Michoacán: también las 'autodefensas' piden diezmo

El líder de civiles armados, Hipólito Mora, descarta que su movimiento se convierta en grupo paramilitar.

Michoacán

Un año después de que empezaran a levantarse en armas las autodefensas de la Tierra Caliente, Michoacán, el mediodía del 24 de febrero de 2013, el panorama en la zona es diverso. Hay paz debido a la presencia de las tropas federales en la región: Ejército, Marina, Policía Federal y PGR. Libres del acoso y las extorsiones de Los caballeros templarios, los pobladores del área ya no tienen que pagar de más por lo que consumen o usan, sean alimentos, bebidas o artículos que no son de primera necesidad, como discos pirata o uso de máquinas tragamonedas.

La tortilla, el huevo, la carne, las bebidas alcohólicas, los cigarros y las medicinas recuperaron su precio normal. Ya no hay desabasto. Y lo más importante: la seguridad y la vida cotidiana transcurren con aparente tranquilidad. Las fiestas y los bailes en las calles han regresado. Los ayuntamientos ya no tienen que entregar el diezmo de sus presupuestos y obras, y los empleos han vuelto. Hasta la empresa privada que construye la cárcel federal de máxima seguridad en la zona, detenida por los intentos de extorsiones de los criminales, ha reanudado sus trabajos.

No obstante, hay evidencias de que algunos de los libertadores empiezan a comportarse como opresores. Conforme transcurren las semanas se ha comprobado que grupos de autodefensa cobran u obtienen ayuda monetaria de productores, como le llaman de forma eufemística al despojo de dinero. Bajo el argumento de que “el movimiento” requiere fondos limpios para no recibir ayuda de otros cárteles de la droga, y para garantizar la seguridad, empresarios de diversos sectores tienen que aportar millonarias sumas. Es el caso de aguacateros en Tancítaro, que al menos durante un año cederán 80 por ciento de sus ganancias a las autodefensas. O de los empresarios mineros de Aguililla, que si bien no dan cuatro dólares por tonelada a los narcotraficantes, sí aportan dos dólares a las autodefensas del municipio.

También empiezan a confirmarse los nexos de algunos líderes de civiles armados con los Templarios (Aguililla) o confesiones de tratos con otros criminales, como en Tepalcatepec, donde se admiten acercamientos con el cártel de Jalisco Nueva Generación, justo ahí donde intereses políticos y aparentemente delincuenciales de quienes organizaron el levantamiento armado han mantenido exiliado al presidente municipal.

A partir de hoy y en los siguientes días, MILENIO presenta el estado de cosas en los primeros municipios que se rebelaron hace un año…    

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Un año después de que se levantaran en armas contra Los caballeros templarios, aquel 24 de febrero de 2013, el líder de las autodefensas de La Ruana, Hipólito Mora, promete, jura:

—No nos convertiremos en paramilitares…

Hoy, con el control absoluto del lugar gracias a sus hombres y la presencia de las tropas federales, con la inseparable compañía de su escuadra al cinto, el organizador de la primera rebelión contra los criminales afirma que ya no tiene miedo de nada. Incluso, en un desplante se pasea por Apatzingán, el nido urbano más importante de los Templarios, adonde no pudo entrar en un año. Dice que quizá por eso, por temerario, está loco. Se carcajea. Hace un año las cosas no eran así. El hombre del sombrero claro y los lentes de gran aumento, el limonero que cotidianamente platica con coroneles y generales del Ejército, que intercambia información con agentes del Cisen, que a cada rato toma su móvil para responder preguntas de entrevistas radiofónicas y televisivas, quien alguna vez, cuando se sintió mal, fue trasladado en un helicóptero del gobierno federal a la Ciudad de México para ser atendido (padece hipertensión), vivía en la angustia. Como sobrevivía aterrorizada la gente de todo el municipio de Buenavista Tomatlán…

La Ruana, poblado de limoneros que en realidad se llama Felipe Carrillo Puerto, que pertenece al municipio de Buenavista Tomatlán (42 mil habitantes), tiene más de 10 mil pobladores. Las imágenes en ese lugar en los primeros cuatro meses de 2013 fueron tremendas: decenas de muertos en enfrentamientos con sicarios, desaparecidos, colgados, ejecutados... Terror entre la población. El crimen organizado sitió la zona para obligar a los lugareños a rendirse: asesinó a limoneros, quemó empacadoras y tráileres; durante semanas impidió que pipas de gasolina y gas surtieran al lugar. El cura de La Ruana huyó, los enfermos crónicos no tenían medicamentos, los alimentos escaseaban: dos familias de expendedores que se atrevieron a viajar a Apatzingán para comprar víveres y venderlos en el municipio fueron sorprendidos en los retenes de los criminales; los despojaron de sus compras y escucharon una advertencia categórica: “Si lo vuelven a hacer, se mueren”. No lo volvieron hacer. Ninguna empresa de bebidas y alimentos regresó al lugar durante semanas. Ni Bimbo, ni Coca Cola, ni Corona. Nadie. Las corridas de autobuses a la zona se suspendieron. Era, literalmente, un cerco de guerra, roto por las tropas federales solo días después de que MILENIO transmitió y publicó un segundo reportaje a mediados de mayo.   

Hace un año las miradas de la gente de La Ruana traslucían valor, pero también angustia. Cuando se acercaba el Día de la Madre se produjo la psicosis: los templarios inundaron de amenazas el lugar con mensajes de texto, llamadas telefónicas y redes sociales. Que iban a matar a los hijos de todos en las escuelas como regalo para las madres, decían. Lloraban las mujeres de desesperación ante la cámara. La tensión llegó a su clímax cuando Dionisio Loya Plancarte, El Tío, el tercero en el escalafón de los templarios (capturado hace unas semanas), retaba a duelo a Hipólito Mora, quien veía el video ante la lente de MILENIO.

Era el Viejo Oeste en la Tierra Caliente. Pero hoy, un año después, sometidos los templarios, las preocupaciones sobre las autodefensas son otras…

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—¿Nunca vamos a conocer la historia de que se comportaron igual que los otros, Hipólito?

—No, no. Aquí en La Ruana les aseguro que no. Yo no sé los demás; creo que tampoco, pero aquí estoy seguro de que no, porque aquí, se va a oír mal, pero lo voy a decir: aquí el que manda soy yo, con los muchachos que tengo conmigo. Les digo que no vayan a extorsionar nunca a nadie…

—¿Un año después usted puede decir, mirando a los ojos, que no se van a convertir luego en una historia negra?

—Estoy completamente seguro de que la gente de La Ruana nunca va a pertenecer a un cártel, no va a ser un grupo paramilitar. Eso no nos conviene a nadie. Queremos terminar bien la historia. Nosotros nunca vamos a abusar del poder de las armas…

—¿Aquí no hay nadie que sufra una extorsión?

—No. Nada.

—¿Nunca han obligado a alguien a que se sume a su movimiento?

—No…

Dice Hipólito Mora que cuando atrape a alguien extorsionando, lo entregará a las autoridades, aunque lo maten. “Se me hace que si me matan no van a ser los templarios, será porque agarre uno de esos que quieran desviar el movimiento para mal”, confiesa el hombre cuya cabeza vale 5 millones de pesos para ese cártel.

Por lo pronto, en La Ruana y Buenavista Tomatlán los productores de limón ya no tienen que pagar 90.7 millones de extorsiones al año, que era el botín templario en la zona. Al amanecer, los limoneros andan jale y jale con palos los frutos de los árboles. Poco después las empacadoras funcionan al 100 por ciento. Por la tarde las calles del lugar hierven de gente. Los anaqueles de víveres están llenos. Las gasolineras funcionan. Todos ríen, van y vienen en sus motonetas: niños, chicas, hombres, mamás, viejos. Todos sonríen, saludan y flirtean en La Ruana. Son libres. Al menos por ahora…

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Mañana: Tepalcatepec, un año después.