrilla. Aunque todavía no se libraban del sobresalto de la noche anterior, del enfrentamiento con el Ejército que dejó un saldo de un muerto, según el gobierno federal y de cuatro, de acuerdo con la Comisión Nacional de los Derechos Humanos y con las autodefensas, ellos, los jóvenes autodefensas, prometían que no, que no se regresarán a sus comunidades de origen, pero les recordaban que ellos ya tendrán que estar formando su propio grupo de autodefensa.

El ambiente de furia y miedo de otras jornadas cambiaba por momentos a estados de ánimo conciliadores. Por un megáfono una funcionaria del ayuntamiento, regidora de Limpia y Basura, le pedía a la gente que cuando pasaran las tropas las recibieran bien, que ya no habría enfrentamientos, que los soldados y los federales eran sus amigos, que venían a acompañarlos en su lucha. Y sí, tal cual sucedía: cada vez que pasaba un contingente de policías o soldados en sus vehículos artillados la gente les aplaudía, los ovacionaba y los efectivos, algunos, alcanzaban a sonreír aliviados.

Todos andaban hasta ilusos este día en ese punto: juraban que el gobierno federal les regularizará su armamento y podrán volver a utilizarlo, cada quien en sus comunidades. ¿Sueños? Por lo pronto todos andaban en son de paz ahí.

Pero, para otros, casi 40 kilómetros hacia el norte, las cosas no andarían tan en paz una hora después: a la entradade Apatzingán decenas y decenas de vehículos policiales y militares, algunos blindados, rodeaban la sede de la Policía Municipal, ese cuerpo tantas veces acusado por las autodefensas de estar coludido con el crimen organizado. Helicópteros de la Fuerza Aérea y de la Policía Federal sobrevolaban una y otra vez. ¿Qué pasaba? El Ejército estaba desarmando a los policías municipales. Ahí estaban, como corderitos sedados, uno a uno, decenas de efectivos formados en una larga fila en un patio aledaño al edificio policial. Ahí estaban, obligados por el Ejército a ponerse firmes y aguardar largos minutos para que, uno a la vez, entregaran sus armas. Con rostros entre asustados y de pocos amigos, los hasta ayer policías cedían sus relucientes R15 y sus escuadras. También su parque. La tropa anota nombres de los efectivos y registro de cada arma, y acomodaba el armamento en un camión militar. Los policías ni chistaban, se resignaban, y caminaban silenciosos hacia el interior de la edificación.

Día de guerra sin armas. Día de desarme. Día en paz. Día de esperanza. Día, quizá, del fin de una guerra. O al menos, fueron 24 horas de tregua.