Mota, alcohol y golpes, en el entierro de Jerzy

Nueve meses después del plagio su familia reconoció los restos del joven.
Familiares y amigos atacan una patrulla.
Familiares y amigos atacan una patrulla. (Daniel Cruz)

Ciudad de México

Entre golpes, alcohol, llanto y música de banda lo enterraron…

A casi un año de que secuestraron a Jerzy Ortiz Ponce junto con 12 personas más del bar Heaven, ayer, por fin, lo sepultaron. Tuvieron que pasar nueve meses para que su familia reconociera que los restos hallados en Tlalmanalco, Estado de México, correspondían a él.

Tal vez por eso nadie quería que el último adiós a Jerzy fuera como cualquier otro… y lo lograron.

El alcohol y la música de banda predominaban en el ambiente; el olor característico que los cementerios despiden se confundía con el de la cannabis, que se quemaba pasado el mediodía en el panteón Jardín de los Recuerdos.

Los familiares y amigos de Jerzy, todos vestidos de blanco, lloraban sin quitar la vista al féretro de madera que contenía los restos del hijo del líder de la organización criminal que en los 90 operó en el llamado barrio bravo y que actualmente se encuentra preso en Sonora.

Al paso de un sollozo seguía un aplauso y un grito que parecía más de autoayuda que de ánimo para las decenas de personas que acompañaron a la imagen más visible en estos hechos, tal vez por ser hijo de quien fue. ¡Vamos Jerzy! ¡Venga gordito!, ¡Tu papá está contigo!...

Sobre el ataúd, un casco de motocicleta, una playera con la leyenda de Tepito y un rosario resumían lo que representaba Jerzy para quienes lo querían, al tiempo que su madre le rociaba la botella de Buchanans que enseguida la cedió a su otro hijo, quien bebió las últimas gotas.

El féretro ya estaba abajo, el personal del panteón comenzaba a echar la tierra y en el mismo instante el llanto aumentó y, mientras los amigos y familiares ayudaban, otros pasaban pidiendo con una gorra “cooperar” para completar los 6 mil pesos que una banda cobraba por una hora de servicios.

El alcohol seguía. Ya sea en las latas de cerveza o en las botellas de whisky que los familiares cargaban en una hielera desde la funeraria en Tlatelolco, donde velaron a Jerzy, y que en la caravana de una decena de vehículos se consumían, en el panteón, en Tlalnepantla, se terminaron.

Fue entonces que el hermano de Jerzy bajó al circuito del cementerio para, en una especie de homenaje, acelerar la motocicleta que tanto le gustaba al Gordito. Los aplausos resonaron más.

Pero cuando un par de sujetos en una patrulla intentaron llevarse a uno de los asistentes, todo se calló. Primero la motocicleta, después la música y después comenzaron los gritos. ¡Se los quieren llevar! ¡La patrulla se los lleva!...

De inmediato bajaron los asistentes de donde se llevaba a cabo el entierro para auxiliar a esta persona, quien logró escapar mientras un par más arrojaba piedras a la patrulla gritándoles. El vehículo no tuvo de otra más que retroceder, mientras uno de los tripulantes solo hacía señas.

Enmedio del alboroto un par de sujetos golpearon a un camarógrafo que grababa estos hechos.

Y así acabó el entierro de una de las personas originarias de Tepito, secuestradas y asesinadas por un ajuste de cuentas entre bandas de narcomenudistas.