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Lunes , 16.07.2018 / 17:46 Hoy

Chilapa, los desaparecidos o asesinados de La Montaña

Integrantes del colectivo Siempre Vivos hacen un recorrido en el que van colocando flores, rezando y regando agua bendita para honrar a las víctimas.

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Milenio Digital

A su paso colocan cruces y flores que riegan con agua bendita. Hacen un alto en cada lugar donde supieron por última vez de su familiar, levantado o asesinado. Son los lugares donde fueron vistos por última vez los suyos. Ahí rezan, lloran, recuerdan a su desaparecido. O a su ejecutado.

En la región de La Montaña de Guerrero, el colectivo Siempre Vivos decidió honrar así a sus familiares ausentes, a tres años de que empezara este calvario provocado por la disputa criminal entre los grupos de Los Ardillos y Los Rojos.

El viacrucis comenzó en Chilapa. Exactamente en un crucero que está a unos cuantos metros de un retén militar instalado en la salida de la cabecera municipal. A un costado de la carretera, los cuerpos decapitados de cinco personas fueron abandonados en una camioneta que incendiaron.

“Le echaron pasto para avivar el fuego”, recuerda un familiar. “Las cabezas no estaban, a la fecha no las han encontrado”, agrega otro. Esa es la “marca” de Los Ardillos: desmembrar e incinerar.

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En ese mismo sitio, familiares y amigos colocan entre la tierra y el pasto una cruz por cada víctima. Están hechas de piedra labrada —mismo material que una lápida— y tienen grabados los nombres en mayúsculas de sus caídos: Alejandrino Díaz Navarro, Hugo Díaz Navarro, Vicente Aprezca García, Jesús Romero Mújica y Mario Montiel Ferrer.

Debajo de los nombres hay una fecha incompleta: “nov-2014”. Los familiares no saben el día preciso de la muerte. El 26 de noviembre los encontraron, pero quizá ese mismo no sea en el que les quitaron la vida.


Los cinco fueron levantados de una comunidad en Chilapa donde trabajaban en el programa Escuelas de Calidad. Eran dos arquitectos, un empresario de la construcción y dos comerciantes que traían consigo equipo topográfico y casi 80 mil pesos.

Todos, con algún parentesco, fueron llevados al municipio vecino de Quechultenango, guarida de Los Ardillos y de las cabezas de este grupo criminal: Antonio y Celso Ortega Jiménez, hermanos de Bernardo, quien hace unos años fue alcalde ahí y recientemente presidió el Congreso estatal.

Frente a las cruces colocan un recipiente con agua para los claveles y rosas blancas que ofrendan a sus familiares. En el caso de los hermanos Díaz Navarro también ponen sus fotografías: Alejandrino con barba de candado, de brazos cruzados y gorra. Hugo, de pie, con una playera sin mangas y haciendo una seña de aprobación con su dedo pulgar.

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Apenas terminan de colocar todo, los integrantes del colectivo comienzan a evocar. “Hace tres años exactamente a esta hora estábamos desesperados, queriendo saber qué había pasado con ellos”, recuerda José Díaz Navarro, hermano de Alejandrino y Hugo y hoy representante del colectivo.

“No vamos a cansarnos de buscarlos y de venir a visitar los lugares donde los asesinaron o desaparecieron. Estar aquí es una manera de seguir teniéndolos presentes”, explica el señor que tras la violencia en Chilapa tuvo que huir de Guerrero.

“No nos gusta estar en este tipo de reuniones, pero aquí estamos, nos hermanamos, y en conmemoración de la pérdida de nuestros compañeros, buscamos verdad y justicia”, exclama Iris Huaxtitlán, cuya hermana desapareció hace un año en una colonia de la cabecera municipal.

Entonces empiezan los rezos, los sollozos…


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La siguiente cruz la acuestan sobre la tierra en un paraje enclavado entre las montañas. En este punto, un río seco divide a las localidades de Tepozcuautla y Ahuihuiyuco, ambas pertenecientes al municipio de Chilapa.

Hace justamente un año, en ese lugar fue asesinado Bernardo Carreto González, integrante del colectivo que tenía tres hijos desaparecidos desde mayo de 2014, cuando un grupo armado irrumpió en el municipio.

En este monte, el señor buscaba a sus hijos, pero en cambio encontró a sicarios que lo reconocieron y le dispararon. La camioneta en la que viajaba junto con su esposa no fue suficiente protección. Una bala entró por el parabrisas y le dio en la cabeza. Murió enseguida. La mujer vivió.

Familiares e integrantes de Siempre Vivos remueven la tierra y repiten ese doloroso ritual contra el olvido: flores, agua bendita y rezos.

Este camino de oración sigue rumbo a lo alto de La Montaña, ya en Ahuihuiyuco, donde la caravana de familiares de desaparecidos hace una nueva parada. En esta ocasión para mostrar los “pueblos fantasma” en que se han convertido algunas rancherías y comunidades de la región.

Decenas de habitantes abandonaron su hogar cuando la violencia se recrudeció. Algunos volvieron hace un par de meses, pero no porque ya existieran garantías de seguridad, sino porque ya no tenían a dónde ir después de recorrer tantas casas de distintos parientes. En otros casos el dinero se acabó.


Aprovechando la numerosa comitiva que incluye tres camionetas de la Policía Federal por el resguardo que cuenta uno de los integrantes del colectivo, algunos desplazados también quisieron regresar, aunque fuera por unos minutos, a la que hasta hace unos años fue su casa.

Carmela Vázquez ahora vive en Iguala. Huyó de Ahuihuiyuco después de que levantaran a su cuñado y mataran a su esposo. Después de dos años de ausencia, la señora tiene que quitar la maleza que cubre su casa.

La mujer no pasa más de algunos segundos en cada uno de los cuartos. Apenas revuelve ropa tirada en el piso sigue su camino.

Antes de irse, Carmela se lamenta: “A veces ya no quiero llorar, ya lo hice demasiado. ¿Se imagina lo que era nuestro patrimonio? Todo se perdió”.

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Luego regresan. El resto del colectivo espera en un salón que se encuentra a un costado de la catedral de Chilapa. Año con año, Siempre Vivos se reúne ahí.

José Díaz Navarro toma la palabra e informa el avance en las investigaciones. Durante más de media hora de exposición, el representante tuvo que decirles a algunas madres que sicarios ya detenidos confesaron haber asesinado a sus hijos.

Al menos seis mujeres no pudieron contener el llanto. Todas tenían esperanza de encontrar sano y salvo a su familiar, incluso algunas revelaron que acudían a brujos por miedo a denunciar.

“Siempre me decía: ‘Lo tienen en tal lado, no te desesperes, va a llegar, lo van a soltar’, pero la verdad te ciegas en un mundo que no existe”, cuenta Beatriz Zapoteco, regidora en Zitlala, municipio donde se llevaron a su esposo.

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