CRÓNICA | POR VÍCTOR HUGO MICHEL, ENVIADO

Queman farmacia frente a las narices federales

Apatzingán - Inseguridad

El ataque ocurrió a dos cuadras del palacio municipal, pese a que cerca hay apostadas patrullas de la PF y camiones militares.

El negocio afectado.
El negocio afectado. (Héctor Téllez)

Apatzingán, Michoacán

Sólo dos cuadras separan la Farmacia del Ahorro de la avenida Constitución de 1814 con respecto a la plaza central de Apatzingán y la sede del poder gubernamental, el palacio municipal. Se trata de una caminata de tres minutos, quizá dos si se tiene prisa. En el trayecto, quien camine por aquí pasará debajo de la oficina del alcalde, frente a un puesto de policía municipal, al lado de una patrulla de la Policía Federal y junto a una bahía para vehículos con tres camionetas artilladas del Ejército.

En vehículo es una distancia que se puede cubrir en cosa de segundos y toda lógica diría que luego de que miles de tropas desfilaron por esa calle la tarde del martes -haciendo de la plaza local el centro simbólico de la campaña por pacificar Michoacán-, debería haberse convertido en algo cercano a una zona verde. Una burbuja segura en la que el poder federal impera por completo.

Pero ayer por la mañana, menos de un día después de que el Estado mexicano decidiera dar un golpe de fuerza en esta ciudad de la Tierra Caliente michoacana, la realidad de qué tan escurridizos pueden ser los Caballeros Templarios cuando juegan de locales se hizo presente: en minutos, un comando armado entró a la farmacia para rociarla de gasolina.

"'Sálganse o los quemamos vivos'", fue la amenaza de un sicario, según recuerda Brenda Cisne, la encargada de caja y a quien el pelo y la cara se le chamuscaron cuando alguien tiró un cerillo sobre la sección de antiácidos y pastillas para la toz. Era el primer día en que la farmacia volvería a despachar tras permanecer cerrada desde el viernes pasado, cuando el centro de Apatzingán y su presidencia municipal fueron atacados y pasados por fuego por un centenar de hombres a bordo de un convoy de 60 camionetas.

"Apenas estábamos haciendo el inventario para volver a abrir", dijo Cisne, evidentemente tiznada de la cara. La noticia del ataque bajo las narices federales corrió como pólvora en el centro de Apatzingán. Hacia el mediodía, nuevamente 9 de cada 10 negocios seguían con las cortinas cerradas.

-Le estoy pidiendo a la gente que vuelva a abrir con la confianza de que ya estamos seguros, dijo el presidente municipal de Apatzingán, Uriel Chávez, entrevistado en su recién destruida y aún más recientemente reconstruida oficina, en la que todavía olía a una mezcla de diésel y aromatizante ambiental. En la puerta de su despacho montan guardia permanente cinco guardaespaldas con rifles de asalto.

Lo cierto es que ante la perspectiva de otro bombazo molotov, ese llamado no fue atendido. Pese a la presencia del aparato federal, la vida apatzingueña sigue paralizada y sus efectos se notan en una multitud de pequeños detalles. No hay tiendas de autoservicio que se atrevan a retar la orden de permanecer cerradas. Las gasolineras siguen vacías. Las clases, suspendidas. Los alimentos en una hiperinflación que llega a lo ridículo (un paquete de galletas alcanzó a los 30 pesos y el cartón de huevos 40).

Y los rumores, esos continúan volando. No menos de tres negocios "ardieron" durante la tarde del miércoles. Al menos en la mente de sus habitantes.

***

Aunque los humvees con calibres 50 en el techo patrullen sus calles, los Blackhawk circunden ruidosamente cada tres horas el centro y agentes federales recorran periódicamente los cruces de la Morelos y la Constitución, un cierto aire de pánico y expectativa sigue permeando en Apatzingán.

Un rumor llevó las cosas al punto de lo absurdo entre el martes y el miércoles, cuando "alguien" vio a un grupo de encapuchados acercarse y verter un líquido en los tanques de agua que abastecen la ciudad. Ese alguien decidió tuitearlo.

Y para la noche del martes y la mañana del día siguiente, la presidencia municipal estaba, una vez más, en modo crisis. Cientos de llamadas de personas aterradas saturaron el conmutador.

En Michoacán los rumores sobre agua envenenada no se toman a la ligera. Tienen el peso de la historia. En Ciudad Hidalgo un rumor similar llevó a que el cacique local muriera a manos de una turba armada: un episodio famoso captado a la perfección por Fernando Benitez en su novela El Agua Envenenada.

Ayer, la distribución de agua en la mitad de la ciudad se suspendió hasta que un grupo de científicos de la Comisión Nacional del Agua llegó, procedente de la Ciudad de México. Las pruebas demostraron que no hubo envenenamiento.

Pero por si las dudas, el alcalde confirmó que ya tomó precauciones.

-Soldamos los tanques y ya está la policía federal vigilándolos -dijo.