La caída del helicóptero militar en Jalisco

"Cuando le pegaron dio vueltas y se fue alejando hasta que se cayó y explotó", narra una testigo del ataque.

Villa Purificación, Jalisco

Es un camposanto de metales deformados y calcinados. Es un panteón de decenas de banderitas anaranjadas clavadas en diferentes lugares. Un cementerio de diminutas señalizaciones en las cuales, en letras negras, se lee: PGR. Evidencia.

Evidencia. Las evidencias son cientos de restos de un helicóptero Cougar EC-725 manufacturado en diciembre de 2012, número de serie M5244, el cual pertenece al Ejército. Lo que queda del aparato luce destazado en un radio de alrededor de 300 metros de zona arbolada accesible solo a pie.

Como la parte trasera, el rotor de cola que se desprendió del cuerpo de la aeronave luego de que un proyectil disparado con un lanzacohetes ruso RPG-27 hizo blanco justo en esa parte. Y entonces, en la mañana del 1 de mayo pasado, cuando apenas clareaba en el lugar, se vino la tragedia para los 18 tripulantes del Eurocopter…

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La mujer campesina, habitante de la ranchería Villa Vieja, perteneciente al municipio de Villa Purificación, duda mucho antes de hablar. Es visible que tiene miedo: sus ojos oscuros miran con nerviosismo. No se aleja más que unos pasos de la puerta de su pequeña vivienda. Su actitud de recelo tiene sólidos fundamentos: aquí, entre la Sierra y la costa del Pacífico, Villa Purificación y el vecino municipio de Casimiro Castillo son territorio controlado por los cárteles de Jalisco Nueva Generación y Los Cuinis (que son lo mismo, socios ambos). Aquí, en este enclave, a unos 500 metros del hogar de la señora, el viernes pasado un grupo de criminales abatió un helicóptero de la Fuerza Aérea Mexicana, en lo que se convirtió en uno de los desafíos más duros de delincuentes contra el Estado mexicano. Un hecho que, además, dejó seis militares muertos. 

La mujer manotea angustiada cuando al fin narra (no ante las cámaras) algo de lo que esa mañana vieron y escucharon ella, su anciana madre y sus hijos:

“Nos asustamos mucho, oiga. Los niños, imagínese del ruido. Tronaba bien fuerte el fuego, de arriba a abajo y de abajo para arriba. El helicóptero de arriba hacia abajo y las camionetas de abajo para arriba. Cuando le pegaron dio vueltas y se fue alejando hasta que se cayó allá por los árboles de mango y explotó bien duro. Se vio una nube grande-grande y otros helicópteros empezaron a dar vueltas y a disparar más hacia abajo. Nosotros todo lo vimos desde aquí, desde la puerta de la casa. No nos hemos acercado porque hasta hoy en la mañana había soldados”. 

PGR. Criminalística. Larguísimas cintas amarillas con esa leyenda en letras negras delimitan el área en donde se estrelló el aparato. Fue tal la fuerza de su caída que se formó un pequeño cráter de siete metros de largo y casi dos de ancho. Hay cartuchos de fusiles usados y regados en varios puntos. Hay un pequeño pedazo de fuselaje verde, lo único coloreado aún en medio de fierros achicharrados color cenizo. Hay un mapa aéreo sin daño alguno. Hay manchas de sangre en fragmentos de metal esparcidos en varias zonas.

Zona de desastre. De dolor. De duelo. En un árbol, a cinco metros de los restos mayores del helicóptero, donde se aprecia el rotor principal y lo que queda de las hélices, los compañeros de los caídos fijaron una cruz de madera, hecha con dos troncos. Y ahí, en la intersección de ambos maderos, colocaron un pequeño dije: un diminuto murciélago con una daga atravesada. Tal vez el símbolo de un comando de élite.

Sisean las banderitas naranjas cuando sopla el viento, aquí, en el camposanto del helicóptero militar caído por un cohete criminal.