“Nos pegaban y no comíamos bien”

En el terreno aledaño del albergue La Gran Familia, que colinda con una plaza comercial, la unidad canina de PGR busca restos humanos; un pastor alemán sigue la pista de un posible cementerio ...
La PGR permitió la entrada de medios a la casa hogar.
La PGR permitió la entrada de medios a la casa hogar. (Jorge Carballo)

Zamora, Michoacán

Decenas de reporteros esperaban desde muy temprano la oportunidad de entrar al inmueble de la colonia Jacarandas, en Zamora, Michoacán.

Los policías federales se negaban a permitir el acceso, nada ni nadie podía entrar al albergue La Gran Familia.

Fotógrafos, camarógrafos y reporteros se sumaron a decenas de padres de familia que reclamaban a sus hijos.

Poco antes de la una de la tarde los periodistas rompieron el cerco de federales, llegaron hasta la entrada del albergue y demandaron acceso.

La fiscal de la PGR encargada del caso, Adriana Lizárraga, dijo que se permitiría la entrada en grupos de tres.

Una condición fue no grabar ni fotografiar los rostros de los menores de edad.

Los testimonios anónimos sí fueron permitidos, los pequeños hablaban de los maltratos, las vejaciones, los golpes y las malas comidas.

En el patio frontal decenas de pequeños y adultos rodeaban a los agentes ministeriales, hablaban sobre lo sucedido, lo ocurrido desde hace muchos años.

Metros más adelante un estrecho corredor conduce hacia el patio central, ahí todavía hay camastros viejos y muebles oxidados.

Los federales seguían el paso a los reporteros, camarógrafos y fotógrafos.

En las caras de niños y adolescentes se veían las ganas de contar lo sucedido.

"Me pegaban", "no comía bien", "me metían al pinocho", decían las voces entre las rejas y en el patio.

Un patio y muchos cuartos todavía huelen a orines y excremento, a pesar de la limpieza por parte de cuadrillas de sanidad municipal.

En la parte trasera del edificio, que luce como una escuela secundaria, hay una alberca y dos casas con tres recámaras.

Esas viviendas sirvieron en una época para alojar a maestros, pero con el paso de los años se convirtieron en bodegas, donde guardaban donaciones que jamás llegaron a las manos de los menores.

Camastros, unidades de purificación de agua, útiles escolares y hasta ataúdes había en los cuartos, además de costales de maíz, que sirvieron más como alimento para ratas.

En el terreno aledaño, que colinda con una plaza comercial, la unidad canina de la PGR busca restos humanos. Un pastor alemán sigue la pista de lo que podría ser un cementerio humano, de acuerdo con la versión de un agente de la PGR que prefiere el anonimato.

"Solo quiero que el mundo conozca esto, no me importa que me corran", declara a MILENIO.

Atrás del edificio principal está la casa del velador, que impedía la huida de aquellos que buscaban la libertad.

Ahí hay una fosa de unos seis metros cuadrados por una altura de un metro 50, que solo permitía una estancia hincado o acostado, y donde castigaba a los que trataban de "brincar la cerca".

Así como hay detractores, hay cientos de personas que reconocen la labor de Rosa Verduzco.

Cuca Zetina, amiga de la infancia de Mamá Rosa, piensa que, tal vez, la engañaban sus propios trabajadores.