La PF cierra el duelo por los 12 agentes asesinados

El capo ordenó su captura, tortura y muerte en 2009 en la comunidad de La Huacana.

Michoacán

Frente a un ramo de flores colocado a los pies de una sencilla cruz de metal, una treintena de agentes entona el himno de la Policía Federal. El sol de la mañana cae a plomo. A un par de metros arde el pavimento de la carretera que va de Nueva Italia a Lázaro Cárdenas, Michoacán. Ahí, en el kilómetro 188 del municipio de La Huacana, fueron apilados el 13 de julio de 2009 los cadáveres de 12 agentes, una mujer incluida, torturados y asesinados por La Familia michoacana, grupo criminal al que habían infiltrado, "llegando a estar muy cerca de sus jefes, muy cerca de La Tuta", hasta que fueron descubiertos y sacrificados. En su memoria se conmemora esa fecha como el Día del Policía Federal.

Pero este domingo hay una ceremonia especial. Hace apenas dos días fue capturado Servando Gómez Martínez, La Tuta, el sanguinario fundador de La Familia y luego jefe de Los caballeros templarios. El mismo que detectó a los 12 federales. El mismo que los interrogó, el que ordenó torturarlos y luego asesinarlos. Por eso, dice el comisionado de la Policía Federal, Enrique Galindo, hoy regresaron a ese lugar "para cerrar un ciclo, cerrar el círculo". Decirle a sus elementos caídos, "que les cumplieron, a ellos y a sus familias", que su asesino se encuentra tras las rejas.

Pero no solo se cerró el ciclo, el duelo por sus compañeros muertos, sino uno más amplio, más trascendente para Michoacán y para el país: ese suceso hizo entender al gobierno que se estaba enfrentando a algo distinto. Ese terrible hecho desató la urgencia de trazar una estrategia para contener y desarticular a La Familia, lo que finalmente se consiguió, parece que definitivamente, el viernes pasado con la captura de Gómez Martínez.

"Cerrar el ciclo", "un ciclo que se cierra", "cierre de ciclo". El comisionado Galindo repite el mantra una y otra vez, lo mismo en las palabras a sus compañeros, que en las entrevistas con los medios que lo acompañan "al corazón del territorio que controlaba La Tuta". Lo dice cuando la comitiva visita un "rancho" perdido en la sierra de Aguilillas, supuestamente el último refugio de Servando Gómez antes de decidir esconderse a las afueras de Morelia donde finalmente fue capturado. El lugar es, en realidad, apenas un inmueble de una planta con cinco habitaciones dispuestas en hilera, donde aún hay restos de comida y ropa usada y desordenada. Hay un potrero vacío. Un par de puercos sobrevive en el corral, así como un gallo de pelea y un perico. Los últimos capos capturados no conocían el glamur.

Lo del cierre de ciclo lo repite el comisionado de la PF cuando viajamos a los límites de Tumbiscatío y Arteaga, donde se encuentra una de las cuevas donde, supuestamente, La Tuta se ocultaba cuando sentía que las fuerzas armadas o policiacas le pisaban los talones. La oquedad natural tiene un marco de metal a manera de puerta. El piso es de tierra, por momentos se hace lodo; hay guano de murciélagos.

Además del calor sofocante, la altura del techo, a menos de un metro, obliga por tramos a arrastrarse para poder avanzar, hasta que se llega a un espacio más amplio donde aparece una especie de laguna. Latas y botellas de plástico son las únicas huellas.

Este fue el ambiente donde malvivió, a salto de mata, durante los últimos ocho o nueve meses Servando Gómez Martínez, La Tuta. La Policía Federal lo presume: le ha permitido cerrar un ciclo, terminar el duelo por los 12 de La Huacana.