Niños van a la escuela... con soldados y guardias privados

La escena es propia de una zona de guerra: alumnos de todos los niveles, sobre todo de colonias populares, junto a poderosas armas de asalto para protegerse de... otras armas.

Acapulco

En 2014, 22 maestros fueron asesinados en el municipio de Acapulco. De ese total, 18 habían sido levantados, secuestrados. Eso, más las extorsiones que padecían, provocó que desde fines del año pasado 100 escuelas cerraran en el puerto y su periferia. Los profesores y padres de familia salieron a las calles para exigir seguridad. Las clases ya reiniciaron hace unos días, pero los niños tienen que ir a la escuela… custodiados por soldados. Vigilados por militares que resguardan los planteles y por guardias privados fuertemente armados que custodian al interior de algunos colegios…

***

Acapulco ocupa el primer lugar nacional entre los municipios del país en el delito de homicidios dolosos por cada 100 mil habitantes. Por tercer año consecutivo tiene ese sitio. En 2014 hubo 559, según datos de Sistema Nacional de Seguridad Pública. Su tasa (69.60) es tres veces superior a la media nacional (13.31).

Sin embargo, ocho de cada diez de esos asesinatos, al igual que los 21 secuestros que hubo en 2014 (lugar 25 por cada 100 mil habitantes entre más de 200 municipios medidos en el país), no se perpetraron en la zona turística: ocurrieron en los barrios que están atrás de los cerros de la Bahía de Santa Lucía, en las colonias periféricas.

Las áreas de recreo para el turismo nacional y extranjero cuentan con vigilancia de soldados, marinos y elementos de la Policía Federal. Por eso en diciembre Acapulco tuvo cerca de 100 por ciento de ocupación hotelera y en el último puente, 90 por ciento. En la bahía, y en la Zona Diamante, la vida transcurre con normalidad.

Pero la situación es distinta en las zonas populares del otro lado de la bahía: aquí no hay paz. Aunque la totalidad de los planteles ya regresaron a clases, apenas hace unos días, los niños acuden a las escuelas… como en zonas de guerra: vigilados por soldados y por guardias privados fuertemente armados que permanecen dentro de algunos planteles.

Hay tanto miedo en algunas zonas populares, como en Renacimiento, que, por ejemplo, en una sola escuela, la Simón Bolívar, el número de alumnos se redujo en un ciclo de 712 a 547, según datos de la dirección de ese plantel público.

Al recorrer varios colegios de preescolar, primaria y secundaria, los padres de familia que se atreven a hablar, como la señora Isui que llega a recoger a su niña que estudia primaria, narran sus emociones así:

—Mucha gente entró en pánico. No dejaban salir a los niños. Ni a la calle. Es muy triste vivir así porque pierden su infancia. Ya no salen a las calles como hace años nosotros lo hacíamos…

Hay soldados apostados a las puertas de varias escuelas y en varios metros a la redonda de los planteles. Unidades de ellos y de la Marina hacen rondines en las zonas escolares. A unas cuadras del lugar, afuera de una secundaria, también vigilada por soldados (que portan en los brazos gafetes amarillos en los que se lee: “Seguridad a escuelas”), los jóvenes, los chavos de la brava colonia Renacimiento, narran su vida insegura. Como Gissele, de 14 años, de tercero de secundaria, la abeja reina del lugar, que es la que habla ante la cámara rodeada de sus amigas y admiradores:

—¿Cómo se sienten con la presencia de soldados, más tranquilos, seguros?

—Sí, más seguros porque anteriores veces han pasado cosas, como el secuestro del director, y no hacían nada, y ahora estamos más seguros con ellos.

—¿Los papás ya se sienten más calmados, los dejan salir?

—A mí no me dejan salir por la inseguridad. Y están pensando mudarse a otro lugar porque piensan que aquí ya no es seguro. A Cancún. Da tristeza porque antes salíamos en la noche. Creo que cuando tenía 12 años, cuando entré aquí a la secundaria, me dejaban salir más con mis amigos y ahora que estoy más grande ya no me dejan salir. Son las ocho y ya tienes que estar en tu casa y antes estabas de fiesta todavía.

Los padres y sus hijos sí se sienten seguros con los soldados afuera de las escuelas. También los maestros. Pero, más allá de la vigilancia de los planteles y calles cercanas, vuelve el miedo.

—¿Los maestros siguen asustados?

—Los maestros sí (dice Gissel), porque todavía no quieren dar clases, siempre están diciendo: “Probablemente mañana no, mañana les vamos a avisar”, y luego no quieren abrir el portón, por el mismo miedo. Ellos no están seguros todavía por las extorsiones que les hacen. Ni nosotros tampoco.

Otro chavo, Daniel, también de tercero de secundaria, lo explica así:

—Salimos de la secundaria y después en las calles ya no hay soldados. Los maestros todavía están nerviosos porque los soldados no los van siguiendo. Se quedan aquí en la secundaria. Y los pueden interceptar más adelante…

***

Al recorrer algunas calles vecinos narran sus historias de miedo, pero declinan hacerlo ante las cámaras, pendientes siempre de las miradas de cualquier vecino que pudieran ser delatoras. Historias como el caso de la directora de un jardín de niños que la secuestraron en noviembre pasado con todo y su hijita. Los delincuentes regresaban a cobrar el rescate con la mujer amarrada en la cajuela de un vehículo. Había un retén de la Policía Federal a la entrada de Acapulco que no pudieron evitar. La mujer se percató y golpeó la cajuela con los pies. Los descubrieron. Balacera. Heridos. Y la liberaron.

Antes, delincuentes se habían metido a otro plantel que no tenía más que unas rejas. Ahora tiene muros y alambrada de filosas púas, como varias escuelas en esta zona. Un comando ingresó, sacó a la directora que estaba por jubilarse, su familia pagó el rescate, pero la mujer se fue en cuanto la liberaron. Nunca regresó.

Caminamos por un tianguis, un mercado sobre ruedas semivacío como lucen la mayor parte de las calles. Una mujer que compra un poco de fruta es la que mejor resume lo que la gente siente por aquí:

—A cada rato matan. A cualquier hora. No es broma. Esto es lo más peligroso de Acapulco…

Casi: en la Simón Bolívar, colonia piloto de la Cruzada contra el Hambre que sube hasta un cerro, también del otro lado de la bahía acapulqueña, lo que se encontraron trabajadores de Sedesol fue “de espanto”: una tras otra, casas de seguridad. El modus vivendi de decenas de familias.

Pero lo más impactante es ver a los niños, desde los más pequeños de preprimaria, caminar al lado de los enormes fusiles de soldados y guardias privados dentro y fuera de las escuelas. Esa es ya su cotidianidad: la de andar junto a poderosas armas de asalto para protegerse… de otras armas.