"No hay dinero que compense la infamia que viví"

Oficialmente, Óscar Valle es la primera persona que la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas indemniza por faltas al debido proceso, luego de que sus derechos humanos fueron violados tras ...

México

Óscar Valle fue el preso número 8106 en la cárcel federal de Villa Aldama, Veracruz. Hoy, oficialmente, es la primera persona que la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas indemniza por faltas al debido proceso, luego de que sus derechos humanos fueron violados tras haber sido torturado por elementos de la Marina y pasar 21 meses en la cárcel, siendo inocente. Por eso, este estudiante de medicina recibirá una reparación integral por daño moral y material, cuya cifra asciende a 805 mil pesos.

"Estuve muerto casi dos años, a punto de desear que me hubieran matado, porque es muy duro levantarse después de estar en la mierda. No hay dinero que compense la infamia que viví, me quitaron todo lo que yo tenía: mi carrera, trabajo, mi vida amorosa, mi familia", asegura con firmeza.

Y pese al logro jurídico que esto significa, la vida de este veracruzano no ha vuelto a ser la misma en los 20 meses que lleva en libertad. "El hecho de indemnizarme es reconocer que la cagaron, que cometieron un grave error con mi caso y también reconocer una deuda con la sociedad", explica Óscar desde el hospital público Miguel Alemán, donde realiza su internado en el municipio de Martínez de la Torre.

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En Coatepec, Óscar descansaba en su casa la noche del 24 de septiembre de 2011. Elementos de la Marina llegaron armados, tumbaron la puerta, entraron por él y sin dar explicaciones cubrieron su cabeza para trasladarlo a la base aeronaval de Las Bajadas. "Sí, la tortura existe", recuerda. Recibió golpes, injurias, semiasfixia, no comer, no dormir, no tomar agua y otros castigos de los que prefiere no hablar. Todo, por negarse a firmar una declaración en la que aceptaba ser culpable de los delitos de portación de arma, narcotráfico y cohecho.

"Mi hijo no fue detenido, sino retenido. Una desaparición forzada durante una semana", acusa Pablo Valle, padre y abogado de Óscar, quien durante siete días buscó a su hijo en medio de la tensión que hubo en aquellas fechas tras el hallazgo de 35 cadáveres en Boca del Río. Cuando encontró a su hijo ya estaba preso, y a partir de ese momento —junto con su esposa Lupita— comenzó la defensa legal de su hijo menor. "Quedamos muy endeudados. Empeñamos cosas y perdimos, a veces no tenemos ni para comer. La cosa era sacar a mi hijo del bote, de una situación irreal que nunca existió", resume.

"¡Está entrando a un centro federal y de aquí en adelante solo debe responder sí señor/no señor! ¿Entendió?". Esa fue la primera instrucción que Óscar recibió desnudo, con las piernas abiertas y la cabeza agachada. "¡Sí, señor!", respondió.

Sin un manual para sobrevivir en la cárcel, el médico interno, de entonces 34 años, desconectó su mente; por consejo de su madre empezó a olvidarse del afuera y, por aprendizaje propio, entendió que debía perder el miedo a sus compañeros de celda.

Hubo más. Tuvo que adaptarse a las pistolas eléctricas de los custodios, al uso de perros para búsqueda de droga, a las revisiones de los guardias, el terror psicológico y uso de la fuerza. "Era entrarle a los golpes para defenderme, con mordidas y patadas para que me dejaran en paz porque me agarraban seguido a golpes". Su miedo principal era, paradójicamente, ser cambiado de penal sin que su familia fuera notificada.

La voz se quiebra y algunas lágrimas salen sin vergüenza al hablar de su sostén más fuerte. "Todo el que entra ahí se vuelve cristiano, los cánticos, la fe y agradecer por la comida son prácticas que a la fecha sigo".

En la prisión de Villa Aldama sus estudios le permitieron gozar de una consideración inesperada. En medio de la insalubridad, hacinamiento de la celda (y del penal en sí) Óscar era consultado por sus compañeros mediante recados y mensajes, que fueron respondidos sin libros de medicina. Contestó sobre todo: tumores, VIH, hepatitis, asma, presenció abscesos drenados con la punta de un cepillo y trató heridas con desodorante.

Su papel fue valorado por una sencilla razón. "Los guardias la hacen de todo, son guardia, padre, abogado, médico. Son todólogos. Y ellos son quienes determinan si los enfermos ameritan, o no, tratamiento". A cambio de sus asesorías, Óscar recibió una dulce paga. "Flanes, manzanas que eran muy cotizadas o panes hechos con Choco Krispis de vainilla o chocolate... Eran lo máximo".

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Absuelto de todos los delitos que se le imputaron, en julio de 2013 el preso número 8106 salió de la cárcel. Nadie le ofreció una disculpa y solo una mujer custodia le dijo adiós. Sus zapatos son del 9, y como no podía salir descalzo del penal alguien le permitió irse con aquellas botas blancas que fueron parte de su uniforme como recluso. Aún las conserva, guardadas en su locker asignado como médico.

"Yo sabía que la absolución era la única forma de poder reclamar una indemnización, un pago por daños y perjuicios", dice Óscar, quien aun en su reintegración profesional carga con el estigma y las suspicacias de sus compañeros médicos. "Seguro en algo andabas... no te tengo confianza... te niego esto... te niego aquello".

De la primera indemnización no ha recibido un peso; pero con ese dinero saldará parte de las deudas que su familia contrajo. La segunda es la más importante. "Es contra mis agresores. En la PGR el tribunal fiscal administrativo va lento, pone trabas, rebota mis escritos, los hacen perdedizos o me mandan a la Suprema Corte. Y en la Marina no reconocen la infamia que cometieron. Siguen diciendo que se me detuvo en un carro con armas, droga y pendejada y media. Aquí en Veracruz hay muchos casos como el mío, incluso algunas víctimas ya no están con vida", acusa.

Su padre complementa: "No se trata de ganarnos la lotería, porque seguimos endeudados. Se trata de sentar un precedente legal por los abusos que cometieron contra mi hijo".

Y por si fuera poco, el último problema de Óscar ha sido concluir el año de internado de su carrera que recién ha retomado. La Secretaría de Salud se negó a reconocer los ocho meses que ya había hecho en otro nosocomio en Morelos, previo a su detención. Y peor aún, se le envió a comenzar de cero en Veracruz donde él ya no desea permanecer por cuestiones de seguridad y salud.

En espera de que el proceso de la segunda indemnización avance, Óscar advierte: "Ganar es un resultado de persistencia y de creer que estoy en mi derecho de reclamar daños y perjuicios".